Dos pasos, tan solo dos pasos más y habría llegado a su meta. Lo importante en este caso no era cómo había hecho para encontrarse tan cerca y ni siquiera que ese y no otro fuera su destino.

Lo fundamental era que estaba tan cerca que hasta el salto de una lágrima recorrería la distancia necesaria para alcanzar el objetivo de su vida. Pero en sus ojos no había ningún lloro, por mínimo que fuera y, por lo demás, quería llegar feliz a donde fuere que fuera.

Entonces, ¿qué eran dos pasos? Todo un mundo, pues el animal microscópico del que hablamos era el más pequeño y lento del universo. Para que se den una idea de lo que estamos hablando, había recorrido un solo paso en un millón de años.

La relatividad del ejemplo fue explicada por el pastor Johannes Schäfer en 1627, en la pequeña ciudad de Bergisch Gladbach, a sus ovejas; las cuales eran del género ovis orientalis aries, aunque tanto hubiese dado que fueran del género homo (humano).

El que la relatividad de la distancia en tiempos fijos se hubiese instalado en el discurso de los pastores seguramente se debía a la falta de fe denunciada por todos los que predicaban la necesidad de la hoguera para purificar el mundo; quienes eran monjes reencarnados, en forma de replicantes en pequeño, del fraile florentino Girolamo Maria Francesco Matteo Savonarola.

Lo que está claro es que en caso de existir el pequeño animal de la fábula nunca hubiese iniciado un viaje tan largo que jamás hubiese terminado en vida. Esa es su sabiduría, no la nuestra.

Todo lo anterior viene a cuento de los viajes estelares que se cuentan en miles de años luz, es decir en miles de millones de años en los estándares de nuestras naves espaciales actuales y que, pese a todo, despiertan nuestro interés de estar ahí como colonizadores primerizos de la humanidad.

Posiblemente nos acabemos el planeta antes de ni siquiera tener la bárbara tecnología que nos permita acabar con otros tantos. También cabe la posibilidad, aunque estadísticamente sea tan ínfima como la que nuestro animalito llegue a cumplir su sueño, por longevo que sea el bichito, que tomemos conciencia y corrijamos un rumbo medioambiental que terminará por aniquilarnos.

Las posibilidades están para eso, para ser el blanco y negro de una probabilidad en la que Dios juega a los dados en la elaboración del todo. Pero, aunque se diera de esta forma azarosa el destino de la humanidad o aunque el mismo fuera provocado por la voluntad de un demiurgo o por un deus ex machina, la solución a nuestros problemas ecológicos no se encontrará ni en el azar ni en las voluntades divinas, sino en el cambio de la finalidad humana, es decir, en la transformación del interés y la utilidad en otros principios –todavía no queridos por sus altos costes en comodidad y bienestar– que permitan la sustentabilidad del planeta y sus habitantes. Situación harto difícil, quizá más que la que se le presenta a nuestro animalito, que sigue caminando incansablemente.

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