A la naturaleza se le puede ver desde diferentes ópticas. Una de ellas nos dice, desde la filosofía, que la naturaleza es una fuerza cuya potencia no debemos desafiar y que, contrariamente a la idea de dominio sobre ella, ambos debemos convivir armónicamente. Esto no quiere decir que nos mantengamos en una actitud pasiva, sino que en la relación hombre-naturaleza debe establecerse un tipo de vínculo en el que se respete su potencia, una fuerza que, aunque no es un ser pensante, sí es una potencia que puede descargar su furia ciega sobre cualquier ser vivo.

Entender que la naturaleza es una potencia no es muy complicado. Cuando sobre nuestra piel se desarrolla un tipo de enfermedad como el cáncer, estamos como humanidad recibiendo los primeros mensajes de ese poder devastador, aunque la explicación técnica nos dulcifique con una explicación las causas. A esa potencia de la naturaleza no la comprendemos. Las fuerzas que posee y que han hecho que los pájaros vuelen, que las cosas tengan como referencia un centro de atracción o que las semillas germinen y se traduzcan en plantas y alimentos, no se ha entendido a cabalidad.

La ciencia de la sociedad industrial nos ha hecho unos engreídos como humanidad, haciéndonos creer que podemos conocer sus leyes, regularidades y, por tanto, predecir su comportamiento, y que podemos dominarla. Esa creencia vino acompañada de otra, aquella que dice que al aprovechar los beneficios que nos otorga la naturaleza, de manera directa transitaríamos a una era en la que la pobreza y hambre acabarían, lo mismo que las enfermedades y la ignorancia. Nada de eso ocurrió o solo parcialmente, pero con consecuencias insoportables, como es el riesgo ambiental que amenaza la vida del planeta.

La potencia natural se transformó, en virtud de la ciencia, en recursos naturales y el universo que la cobija es un simple sistema planetario interestelar. Disminuidas bajo términos acomodados a la sociedad industrial, iniciamos como humanos la más grande de las tragedias: nos hemos convertido en una sociedad que apunta al exterminio en masa del mundo animal, el incremento de la temperatura del planeta que llevará a desajustes biológicos de los ecosistemas locales, así como al debilitamiento aún más de la capa de ozono y ya no digamos del fin de los recursos de origen fósil, como el petróleo, gas y el carbón.

En otras palabras, la sociedad industrial nos dejó como herencia lo que Beck llama una sociedad del riesgo. Eso significa que la ciencia, en general, ha servido para crear un ambiente en el que convivimos con el riesgo y hasta lo consumimos. Se ha creado una conciencia cientifizada. La ciencia, en general, se ha transformado en legitimadora de la crisis ambiental, debido a que no la ve ni la denuncia, así como a quienes la ocasionan. Una parte de la ciencia se ha dedicado a negarla y lograr que las personas puedan supuestamente eludirla con medidas técnicas.

Otra parte de los científicos se ha concentrado en no ver en la crisis ambiental la violencia que nos rodea. El fin de los recursos fósiles que se calcula a mitad del presente siglo ha arreciado las disputas en torno a las regiones que concentran las últimas reservas mundiales de uno de los preciados líquidos: el petróleo venezolano, y tenían la mira en México. China y Rusia, lejos de preocuparse por el deshielo, están esperando aprovechar las riquezas que están debajo de los bloques monumentales que ahora se derriten debido al calentamiento global, del que, entre otros, ellos son responsables. En nombre del progreso, cuántos más riesgos y violencia habremos de padecer.

A la contaminación del ambiente, por citar un ejemplo, hemos respondido con medidas como crear centros de verificación vehicular, o bien, con la producción de motores eléctricos e híbridos. No obstante los avances que eso puede significar y, sin duda, que puede servir para atenuar parcialmente ciertos niveles de contaminantes, la verdad es que son medidas insuficientes en razón de que su descubrimiento y creación como estrategias, en los hechos, se hacen viables sin modificar el punto medular del tema: la sociedad del progreso, moderna o industrial, hoy global.

La antigua dualidad que surgió hace más de 500 años, aproximadamente, y que coloca al hombre –así tal cual– en el centro del Universo ya es insoportable. El hombre y la mujer no son más que un granito de arena de una playa cualquiera. La versión de que el hombre puede dominar a la naturaleza en realidad se tradujo en un sistema económico de pérdidas y ganancias, que finalmente ha medrado con los recursos naturales que no le cuesta ni un centavo a los grandes productores de bienes y servicios, a quienes, por cierto, afecta por igual la crisis ambiental, pero no se quieren dar cuenta porque creen que con dinero van a resolver sus efectos.

Y eso es una ilusión, más allá de que ahora crean que pueden irse a vivir a Marte, lo cierto es que el deshielo, la muerte en masa de animales, el calentamiento global y el debilitamiento de la capa de ozono, no han logrado hacerlos entender que la posibilidad de un gran cambio en la dirección del mundo está en terminar con la vieja creencia que nos ha hecho caer en tantos errores con respecto al ambiente que nos rodea. Por cierto, la mayoría humana vive en la naturaleza, a los que también se les ha hecho creer que están por encima de ella, cuando en realidad están sujetos a esa antigua creencia que en realidad nos ha convertido en capas sociales de segundo orden: como sujetos del trabajo deshumanizado.

Para los ambientalistas como Enrique Leff, entre otros, o teóricos de la filosofía de la libertad, como Enrique Dussel, o los creadores del concepto de ecología de los saberes, como Boaventura de Sousa Santos, un conjunto de problemas –como el ambiental, sobre todo para Leff)– ya es muy complicado resolverlo con medidas técnicas, en razón de que las causas fundamentales del problema no se mueven en absoluto. Por lo que las medidas técnicas de sustentabilidad pueden ir y venir, pero de todos modos es muy complicada su eficacia mientras no se cambien los fundamentos de la sociedad actual.

Si alguien duda de los efectos del medio ambiente y su relación con la violencia, existe una narrativa que explica la lamentable muerte de los LeBarón en razón de la disputa que existe por el agua en la región entre ellos y los campesinos cercanos a sus tierras. Puede ser verdad o no, pero lo cierto es que es un elemento que habría que considerar dentro de las pesquisas. Lo otro, la violencia, es también un problema que tiene que ver no con una maldad genética, sino socialmente construida ante tanta desigualdad que la sociedad del progreso ha dejado como herencia, sin que esto signifique de alguna manera su justificación…

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