“Esta mañana se suicidó un banquero”, era el titular del periódico local; Rodrigo dejó sobre la mesa el diario y bebió un sorbo de café, lo sabía porque un enfermo reconoce a su igual; cerró los ojos y recordó la noche anterior en la que Jorge entró por primera vez a ese lugar anónimo tembloroso, temeroso y viceversa.

Rodrigo jamás olvidaría la forma en la que Jorge cruzó la puerta, traje gris oxford, camisa blanca y una corbata azul entre sus manos, ojos rojos y angustia reflejada en la manera de mirar a su alrededor. Eran las 11:15 de la noche, Rodrigo estaba a punto de cerrar.

–Nunca había entrado a un lugar como este–, se disculpó mientras Rodrigo sonreía apacible.

–No te preocupes, me llamo Rodrigo. Como ves, es un grupo de Alcohólicos Anónimos; pasa, siéntate.

–Soy Jorge–, miró incrédulo a la persona que le ofrecía una taza de café.

–¿Crees que tienes problemas con tu forma de beber o qué es lo que te hizo venir aquí?

–No, no, nada de eso, no tengo problemas, mucho menos me considero alcohólico, es decir, todos tenemos momentos de crisis, pero no para estar aquí. Bebo los fines de semana, y a veces entre semana, pero nada fuera de lo normal. Lo tengo todo, ahora soy gerente, tengo a mi esposa, me va bien en general.

Rodrigo lo miró tratando de analizar esas palabras que había escuchado infinidad de veces en otras voces de hombres y mujeres; en efecto, Jorge presentaba los síntomas de un alcohólico que trata de convencerse a sí mismo que no lo es.

–Jorge, no soy nadie para asegurar si tienes problemas o no con tu forma de beber, pero sé que estás aquí por una razón; te invito mañana a que vengas, sesionamos por las noches de ocho a 10.

“No, no, no vendré, los alcohólicos son los que se quedan tirados en las calles, los que perdieron todo como tú”, pensó mientras continuaba mirándolo incrédulo criticando sus tenis rotos, su pantalón de mezclilla que algún día fue negro y su playera blanca percudida intentando ocultarse en una chamarra desgastada.

–Te agradezco infinitamente, pero quizá fue un error venir, no creo que este sea un lugar para personas como yo. Gracias, buenas noches.

Jorge salió a toda prisa mirando a ambos lados de la calle esperanzado a que nadie lo hubiera visto entrar a ese lugar.

A las 2:30 de la mañana, Rodrigo repitió en su mente “solo por hoy”, ese lema que lo mantenía sin beber desde el 25 de julio de 2007, lo recordaba bien, desde entonces se sentía agradecido y a veces maldecido, días genuinos, algunos tormentosos, muchos cigarrillos y ninguna recaída, ¿cómo sería su vida si no hubiera llegado a ese lugar?, ¿si no hubiera conocido a esos locos que lo convencieron de que era un alcohólico? Recordó la angustia de Jorge y se reflejó en él, respiró hondo y dejó las preguntas existenciales para otro día. Todo sucedía mientras Jorge, escondido en su estudio, enredaba una soga a su cuello embriagado por el whisky y por la lástima que le ocasionó volver a ver a Rodrigo, el gerente del banco al que él entró como cajero 18 años atrás.

“Hoy estás arriba, mañana quien sabe”, le repetía constantemente su exjefe, ese hombre que horas antes fue incapaz de reconocerlo. No, él no era un alcohólico como Rodrigo, por eso tenían que existir otras formas de sobriedad, otras formas de libertad y antes de elegir el destino de ese alcohólico, ahora anónimo, prefirió la gloria de la muerte en el momento exacto en el que pateó la silla sobre la que estaba parado.

Nací un 28 de octubre entre las convulsiones y el amor de mi madre. Me llamo Lorena, también Piedad por herencia de mi abuela, la mujer que nació en San Andrés Ixtlahuaca, Oaxaca, y fue llamada india por ofensa, lo que inspiró el orgullo de mis raíces. Mi padre me enseñó el amor por la cultura de mi México; mi abuelo a creer en Dios, pero mi hermano en la justicia social. Simulo que escribo y cuando lo pienso detenidamente no me interesa la política ni las banalidades; me interesa la gente, de dónde viene y a dónde va. Hablar es el mayor don con el que fuimos dotados, escribir no tanto.

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