Crónica de la tarde en que conocí a Joe Haldeman (o una literatura fuerte como un apretón de manos)

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Victor Valencia

“UN NOMBRE MUY CIENTÍFICO”
VALENCIA

Encontrábame el jueves anterior-anterior en mis habitaciones (que son sus habitaciones) luchando apaciblemente con la culminación de un texto y la línea de entrega de éste, cuando mi hermano mayor se comunicó conmigo para compartirme el programa de la Feria del Libro del Zócalo capitalino; agradecí el gesto, sequé el sudor de mi frente producto de la tranquilidad con la que abordaba el trabajo en ciernes y continué tecleando, sin que los segundos contabilizaran suficiencia para agruparse en un minuto, mi hermano volvió a escribirme sobre un descubrimiento en el programa de marras: oculto entre una tipografía demasiado modesta, un invitado a la festividad bíblica acontecida en ese momento en la capital mexica, Joe Haldeman.
La emoción perló mi frente sumándose a la euforia laboral, dejé el teclado a un lado a riesgo de incumplir la vía segura por la cual mi estómago encontraría sustento (un escritor, personaje, gigante de las dimensiones de Haldeman vale el riesgo de evadir algunos alimentos) y enfoqué atención en mi compatriota genético.
Estaría el día siguiente, viernes, me informó mi hermano y retribuyó gratitud a mi existencia, puesto que, de no haberme compartido el enlace, obviaría tal descubrimiento. Agradecí con humildad sus gratitudes y extendí mi pesar, puesto que carecía de recursos financieros para liquidar el transporte y, por lo tanto, perderme el brillo de personaje tan trascendental.
Reveló entonces que además del día siguiente, viernes, podría acudir el sábado, día de quincena, para tal encuentro. Mi espíritu entonces recobró fulgor, las posibilidades podrían favorecerme.
Enlistaré los siguientes acontecimientos para evitar una narración o relatoría demasiado larga que robaría líneas a la segunda parte de este texto, que versará sobre la importancia de leer, con énfasis en conocer, al autor mostrado en el título de esta columna; iniciaré con el preámbulo del atardecer, aproximadamente a las 5:58 pm, del viernes:
No pagaron la quincena en un trabajo de oficina que realizaba, regresé a mis habitaciones (que son sus habitaciones) con el espíritu menguado, proseguí el trabajo de aporrear el teclado, solicité vía telefónica una cantidad suficiente para salvar el transporte a una persona maravillosa que es casi mi vecina, la cantidad / fecha de pago fue pactada y recibida, mi espíritu volvió a fulgurar.
Sábado: demasiado temprano, otra vez el teclado, aseo personal y alistamiento de viaje de la capital hidalguense a la capital nacional, arribo, equivocación en descenso de estación de metro (la relación que llevo entre cualquier tipo de medio de transporte siempre ha sido conflictiva), lugar del encuentro, demasiado temprano, lucha por conseguir crédito telefónico para informar de la llegada, reunión con mi hermanote, demasiado temprano aún, fila prolongadísima en las pizzas, desistimos, fila prolongadísima en el cajero, continuamos, conocí el Salón Corona, risas, de nuevo en la feria del zócalo, todavía temprano, paseo entre puestos expendedores de libros, ejemplares baratos y afines a gustos familiares, manotazos hermanados para hacerse de tales ejemplares, perdí.
Llegó la hora y acudimos al foro donde estaría el núcleo de los vericuetos anteriores.

La trascendencia de Haldeman

Joe Haldeman estuvo involucrado en el terrible acontecimiento histórico que significó la guerra de Vietnam, suceso bélico que ha denostado desde que lo obligaron a participar en él, y por el cual engendró su obra “La guerra interminable”, novela antibelística en clave de ciencia ficción y pieza fundamental para que “muchos chicos abandonaran el ánimo de enrolarse en la fuerzas armadas”, como comentó en charla.
Es indispensable para entender el siglo XX y hacer una introspección psicológica de la mentalidad humana que tilda en advertencia; en adhesión, su literatura cuenta con argumentos sospechosamente vigentes, a pesar de una aparente inexistencia en la relación de la ciencia ficción con el contexto nacional y mundial, como respondería a la cuestión del porqué los personajes femeninos de sus novelas simbolizan la esperanza:
“Tiene que ver con el carácter mismo de las mujeres, disculpándome y no queriendo sonar antifeminista o hacer una generalización del carácter de las mujeres, hay una mayor tendencia hacia la paciencia, al contrario de los hombres, que rápidamente queremos soluciones inmediatas a través de mecanismos no necesariamente adecuados como comprar las cosas con dinero, o la confrontación verbal o física directa, mientras que las mujeres son más pacientes, entonces saben que las cosas se pueden resolver”.
Luego de la charla, varias lágrimas que significó escucharlo y esperar en una fila ridículamente corta, conseguí un autógrafo de mi ejemplar “Viejo siglo XX”, que inició con un revoltijo (mi inglés es tan malo como mi orientación en el transporte público) pero que fue solucionado con habilidad cuando me hice entender y la anotación inferior de la remembranza que le trajo mi nombre, que al calce dice: for Víctor (a very scientific name!).
Invito a acercase a sus obras: de la casa editorial La Factoría de Ideas llegaron recién a estas latitudes ejemplares bellísimos que no sobrepasan los doscientos pesos, incluida la trilogía “La guerra interminable”, “Paz interminable” y “La libertad interminable”, o cualquier otro ejemplar contiene alto grado de recomendación.
Leer a Joe Haldeman es guiarse por una estrella siempre brillante y confiable en el firmamento de los grandes escritores, le aseguro que su narrativa es tan firme y fuerte como su apretón de manos.

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