Crisis política vs populismo ramplón Primera parte

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La crisis de la democracia occidental aparece asociada, en primer lugar, a la “sobrecarga del gobierno” y a la “crisis de legitimidad del Estado”: crisis de los partidos políticos y su liderazgo histórico (la elocuencia del caso italiano y de algunos países latinoamericanos como Venezuela, Brasil y Perú, son patéticos); crisis ideológica (la pérdida de la identidad y la verdad); desencanto civil, “cogollocracia”, centralismo asfixiante, el distanciamiento grotesco entre el ciudadano de a pie y el poder de las élites políticas, la falta de mecanismos de participación de la ciudadanía en la administración y gestión de los problemas propios de su localidad, el abstencionismo, entre otros; acompañada de la crisis del Estado del Bienestar, (España, por ejemplo) asociada a la pérdida creciente de los tradicionales beneficios sociales (política social de los estados), educación gratuita –imposición de tasas y aranceles-salud-privatización– crecimiento del desempleo, cada vez menos protección, etcétera.
Sin desvalorizar la entramada convergencia de los múltiples factores que explican la crisis democrática mundial, a los efectos del presente artículo nos centraremos en el problema del centralismo como un importante componente que explica la “crisis de participación política ciudadana”.
Alain Touraine cree que el debilitamiento general de la democracia tiene como causa última la creciente disociación entre gestión pública y demanda de los consumidores (Touraine, 1992). Afirma, en definitiva, que entre el Estado estratega y los electores consumidores, el espacio de la ciudadanía se ha vaciado y solo ha sido ocupado por las empresas de comunicación política, por la producción y, a veces, la venta de votos, produciéndose en consecuencia un distanciamiento cada vez mayor entre ciudadano y Estado.
El centralismo que tanto puede contribuir a la consolidación de los totalitarismos y fascismos, termina por desfigurar a la democracia, ya que un elemento consustancial a ésta y en contradicción con el centralismo, es la participación. Para el pensador italiano Norberto Bobbio, la democracia es, ante todo, un conjunto de reglas de procedimiento para la formación de decisiones colectivas, entre las cuales está prevista y facilitada la participación más amplia posible de los interesados (Bobbio, 1985).
De tal manera que es “la participación más amplia y posible” el elemento que contribuye a la formación de decisiones colectivas, de allí que el centralismo político-administrativo del Estado, niega en la práctica la participación, pues por naturaleza éste se sostiene y reproduce gracias al fortalecimiento “de las élites en el poder, (lo cual) se halla en contraste con los ideales democráticos” (Bobbio, Ibídem).
Desde diversas perspectivas se ha venido estudiando la llamada fragilidad democrática, bien como teoría de la ruptura del consenso, la crisis de la democracia y la teoría del declive político y económico; nos interesa abordar aquí el problema de la crisis democrática, asociada a la democracia occidental, con particular énfasis en el caso de América Latina.
La crisis de la democracia occidental de posguerra es fundamentalmente una “crisis parcial”, caracterizada por una cierta inestabilidad limitada, ya que su dinámica apunta más a pequeñas confrontaciones cívicas entre los actores. Creemos, utilizando la categorización de Held, que podemos estar en presencia de una “crisis de potencial transformador”, en donde se observa un claro desgaste del centro o principio organizativo de una sociedad, la erosión o destrucción de aquellas relaciones sociales que determinan el ámbito y los límites del cambio de la actualidad política y económica (Held, 1992).
En otras palabras, se produce un cuestionamiento del centro mismo del orden político y social que guía a una sociedad, léase centralismo con todos sus componentes generadores de las distorsiones de la democracia antes señalados.
Bobbio afirma que no es la democracia como orden político y social la que está en crisis, sino su mascarada, su falso rostro. No se puede hablar propiamente de “degeneración” de la democracia, sino más bien de la natural adaptación de los principios abstractos a la realidad o de la inevitable contaminación de la teoría cuando se ve constreñida a someterse a las exigencias de la práctica (Bobbio, 1985).

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Asesor especialista en políticas públicas de alta injerencia social, licenciado en derecho por la UNAM, maestro en tecnologías de la información con carácter social, productor y director de cine (cortometrajes y películas independientes) y de televisión (documentales y comerciales). Cambridge English: Proficiency.