En muchos momentos de nuestra vida se nos ha planteado, y se nos seguirá planteando, un dilema básico, continuo, determinante. La diferencia entre creer y conocer para tomar una decisión pequeña o grande.
Para fomentar que la gente actúe de acuerdo con lo que cree están muchos factores sociales, mediáticos, culturales. La falta de conocimientos en el ámbito familiar es uno, la religión, la mala educación, muchas campañas publicitarias y las mayoría de las campañas políticas son otros varios que juegan un papel importante en la reproducción de una cultura social que tiende a que la mayoría de las personas decidan cosas importantes de su vida con base en creencias, mitos, chismes.
El conocimiento científico, por otro lado, intenta que los seres humanos conozcamos en lugar de que creamos, y por ello trata de que en su vida cotidiana, en su vida social y en su actividad laboral, las personas actúen de acuerdo con conocimientos, más que con creencias.
Estamos en un momento histórico muy crítico, donde las personas debemos optar por cuestiones fundamentales que nos atañen y determinan en buena medida lo que sucederá en el futuro inmediato, el de mediano plazo y el de largo plazo. Hoy se ha decidido en el país que tenemos al norte algo que a los mexicanos nos afectará de esa manera a corto, mediano y largo plazo. Me refiero a la elección del presidente de dicho país. Se ha tomado una decisión que para la mayoría pareciera estar en polos opuestos, pero yo no lo veo así, aunque las particularidades de cada uno de los dos candidatos sí tendrá efectos a considerar.
Trump ha logrado poner a sudar a millones de personas en el mundo al usar planteamientos falsos, medias verdades o mitos para lograr tener a su favor a cerca de 50 por ciento del electorado gringo. Al igual que otros demagogos ha sabido utilizar los miedos y añoranzas de pasados mejores, que la gente pobre y de clase media añoran, para ofrecer soluciones aparentemente drásticas que pondrán al sistema financiero mundial a temblar. Que si los mexicanos son delincuentes, narcos y violadores, que si los empleos en EU están siendo trasladados al vecino país del sur y el desempleo cunde en todo su territorio, que si los árabes son todos (o casi todos) unos terroristas y están esperando la oportunidad de atacarlos, que si el Tratado de Libre Comercio firmado por Canadá, EU y México favoreció mucho más a este último y por lo tanto hay que reformarlo o derogarlo. Que si los chinos, etcétera, etcétera.
Hillary Clinton por su lado no se ha distinguido por ser muy honesta en sus discursos y propuestas, pero al menos las observamos como menos agresivas contra los países latinoamericanos, árabes o africanos. Pareciera ser que los mexicanos preferimos que ganen los demócratas en las elecciones de aquel país, pero olvidamos que han sido con gobiernos surgidos de ese partido donde las cosas para México han sido más duras. El ejemplo más reciente es Obama, que con tener el discurso más liberal de los últimos 10 presidentes gringos y haber despertado muchas esperanzas en una reforma migratoria más humana, resultó ser el presidente que más mexicanos ha deportado en los últimos gobiernos estadunidenses.
En nuestro país los problemas están siendo cada vez más críticos y estamos inmersos en una crisis del sistema político que nos gobierna. Se avecinan unas elecciones que habrán de tensar el ambiente político a partir de las campañas mediáticas. El clero mexicano está poniendo su granote de arena al iniciar toda una campaña de odio contra la gente con opciones sexuales distintas a las de la mayoría, mientras tratan de ocultar los graves delitos que muchos sacerdotes han cometido contra niñas y niños en mucha partes del país. Otro gravísimo asunto es la inseguridad, ahora concentrada en los ataques de todo tipo, muchos de ellos mortales, contra las mujeres de todo el país. Las autoridades no ven, no hacen, no existen para atender ese problema.
El gobierno federal y la mayoría de los estatales han caído en un descrédito acelerado y muy agudo del que intentan salir repitiendo un montón de mentiras que casi nadie cree, pero que, afortunadamente para ellos, aún conservan la habilidad de poder controlar a los órganos de decisión y/o de castigo que les permiten seguir manejando un elevado nivel de impunidad. Las creencias populares hacen despertar cierto nivel de simpatías a favor de los mal llamados vengadores populares, quienes han eliminado a los asaltantes que con mucha impunidad se mueven en muchas partes. Tan no es una solución esa vía, que las policías ahora tienen el pretexto de estar buscando a dichos vengadores, y con mucha enjundia.
Los casos de Veracruz, de Chihuahua y del nombramiento del titular de la PGR y de la Secretaría de la Función Pública, por mencionar a los más recientes casos, han permitido observar el nivel de cinismo tan alto en que pueden llegar a moverse, sin aparentemente inmutarse. Hasta son capaces de, ocasionalmente, pedir perdón. Para colmo, un juez de la Ciudad de México dictó esta semana una sentencia condenatoria contra Carmen Aristegui, acusándola de “excederse” en el uso de su libertad de expresión. Ya ni la…

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