En 1890, un periodista llamado Manuel Caballero tuvo la idea de referir el asesinato del general Manuel Corona en un pliego que llevaba en la primera plana una mano roja chorreante de sangre. A partir de entonces se llamó nota roja a las informaciones sobre crímenes y latrocinios. Sin embargo, esta clase de información se venía cultivando con anterioridad, con tintes que van del amarillo hasta lo negro, pasando como los chistes por el verde y el colorado.

Así presenta Agustín Sánchez González su libro Crímenes y horrores: En el México del siglo XIX, compilación de historias ocurridas a partir de la gestación del México independiente, relacionadas con la formación y conformación de la nación.

Es una mirada plural, prosigue el escritor, bajo la alfombra de la sociedad: la delincuencia, esa realidad que no ha dejado de vagar entre nosotros. Sus imágenes fueron capturadas a partir de los escritos que dejaron cronistas, periodistas, historiadores, escritores y viajeros.

Gura naturalmente, porque así lo establecieron las fuentes consultadas, en torno a la Ciudad de México, la única urbe americana que ha conservado la importancia histórica desde su origen prehispánico hasta la fecha, centro fundamental de la vida política, económica, social y cultural de nuestro país, que el 18 de noviembre de 1824 fue confirmada como capital nacional, luego de haber sido metrópoli virreinal.

En un “recordar de entonces” alude a homicidios famosos como los sucedidos al pintor inglés Florencio Egerton y su mujer; igualmente célebre fue el asesinato del cónsul de Suiza. Capítulo importante es el crimen del diputado Juan de Dios Cañedo, que adquirió tintes políticos debido a que la víctima era un personaje destacado.

Sánchez González da los créditos a todos quienes compilaron hechos que, frase manida, en su momento sacudieron a la opinión pública.

La lista es amplia, muy amplia y cronológica. Empieza en 1817 con un teniente víctima de atraco, hasta cerrar en 1900 con “El chisme” de fin de siglo.

Muy aleatoriamente dedicó tiempo especial a algunos de los seleccionados. En 1872 aparece “Indecorosa borrachera del gobernador”.

Los dos primeros párrafos son sustanciales: “Resulta que el domingo pasado, el señor gobernador de la Ciudad de México, don Tiburcio Montiel, celebró sin decoro el día de su santo y terminó dando la nota de color.

“Este día de descanso, cuando la población suele irse de paseo al Bosque de Chapultepec, decenas de personas tuvieron oportunidad de mirar cómo el señor Montiel se hallaba, en la Estación de Chapultepec, en completo estado de ebriedad.

” Otro más se titula “Reelección y cárcel en los tiempos de don Porfirio”: “Antes de la primavera de 1892 nadie hablaba. Los labios, mudos, se apretaban, para impedir que se escaparan las protestas que ya no cabían en los pechos. En las sombras aguzaban sus oídos los espías, y unja frase, una palabra o una sílaba sospechosa de subversión, ameritaba la muerte y tortura en las tinieblas de los calabozos. Silenciar el crimen, era una virtud; apologizarlo, era una virtud más alta que se premiaba generosamente. Los hombres de nivel moral más bajo ocupaban en el gobierno los puestos más altos. Los pechos más viles desaparecían bajo el brillo de las condecoraciones e insignias de todas clases. Para ser general, ministro, juez, gobernador y diputado, eran cualidades despreciables el valor, la pericia, el talento, la sabiduría, el carácter: lo indispensable era tener una esposa bella o, en último caso, un espinazo de bambú.

“Rotas a sablazos las alas de la fuerza moral, para subir era preciso arrastrarse.

” Un tercero: “Los suicidas de Altamirano”.

“Ignacio Manuel Altamirano es uno de los más importantes escritores mexicanos de todos los tiempos. En el siglo XIX, consciente de la necesidad de crear una literatura nacional, fundó el periódico El Renacimiento, donde conjuntó a los mejores escritores contemporáneos.

” En esa publicación escribía una columna llamada “Crónicas de la semana”, en donde narraba el acontecer cotidiano. Uno de los temas recurrentes se refiere a los muchos suicidios que se daban en la época.

“El suicidio del apreciable don Ernesto Masson ha consternado a todos. Cuando un acto de desesperación semejante es cometido por un joven, la consideración sobre las pasiones de la edad, sobre los arrebatos de insensatez que suelen acompañar a estas, disminuye en parte la impresión causada por la muerte voluntaria (Ignacio Manuel Altamirano, ‘Crónicas de la semana’, El Renacimiento, 18 y 27 de febrero de 1869).

” De Ediciones B México SA de CV, la primera edición es de agosto de 2017.

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