Aquel tributo que K quería rendirle a M podía interpretarse como un propósito con una intención algo imprecisa; pero, pese a lo que pudiera ser en su pensamiento una nebulosa de buenos deseos unida a ambigüedades difíciles de comprender, y que no le fuera posible darle una claridad más diáfana a su idea, era consciente de que debía realizarla y sabía además que tenía que hacerlo de forma tal que resultara casual y no se viera el cálculo que había detrás de ello.
Mientras pensaba miraba por la ventana. Era de noche y el cielo negro de estrellas ausentes no le ayudaba a fijar un fin, un método y un curso de acción, que considerado mejor que otros le asegurara una mejor probabilidad de éxito.
Pero, ¿qué estaba pensando? Aquella forma científica tan arraigada en su personalidad era la que más odiaba M y la que más problemas le había causado en su relación. Debía cambiar de táctica; ser más natural y dejarse ir, no ser tan calculador. ¡Como si fuera tan fácil! No lo era, pero por ella estaba dispuesto a intentarlo.
Al fin de cuentas dejar una forma de ser para encontrar otra acorde con la de M no debía ser tan complicado. Sus razonamientos incesantes demostraban que sí lo era y K era consciente de ello. “¿Cómo?”, se preguntaba. “¿Cuál es el punto que une la razón al sentimiento, la lógica a lo natural?, seguía con sus indagaciones.
Las preguntas se las hacía desde razonamientos aprendidos y encontraba respuestas estudiadas desde hacía tiempo y que había hecho suyas a nivel subconsciente. Sin saber por qué su forma de proceder le parecía inútil y lo angustiaba profundamente. No le daba las respuestas que con tanta ansia buscaba.
Cerró la ventana, hacía frío. Seguía sin sueño y pensando. M dormía plácidamente, ajena a sus disquisiciones; él miraba su placidez y la envidiaba. El libro de poemas en la mesita de noche apenas se entreveía como bulto; en la suya la libreta de apuntes para un nuevo libro se veía con claridad en el pensamiento insomne.
Su mujer se movió en la cama, abrió los ojos y lo vio entre sueños. Sintió por él algo que no supo expresar y se volvió a dormir. Soñó que estaba en una playa desierta, debajo de un cocotero que le daba sombra. La arena, caliente, se le metía entre los dedos de los pies produciéndole placer. Sus manos quietas reposando en los costados la expresaban en aquel instante. Sus ojos cerrados soñaban.
K la volvió a mirar. ¡Su rostro era tan plácido! Respiraba paz por todos sus poros. Entonces pensó que lo mejor era meterse en la cama y dejar de pensar, unirse a su sueño y vivirlo. Soñó. La vio debajo del cocotero formando una imagen maravillosa que nunca había visto. Se acercó en silencio, la arena no traicionaba sus pasos, solo los hacía profundos, abismales.
Detrás de él un mar intensamente azul lamía la arena de la playa atrayéndola hacia sí. Su sonido era el de un beso. Se acercó a ella y le tomó la mano llevándola a sus labios cómo había hecho en otra ocasión. Ella lo miró con dulzura.
Despertaron con las manos agarradas y sin necesidad de decirse nada. Estaban felices. Amanecía. Pensaba K en el fin de la lógica que lo había sostenido por años y que ya empezaba a extrañar con ligereza desaforada.
M sentía en su fuero interior una dicha desconocida procedente de una provocación ansiada y temida al tiempo. Era como si el cumplimiento de un deseo largamente sostenido por fin se hubiera cumplido. “Estoy feliz”, dijo. K respiro profundamente dentro de aquella verdad, pensando que ya no le quedaba más que aquello que no le era propio. “Soy feliz”, dijo. Se acurrucaron en un abrazo. Afuera el Sol apenas era un recién nacido buscando al día, a cualquier día.

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