Crónica de un regidor de Pachuca que se creyó inspector

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inspector

Pachuca.- Es la madrugada de un jueves de antro y los inspectores de reglamentos y espectáculos inician su recorrido por los bares de Pachuca, pero en ese momento aún no sabían que un regidor del ayuntamiento echaría a perder su trabajo.

Son 10 hombres, custodiados por dos camionetas de la Policía municipal, que revisan que los dueños de los bares no permitan el acceso a menores de edad y que cierren sus establecimientos antes de las tres de la mañana.

Para los inspectores, el recorrido es un día de campo en comparación con la anterior administración que encabezó el presidente municipal priista Eleazar García Sánchez, cuando los bares no respetaban los horarios de cierre.

Sin embargo, “cuando vamos, los encargados de los bares se avisan entre ellos y al llegar ya no encontramos a los menores de edad, por eso tenemos que quedarnos como ancla en la entrada con la finalidad de constatar cliente por cliente”.

Un aire fresco invita a beber y a bailar y lentamente, escondida, alejada del centro histórico, la vida nocturna de la capital del estado crea borrachitos, diversión ocasional, alcohol, música.

De Velvet a La Kanija y al W

Velvet está en el último piso de un edificio ubicado en una de las zonas más caras de Pachuca. Un grupo de jóvenes espera impaciente que el hombre vestido de negro lo deje entrar y ve con envidia cómo los inspectores pasan sin contratiempos.

Después de subir unas escaleras entre varios pisos desocupados, esquivar a varias mujeres que bajan con una prisa en la mirada hacia un lugar incierto, el Velvet surge, luminoso y colorido, con sus letras neón.

Entre los muros de cristal, sillones dispuestos en la amplia sala, su barra libre con una pantalla donde David Guetta ameniza la fiesta con luces ahora verdes, después moradas, los inspectores revisan la placa de funcionamiento, piden credenciales de elector de aquellos que parecen demasiado jóvenes, pero sin encontrar nada fuera de regla.

Vestidos rojos o negros, cortos, sensuales, piernas largas y caderas amplias como una invitación o una puerta, perfumes sutiles que atrapan y prometen. La ropa como carta de presentación. Afuera, unas lucecitas titilan y confirman que seguimos en Pachuca.

Las personas bailan alrededor de pequeños sillones, en grupitos y platican mientras sostienen sus vasos, observan sus celulares, al mismo tiempo.

Una mujer con zapatillas, pantalón de mezclilla ajustado, maquillada, llega tomada de la mano de un hombre que permanece recto y serio pero después la besa desesperadamente, cuando asume su papel en el antro.

Otra chica, vestido corto y zapatos de tacón altos y negros baila sola, con los ojos cerrados, como fuera de todo, ausente, pero después regresa a este mundo cuando sus amigas la rescatan y se la llevan.

Aquí, los inspectores recuerdan el Burbujas, un bar donde las chicas se sientan en las piernas de los clientes y piden un trago. Aquella vez entraron acompañados de la Procuraduría General de la República (PGR) y el gobierno estatal porque esperaban encontrar droga.

Ahora en el Velvet no ven nada que sea sensible de sancionar y deciden continuar el recorrido nocturno. Al salir, después de media hora, seguía la chamacada a la espera.
En La Kanija huele a sudor y es pequeña, la temperatura sube, hay algo en el ambiente, la tensión del momento quizás, más desinhibido que en el Velvet: cuerpos que se juntan, frotan, besan, sin timidez.

Predomina el violeta y las risas y el humo sale por una esquina para que no se acumule en este antro formado por una sala, mesas y bancos. Antes, aquí los inspectores habían encontrado armas.

Muy cerca de La Kanija, el W tiene fama de conflictivo y reguetonero. Un hombre con grandes brazos y pechos fuertes que parecen escapar de la playera sin mangas baila en una jaula casi a la entrada del pequeño lugar.

Al levantar la vista, uno puede observar en la planta alta las piernas de las mujeres que gozan del reggaetón y cómo estiran sus faldas cortas de infarto para evitar que queden por completo al descubierto sus muslos torneados.

Otras caminan como palmeras tambaleantes rumbo al baño y regresan con canciones remotas en los labios. La ropa es sencilla, a la medida de las posibilidades. Una mujer con un short lo más ajustado posible, medias negras, sigue el ritmo de la fiesta pero evita mirar a los hombres que la codician.

A los inspectores les cuesta trabajo caminar entre los cuerpos que bailan Daddy Yankee. Mujeres miran con un desafío en la mirada y se alejan entre fajes en la oscuridad. La sensación es mucho más libre, uno puede encontrar con quien bailar.

En algún momento, el regidor de Movimiento Regeneración Nacional (Morena) Jaime Medina Lugo llegó y después asumió el papel de los inspectores de reglamentos y espectáculos. Pedía credenciales de elector de aquellos que a su parecer eran menores de edad.

Iba de una mesa a otra, con su celular iluminaba identificaciones, chocaba con otras personas, ante la mirada suspicaz de los inspectores que sabían muy bien que el integrante del cabildo no estaba facultado para hacer esa tarea y así se lo explicaron.

Al final, los inspectores no pudieron levantar un acta por la probable presencia de menores de edad, ya que el regidor del partido del cambio no debió de interferir en el proceso legal. Por tanto, el recorrido quedó suspendido. Mala suerte.

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  • 10 hombres custodiados
    por dos camionetas de la Policía municipal revisan que los dueños de los bares no permitan el acceso a menores de edad y que cierren sus establecimientos antes de las tres de la mañana
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