La incompetencia de los políticos frente al sismo que aconteció en nuestro país solo es equiparable con la magnitud de este siniestro, nada nuevo, lamentablemente. La historia nos da muestra de ello solo con recordar aquel temblor que aconteció el 19 de septiembre de 1985, en donde quedó de manifiesto la opacidad e incompetencia de Miguel de la Madrid Hurtado, presidente en turno. Un mandatario anodino e inepto, que incluso no permitió el involucramiento internacional en el siniestro, argumentando que no era necesario.

Los desastres naturales en México no son una constante actual, estos han estado presentes durante gran parte de nuestra historia, ligados en acontecimientos importantes. Han sido tan democráticos, que tras la renuncia de Porfirio Díaz y la llegada triunfal de Francisco I Madero a la capital del país, se registró una sacudida de importancia. Para adentrarnos y estudiar los temblores a lo largo de la historia de México, basta recordar 1845. Tras un violento temblor que sacudió la capital de la República, J G Cortina publicó un escrito titulado Terremotos, donde enumeraba tan solo aquellos de consideración ocurridos desde la conquista de México. Según sus investigaciones el siglo XVI registraba 73; el XVII, 69; el XVIII, 24; y el XIX, al menos hasta ese año, seis.

Descripciones de viajeros extranjeros y algunos escritores mexicanos coincidían en que los temblores eran un fenómeno particularmente común en la historia de la Ciudad de México y sus construcciones debían mucho a la regularidad de esos fenómenos naturales. “Pocos edificios públicos –escribió en 1827 el diplomático inglés Henry G Ward– alcanzan la altura que estamos acostumbrados a ver los europeos. Esto se debe en parte a la dificultad de poner un buen cimiento en el Valle de México y a la frecuencia de los terremotos. A pesar de que los sacudimientos casi nunca son severos, pondría en peligro la seguridad de edificios muy altos, pues serían los primeros en resentir los efectos”.

Indudablemente, Ward escribía con cierta ligereza al afirmar que los temblores “casi nunca eran severos” en México. No pensaría igual la marquesa Calderón de la Barca, cuando años después, durante su estancia en México entre 1839 y 1842, sintiera en carne propia la desagradable sensación de “que se mueve la tierra firme y que nuestra confianza en su estabilidad se desvanece”.

“…Todo comenzó a moverse; el cuarto, las paredes y aun el suelo se balanceaban como las olas del mar. Todos corrimos, o más bien haciendo eses, alcanzamos a llegar al corredor. Duró el temblor cerca de un minuto y medio, y creo que no causó más perjuicio que el susto consiguiente y cuarteaduras en las paredes viejas.”

Los temblores que azotaron a la Ciudad de México en la primera mitad del siglo XIX solían ser de larga duración y gran intensidad, aun así, pocas eran las víctimas y los daños solo podían contemplarse en algunos muros mal construidos y en ciertos templos, cuyas cúpulas se venían abajo. Con 300 años de antigüedad, el saldo era favorable; cada movimiento del subsuelo ponía al descubierto una característica más de la Ciudad de México: su fortaleza arquitectónica.

Erigida sobre una región lacustre, las construcciones levantadas por los españoles desde 1521 habían resistido el paso de los siglos. Mayores estragos causaban las inundaciones que en ocasiones alcanzaban varios metros de altura. En 1844, un acucioso viajero norteamericano percibió en dónde radicaba la fortaleza de la ciudad capital: “No hay aquí casas aisladas, sino que las cuadras enteras se encuentran edificadas en un sólido bloque constituyendo, de hecho, un solo enorme edificio; cada metro de terreno se halla revestido de piedra y cemento y, como las paredes colindan, se afirma que es poco el daño que provocan aquí los temblores, salvo el resquebrajamiento ocasional de los muros y el derrumbe de unas pocas casas de los suburbios construidas de adobe”.

Años después, Edward Burnett Taylor, viajero inglés, ratificó el juicio del norteamericano: “La probabilidad de que se den estos sacudimientos en México explica la peculiar forma de construir las casas. Un moderno pueblo inglés con delgadas paredes de ladrillo, quedaría en ruinas con un sacudimiento que difícilmente dañaría a México. Aquí, las casas de varios pisos tienen paredes de piedra y son tan gruesas que por fuerza resistirían”.

Para la sociedad capitalina, con justa razón, ninguna de estas consideraciones era suficiente para mantener la calma. Ante los golpes militares, las asonadas o los cambios de gobierno, los habitantes de la Ciudad de México reaccionaban incluso con indiferencia; finalmente, cuestiones humanas que dependían directamente de la voluntad de los hombres.

Los terremotos eran otra cosa. Comunes podían ser los movimientos telúricos, pero eran situaciones a las que la población, por su impotencia ante los fenómenos naturales y por el propio instinto de supervivencia, jamás podría llegar a acostumbrarse.

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Edad: Sin - cuenta. Estatura: Uno sesenta y pico. Sexo: A veces, intenso pero seguro. Profesión: Historiador, divulgador, escritor e investigador que se encontró con la historia o la historia se encontró con él. Egresado de la facultad de filosofía y letras de la UNAM, estudió historia eslava en la Universidad de San Petersburgo, Rusia. Autor del cuento "Juárez sin bronce" ganador a nivel nacional en el bicentenario del natalicio del prócer. A pesar de no ser políglota como Carlos V sabe ruso, francés, inglés y español.