Los porqués siempre fueron importantes para él, pero a veces les daba demasiada importancia porque le explicaban a sí mismo. En esos momentos era demasiado engorroso y hasta fastidioso tenerlos ahí presentes.

Él era Filisteo O’Higuins, más conocido por sus disputas teológicas que por sus dotes humanistas, que no las tenía en absoluto, o quizá estemos exagerando y no fuera tan deshumano como lo estamos considerando.

Que pretendiera ser un sabio en cuestiones de religión, que no admitiera ninguna otra interpretación salvo la suya en temas de ortodoxia lo convertía en un ser demasiado duro, pero no necesariamente un desalmado.

Ya llegado a cierta edad se lo veía dudar en temas en los que hacía poco se creía un dominador absoluto, un ferviente creyente de aquella única verdad indudable, transparente visible para él.

Era una desdicha llegar a la vejez alejándose de lo que había sido su vida interior. Eso era indignante y lo llenaba de amargura e incluso hacía nacer en él cierta paranoia que le hacía pensar que los demás se reían de su persona en su propia cara.

Esa sensación de malestar nacida de las dudas y los inconvenientes que ellas representaban lo hizo retraerse en sí mismo y salir cada menos de su casa. Tampoco recibía las acostumbradas visitas de sus amigos del club conservador del que era uno de sus miembros más antiguos.

Nadie comprendía su sufrimiento, de eso estaba completamente seguro. Los seres humanos nunca entendían nada de lo que ocurría en el interior de sus semejantes, pero lo curioso era que ni siquiera prestaban demasiada atención a su propia alma.

Llegó la primavera después de un cruento invierno y ya no había motivos para no salir a pasear por el parque y encontrarse con la buena sociedad y saludarla como Dios manda: con una leve inclinación de cabeza al saludar a los caballeros y quitándose el sombrero de copa al dirigirse a las damas.

Hacía tiempo que ya no le importaban esos ademanes sociales, que consideraba demasiado artificiosos e hipócritas para su gusto. Tanto había cambiado que hasta a veces se olvidaba de realizarlos con el detalle debido.

Finalmente optó por no salir más de su casa y poco tiempo después se encerró en su habitación, terminando por no salir de la cama y dejarse morir sin más. Pero la muerte tardaba en llegar y su espera no le sacaba de dudas, más bien las aumentaba y le hacía sufrir más.

Recibió la visita del párroco, quien era como era él no hacía mucho. Qué envidia tener esa seguridad, esa certeza procedente de la verdad que daba la fe. Cuando se fue su amigo rezó con fe y se durmió.

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