Las dos teorías que –según Held– explican la crisis del Estado democrático moderno son: la teoría del gobierno sobrecargado, la teoría de la crisis de legitimidad hecha por los “populistas”. La teoría del gobierno sobrecargado, sustentada por pensadores de la denominada corriente pluralista (Brittan, King, Norhaus, Rose, y otros), asume que: a. las relaciones de poder en términos de fragmentación (una plural confluencia de actores sociales se distribuye los espacios de poder). b. Los resultados políticos están determinados por presiones. Los gobiernos median y deciden entre distintas demandas. c. Aumentan las expectativas, unidas a niveles de vida más elevados. d. Las aspiraciones son reforzadas por una “menor diferencia” producto de una creciente riqueza y de una asistencia social, sanidad y educación gratuita. e. En esta circunstancia los diferentes grupos presionan fuertemente a los dirigentes políticos y a los gobiernos para que satisfagan sus intereses y ambiciones particulares. f. Los políticos prometen demasiado, a menudo más de lo que pueden cumplir. g. Los gobiernos ejecutan políticas de apaciguamiento. h. Crece el número de organismos estatales de grandes proporciones (salud, educación, etc.). Florece la burocracia. i. El Estado pierde la capacidad de gestionar eficazmente (centralismo ineficaz). j. El crecimiento del Estado termina por asfixiar a la iniciativa privada. k. Retorna el círculo al punto “e”, solo superable con un nuevo liderazgo “decidido”. En resumen, los teóricos del gobierno sobrecargado argumentan que la forma y el funcionamiento de las instituciones democráticas son en la actualidad disfuncionales para una regulación eficiente de las cuestiones económicas, sociales y políticas. Una postura ampliamente correspondida por algunos sectores. (Held, 1992; cf. pp. 281-292). La teoría de la crisis de legitimidad del Estado –enarbolada por los personajes populistas– y basada fundamentalmente en Habermans (1976) y Offe (1984), sostienen que: a. Parte de un punto de vista marxista: se produce una competencia entre partidos por el poder político; la acción del Estado está limitada por la acumulación privada de capital. b. La economía se organiza mediante la apropiación privada de recursos que se producen socialmente. c. La economía es inestable y en consecuencia el crecimiento se ve interrumpido por la crisis. d. El Estado intenta regular la economía y mantener el orden político. e. El Estado se ve obligado a cargar con una parte creciente de los costos de producción y asistencia social. f. Aumenta la complejidad del Estado, al igual que sus gastos sociales (centralismo-paternalismo). g. Aparece la recurrente crisis fiscal, colapsa la hacienda pública, alta inflación (crisis del Estado del Bienestar, en España, por ejemplo). h. Se presentan permanentes dificultades al tratar el gobierno de aplicar políticas coherentes, lo que se traduce en: políticas expansivas, políticas restrictivas, variaciones en el uso de las políticas de renta y seguida por políticas falsas y populacheras (léase AMLO o Trump). Crisis de racionalidad o crisis de la administración racional. i. Decrece la confianza en el sistema político, creciendo, por el contrario, las demandas sobre él. j. Aparece la crisis de legitimidad y motivación. Los conflictos sociales pueden desbordar a las instituciones de dirección y control político existentes. k. Pueden presentarse intentos autoritarios de control de las demandas (Estado poderoso), con la subsecuente represión política. De darse el punto anterior (“k”), pudiera operar el círculo vicioso de la crisis. Se podría producir lo más peligroso, “la transformación fundamental pero violenta del sistema”. Lenta transformación, en la medida que cae la capacidad del orden político para reproducirse.
Ambas teorías, si bien presentan serios desacuerdos, no obstante, coinciden en ciertos aspectos claves que deben ser considerados para los efectos del presente artículo: a. El Estado como capacidad para la acción política efectiva. La disputa y logro del poder aparecen como la “facilidad de los sujetos para actuar dentro de las instituciones y las colectividades” (Held, 1992). b. El poder del Estado democrático depende, en último término, de la aceptación de su autoridad (teóricos del Estado sobrecargado) o de su legitimidad, los populacheros, (teóricos de la crisis de legitimidad). c. El poder centralista del Estado está en crisis. d. El Estado democrático liberal es cada vez más ineficaz y su actuación deja de ser racional. e. La capacidad del Estado para actuar como conductor de la sociedad está cada vez más deteriorada, por cuanto a su autoridad o legitimidad populista, léase AMLO o Trump, está desapareciendo pareciera que irremediablemente.
Estimados lectores, existe luz al final del túnel, hay buenas noticias, pero solo si seguimos en todo a los expertos como he citado en todo lo anterior es que tendríamos en consecuencia, y no es absurdo prever una sociedad desestatalizada, regida por un permanente y sostenido proceso de transferencia de competencias (descentralización) del gobierno central o federal, regional o bien municipal de poder, en donde la democracia local pueda asumir –en el caso de los países latinoamericanos– de una forma equilibrada, legitimada y racional, el rol protagonista que hasta ahora no se le ha dado. Hay solución, para ser claros, tengámoslo en cuenta, pero vigilemos bien todos los pasos que cité, los de los especialistas, porque si falla uno solo estamos sin futuro en Occidente – (Latino América)–, es decir, nos quedaríamos sin el ¿Para qué? y sin todo lo demás. Se derrumba todo, no habría sustento ni sostén para nada, ni para nadie.

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