Nuestras vidas están amenazadas. México cerró el 2017 como el año más violento en las últimas dos décadas. Se elaboraron 25 mil 339 carpetas de investigación por homicidio doloso, de esas, 66.7 por ciento dentro del subtipo de homicidio cometido con arma de fuego, esto según cifras de incidencia delictiva del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Sin embargo, hay otras formas de violencia que también matan, intimidan, agreden, y que están ahí, que se esconden en la invisibilidad del enemigo, que no generan zozobra, pero también amenazan la existencia vital.
De acuerdo con los registros administrativos de mortalidad del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en el periodo de 1998 a 2016 cada día perdieron la vida en el país un promedio de 23 personas por desnutrición. Un total en este lapso de 159 mil 980 muertes, de las cuales 7 mil 334 corresponden al último año. ¿Por qué sobrevienen esas condiciones que llevan a la muerte? ¿Existe un responsable que se pueda identificar? ¿Es el sistema de salud? ¿Es la pobreza? ¿Se puede culpar al mercado?
El Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social reportó para el 2016 que 24.6 millones de personas en el país tuvieron carencia por acceso a la alimentación. Esto representa que esa población se quedó sin comida, tuvo hambre, dejó de desayunar, comer o cenar o tuvo poca variedad de alimentos por falta de dinero o recursos en los últimos tres meses anteriores al momento de la obtención de la información. Por su parte, el informe anual 2016 de la Unifef para México calcula que en las zonas rurales dos de cada 10 menores de cinco años presentaban desnutrición crónica. Como puede inferirse, la pobreza lastima, agrede y hasta mata, pero es tan cotidiana esa condición que queda invisibilizada como violencia.
Friedrich Engels, en 1845, en su clásico texto “La situación de la clase obrera en Inglaterra” alertaba que se comete un crimen cuando se quita a millares de seres humanos los medios de existencia indispensables. Escribía este filósofo alemán que eso es algo muy parecido al crimen cometido por un individuo, “salvo que en este caso es más disimulado, más pérfido, un crimen contra el cual nadie puede defenderse, que no parece un crimen porque no se ve al asesino, porque el asesino es todo el mundo y nadie a la vez, porque la muerte de la víctima parece natural”. Desde luego no pueden equipararse de forma numérica las muertes por homicidio y las muertes por desnutrición, pero no menos violenta resulta una causa que la otra.
Existen violencias que no se ven, estas son violencias de la normalidad en contraposición a las violencias de la anormalidad donde el enemigo es visible como en la guerra, el terrorismo o el asesinato. En estas últimas se ejecuta una acción de uno hacia otro causando daño, son violencias visibles porque como señala el filósofo Zizek en estas está siempre un agente malvado. Pero en las de la normalidad, como la pobreza, este queda oculto. En el caso de las condiciones de desnutrición queda oculto el enemigo que se esconde tras la pérdida del poder adquisitivo de los salarios, el desempleo, la subocupación, en suma la precariedad en el trabajo que reduce o quita los ingresos para lograr la existencia vital. Queda oculto ese sistema que precariza la vida, donde nadie es responsable pero todos participamos en el.
Preguntar qué violencia no es relajar la gravedad de las muertes por homicidio doloso, excusar al enemigo o apartar al lector de su pena, es visibilizar las otras violencias que le envuelven, advertir que en la cotidianidad de la vida se cometen actos de forma aparente no violentos que matan a veces más que la guerra. La carencia de alimentos que lleva a la desnutrición, causada por la pobreza, los bajos salarios o la pérdida del empleo, no es una amenaza menor. No menor ni menos alarmante que la otra violencia.

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