Esta edición de “En el camino andamos” fue creada con relatos sobre lo que tres mujeres hidalguenses vivieron y principalmente observaron en uno de los recintos más emblemáticos de la Bella Airosa: La Villita.

¿Recuerdan cuándo fue la última vez que estuvieron en una iglesia? Las siguientes crónicas son un cuestionamiento acerca de la fe, la bondad y desde luego sobre este ingrato privilegio que significa escribir. Los textos nacieron en el taller de lectura y escritura impartido por Diego Castillo Quintero, Premio Estatal de Cuento “Ricardo Garibay” en 2007; hoy, en “En el camino andamos” también es voz de quienes no son escuchados a través de
letras que quedan en la oscuridad de lo que vemos y sentimos mientras recorremos esta ciudad.

¿Quiénes somos en esta sociedad? ¿Hombres y mujeres de fe o luchadores por la justicia social? ¿Ambas o ninguna? ¿Qué hacemos para conseguirlo? Con estos relatos Ilse, Ivonne y Mara nos recuerdan que tenemos espíritu, pero necesitamos temple.

Acto de contrición

Ilse Sánchez Quintero*

El viento no espanta a la fe. Estoy afuera de la basílica de Guadalupe, de La Villita, y me pregunto qué otras razones, además de la fe, podría tener alguien para visitar la iglesia en un jueves helado. Hay quienes van diario. Yo iba los domingos si mamá se sentía con suficiente poder para obligarnos. Después, solo asistí a misas luctuosas o cada año, cuando recordábamos los aniversarios de partida. Pero hay tanta pérdida a mi alrededor que no me queda aliento para eso, destinaría mucho tiempo a practicar un rito en el que ya no creo. Ante las puertas opulentas hay un hombre pidiendo caridad, saluda con gentileza.

¿Consideraría Dios, de existir, que es alevoso que se le adelanten a conmover, a las doradas alcancías del interior, al paso de las canastas?

Cursé el kínder, la primaria y la secundaria en una escuela católica, recuerdo el canto que me hacía llorar, un par de rezos que ahora repito automáticamente a la señal del sacerdote, como una especie de cachorro adiestrado. Lectura del santo evangelio. ¿He olvidado cómo persignarme? Los abuelos estarían decepcionados. Tampoco recuerdo que hubiera todo un protocolo para la confesión y yo confieso que nunca entendí su naturaleza. ¿No es Dios omnipresente? ¿No sabe Dios los pecados de cada uno de los aquí reunidos, de quienes no están, de quienes pecan en este preciso momento?

Punto uno: hacer examen de conciencia. Quizá esta parte nos vendría bien a todos, creyentes o no, si exigiera algo más que pensar en cómo hemos ofendido a Dios. ¿Por qué alguien con tanto poder se ofendería por algo que hicieran/pensaran/omitieran seres tan minúsculos?

Dos: sentir dolor por los pecados cometidos. Parece que la piedra angular de la religión es el dolor. En la lectura escuchamos la decapitación de Juan el Bautista, víctima de un capricho. El párroco (a quien le encuentro parecido con José Emilio Pacheco) comenta que de este modo Juan terminó su misión y anunció lo que le ocurrirá a Jesús: su martirio y pasión. Dolor, dolor, dolor. El cordero de Dios sintió abandono. ¿Es la soledad lo que hace posible la existencia de la figura de la confesión? Contar, a todos nos gusta contar, saber que nos escuchan. ¿Pero cómo se llega al punto de estar dispuesto a que te juzgue un desconocido? Al final, resulta que no es indispensable sentir dolor, solo vergüenza y arrepentimiento. Vaya alivio.

Tres: confesar los pecados. Muestra tu valor, acusa a tu fragilidad. Ante el padre, uno podría volverse un experimentado redactor; la confesión debe ser como una nota periodística: clara, concreta, concisa y completa. No usar frases genéricas, no dar explicaciones o hacer descripciones innecesarias, no callar lo importante o lo más grave. Los feligreses deben dejar la vergüenza tras la puerta del confesionario, deben exponer el lado más oscuro de su intimidad frente a un desconocido. Hacen una fila para ello, para llegar al punto número cuatro: recibir penitencia. Porque el arrepentimiento no basta, se recibe como tarea una serie de oraciones mediante las cuales también se agradece el perdón recibido y se afirma el propósito de no volver a pecar (como si tal cosa pudiera lograrse). No soy capaz de adivinar qué sienten los que salen de la cabina de madera, no veo caras de alivio ni de júbilo. Reconocer la propia debilidad es importante, pero no sé qué tan sanos sean el sentimiento perpetuo de pequeñez y el propósito inalcanzable de ser un perfecto cristiano.

El párroco continúa hablando de la cabeza de Juan el Bautista en una charola, de la importancia de recordar lo que nos queda por sufrir. Desde alguna parte de este inmueble, aunque no sé llegar a ella, me llaman las cenizas de los padres de mi padre, pienso en los brazos vacíos que ninguna plegaria es capaz de llenar. No puedo sentir refugio. Cuando salgo de la iglesia, el hombre sigue sosteniendo su gorra con un azote glacial por compañero. La compasión se reza puertas adentro.

*Comunicóloga de formación, desastre por naturaleza. Veía las noticias con el abuelo, deseaba ser reportera de un programa infantil y, por influencia de García Márquez, quiso ser periodista y escritora de adulta. La necesidad le dejó holgados los sueños, pero a veces esgrime la pluma con la esperanza de ajustarlos un poco. Teme a la ceguera y al abandono de la memoria, por eso lee siempre que puede y le gusta escribir aunque, como le dijo un viejo amigo, eso no quiere decir que lo haga bien.

La paz para todos

Elia Ivonne Acevedo*

El 29 de agosto cayó jueves en el calendario; 7:10 de la noche marcaba el reloj, me dispuse a sentarme en una banca del atrio de la famosa Villita de Pachuca, como todos los lugareños saben que lo característico de la ciudad es su aire, ese que me pegaba en la cara, alborotando mi cabello y el cual nublaba mi visión, comencé a observar a la gente, cómo caminaba de un lado a otro, la mayoría persignándose frente a la iglesia, en señal de respeto y como buenos católicos, pero lo que más noté es cómo ignoraron a un vagabundo en la entrada, prefirieron entrar a rezar que practicar su buena obra del día como era poder darle una moneda a aquél señor para que pudiera comer…

El frío empezó a calarme hasta los huesos, muy pronto iba a oscurecer, los faros de luz ya estaban prendidos para cuando la noche cayera, aproveché para mirar detalle a detalle la catedral, noté su estructura, una muy grande, hecha de piedra y vitrales que la hacían ver atractiva, para mi gusto nada fuera de lo común, pero una sensación de escalofrío llegó a mí al recordar que por dentro las imágenes tétricas de santos se hacían presentes, que a mi parecer inspiraban miedo, probablemente nadie podría meditar sus pecados en paz, ya que afuera el poco tráfico que había no dejaba de hacer ruido de claxon, pitando a los demás sin razón, ¡qué escándalo! Pensé, en ese momento, una señora se sentó a lado mío, también admiraba la iglesia, su cabello chino y rebelde le tapaba la cara, pero al parecer no le molestaba, el olor de sus esquites llegó a mi nariz mientras ella los comía y saboreaba cada bocado, se notaba como lo disfrutaba, ese momento en paz y sin preocupaciones era lo que yo quería para toda la vida.

*Mujer nacida en 1990, portadora del nombre de la abuela Elia, pero siempre me llamaron por el segundo, mejor conocida como Ivonne. Hija única por decisión, nutrióloga de profesión, una joven loca por la música y cantante frustrada. El ejercicio es mi mejor terapia. Hecha de un 70 por ciento de daño emocional y un 30 por cierto de sueños y pasatiempos. Escritora por ratos y también salvadora de todo mundo, menos de mí.
Sé hacer muchas cosas, pero ahora solo intento escribir.

Misa de seis

Mara Monzalvo*

La falda de flores azules corre con ella del portón a la banca, se ha persignado tres veces antes de sentarse, Felipa Ramírez, le calculo 76 años, su cabello blanco lo confirma, sus aretes como candelabros del recinto titilan con la formalidad que trae puesta; viene sola, creo yo que es viuda por la seriedad de su cara al escuchar al sacerdote sobre el aniversario luctuoso de aquellos que partieron acompañado con un amén. Van ya dos ocasiones que se distrae al voltear la mirada, como esperando a alguien.

Pantalón de vestir, chamarra azul y su bigote blanco combina con su poco cabello, Felipa Ramírez probablemente ya había sentado cabeza por segunda o tercera vez. Aquel hombre le dice al oído una cosa que no escuché, pero Felipa asintió con la cabeza; seguramente se ha disculpado por llegar tarde a la misa del anterior marido, será afortunado o desafortunado, solo aquel sabrá. Vaya cita a la que tienes que asistir para conquistar a alguien que ha enviudado. El apretón de manos y beso en la mejilla en aquel evento protocolario ha dejado una sonrisa a ambos. Felipa ha pasado a segunda base.

*Me llamo Mara, cuyo significado es amargura, vaya antónimo con mi personalidad para comenzar. De emprendedora a propositiva. La naturaleza es mi dios, la música el orgasmo de la mañana, ¿y escribir? Diría yo que lo hago porque no puedo hablar sin que diga presente un impertinente.

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