Me robaron. Y en mi propio trabajo. En un lugar que, en suposición, es seguro y donde la gente no se mete con nadie. Trago amargo. Amarguísimo. Así que, entre el desánimo de ver perdido mi equipo de trabajo, el asombro de los colegas y los consejos familiares, decidí ir a denunciar. Y la experiencia se tornó aún más tétrica.

Cuando uno llega a la oficinas del Ministerio Público se topa con instalaciones increíblemente anticuadas y un aire de “aquí no se resuelve gran cosa” que huele a metros de distancia. No es como en “La ley y el orden”, donde abunda un sentido de protección y familiaridad, no, aquí todo es lúgubre.

Al entrar uno observa a los servidores públicos con rostros demacrados. En una primera instancia llegué a considerar que estos trabajadores tenían su mala cara luego de todos los hechos que escuchan a diario; escuchar constantemente testimonios de robos, asesinatos y violaciones debe ser un atentado a la salud mental de cualquiera. Luego del saludo que me profirieron, me di cuenta que simple y sencillamente la gente del MP estaba más preocupada por sus asuntos y hora de salida que por su trabajo.

La mujer que me entrevista se porta lo más amable que puede y me pregunta el motivo de mi visita. “Quiero denunciar un robo”, le digo. Su mirada me dice todo: un gesto de “no mames” se asoma en su mirada mientras arquea una ceja. Después, vuelve a mirarme severamente, como si la responsabilidad de cualquier delito recayera en la víctima. Comienza a tomar mis datos y comienzo a hacer mi denuncia mientras ella de vez en cuando voltea a ver los mensajes de su celular.

Platico detalladamente cómo fue que me robaron. Si bien no me pasó nada, la experiencia se torna traumática debido a las circunstancias en que ocurrieron. Inicias tu día pensando que todo estará de maravilla y, de repente, en cuestión de un par de minutos, un tipo te arrebata lo que te ha costado esfuerzo, tiempo y trabajo conseguir. La servidora pública es fría, pero eficiente. Ha dejado los mensajes de Whatsapp y trata de escribir detalladamente toda la denuncia.

Casi al final, una pareja llega. Una mujer de unos 40 años y un varón que parece ser su hermano. Son atendidos por otro hombre mientras continúo levantando mi denuncia. Es inevitable no escucharlos. La mujer informa que su hija se encuentra grave en el hospital; menciona que fue drogada, violada y golpeada. El servidor público escucha detenidamente para posteriormente comentar que la afectada es quien debe denunciar personalmente y tiene que comprobarse que haya existido una violación. Si yo me sentía impotente y vulnerado, imagínense lo que sentían tanto la madre como el tío.

La servidora pública que levantó mi denuncia finaliza diciendo que los policías irán a investigar, pero que es necesario comprobar que todos los objetos que se encontraban en mi mochila eran de mi propiedad. Sí, claro, todos guardamos cada ticket de compra de productos que compramos hace tres años, incluso de lapiceros y gomas. Afortunadamente sí tengo manera de hacer eso. Salí del recinto y comprendí por qué las personas no denuncian cuando se cometen crímenes en su contra: el sistema responsabiliza a la víctima y se desalienta a continuar el proceso con diversas trabas.

Considero que es necesario fomentar una cultura de la denuncia, aun si el propio sistema te pone el pie. Ayuda a marcar precedente sobre situaciones que no deberían volver a ocurrir. Tuve suerte, no fui herido ni amedrentado y al final la persona que me atendió fue eficiente.

Sobre mis cosas, dudo que regresen, pero por suerte solo fueron eso: cosas. Sin embargo, no dejo de pensar en la señora, su hermano y su hija. Ojalá la justicia se haga presente en su caso.

@Lucasvselmundo
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