IRÍA FERRARI

Se habla mucho sobre cómo lograr que ellas lleguen al orgasmo, pero en ocasiones (contadísimas) el clímax es inevitable.

¿Qué ocurre cuando hay mujeres que no controlan esos orgasmos y un simple roce con la bicicleta del gimnasio u otra situación extraña les provoca en ocasiones esa incómoda situación fuera de lugar?
Aquí están las mejores y más intensas anécdotas (evidentemente los nombres son inventados para proteger la identidad de estas personas).

Hay muchas formas de mejorar las probabilidades de conseguir un intenso orgasmo (o varios) durante el sexo.

Todas implican cierto nivel de esfuerzo, o al menos dedicación y concentración en la tarea.

¿Pero qué pasa cuando el cuerpo reacciona por sí solo y nos da este regalito envenenado sin pedírselo?

Normalmente, una curiosa mezcla de satisfacción e inseguridad, de vergüenza y tentaciones de volverlo a experimentar.

Vamos a ver unos cuantos casos recopilados y otros dos, más completos, que nos llegan por vía directa a través de las redes sociales. Empezamos por estos últimos.

Una anónima generosa comparte con nosotros lo siguiente: “Cuando estaba embarazada me despertaba a menudo con un orgasmo de los de órdago, y yo preocupada me agarraba la barriga pensando que me provocaría contracciones y se me adelantaría el parto… una rabia no poder disfrutarlos a gusto”.

Esto es relativamente habitual; durante el embarazo las zonas genital y pélvica están más irrigadas por la sangre y muchas embarazadas tienen durante algunos meses el mejor sexo de su vida, con más y mejores espasmos.

“He tenido orgasmos esperando de pie en un semáforo o pasando lista en clase, rezando para que no se me notara en la cara.”

Pero hay otra variedad más escatológica que le sucede, y no conoce a nadie en su misma situación: tiene orgasmos cuando sufre retortijones en la tripa.

Has leído bien, siempre que tiene el abdomen revuelto y llega ese dolor repentino que avisa de la necesidad de ir al baño, bingo: “No controlo: cada retortijón, un orgasmo. Y puedo tener cinco, seis, siete seguidos en pocos minutos”. Le preguntamos si ha llegado a buscarlo a propósito y nos confiesa que sí, hasta ese punto es placentero.

Lo malo es cuando pasa en público: “Soy así de rara. Me he visto esperando de pie a que el semáforo cambiara a verde o pasando lista en clase, y he tenido que cruzar las piernas, torcer el gesto y rezar para que no se me notara en la cara”.

Una segunda anónima nos cuenta: “Me pasó un par de días en el gimnasio metida en el jacuzzi, con más gente dentro, claro. No estaba excitada, simplemente noté que si seguía en la posición en la que estaba llegaría, todo esto intentando poner cara de que no pasa nada, porque la piscinita no es muy grande y miras a la cara de los demás.

“Me quedé loca, nunca me había pasado, ni siquiera intentándolo a propósito en situaciones más íntimas…Una vez en ello me di cuenta de que la situación, a pesar de la incomodidad, era excitante. Aunque los acompañantes podían haber sido más atractivos, no es posible tenerlo todo, ja, ja, ja. Otro día lo provoqué porque me gustó la experiencia.”

Al galope

Mila, de 24 años, confiesa que le sucedió en un evento ecuestre en el instituto. Su caballo se asustó y aceleró de repente y –suponemos que gracias a una cascada de hormonas, roce y sugestión– llegaron las sacudidas de lo que describe como el orgasmo más raro de su vida.

La situación fue tan loca que dice que durante la semana siguiente no podía mirar a los ojos al animal. Le dio mucho apuro que sucediera enfrente de sus compañeros de equipo: muchos ojos que esquivar.

La juventud parece hacer más habitual ese tipo de situaciones. Es el mejor momento para reproducirse por culpa de la biología… y el peor para tener latigazos de placer imposibles de parar en público.

Jenny, que ahora tiene 22 primaveras, colgaba de las barras en clase de gimnasia cuando era adolescente y sintió algo increíble que ni siquiera entendía. Fuera lo que fuera, aquello merecía la pena, estuvo intentando volver a sentirlo y es fácil imaginar a los profesores orgullosos de una alumna tan concienzuda con las barras. La pobre tardó años en volver a vivirlo, cuando aprendió a masturbarse: “¡Eso era!”
Addison tuvo una de esas crisis de estornudos en las que estás, según ella, “totalmente fuera de control”. Nada raro hasta ahí, pero después, la locura: tuvo un orgasmo y se cayó de la silla: “Lo mejor es que los estornudos venían con mocos, así que ahí estaba yo, a mitad de camino del suelo, teniendo un orgasmo con la mano moqueada”.

Vicki llegó al final haciendo los ejercicios de Kegel en el metro. Se dobló en su asiento y se tapó la cara con la capucha.

Eva, de 23 años, estaba en una atracción de feria de esas que te lanzan por los aires sujeta por un arnés. “Fue tan fuerte que perdí una sandalia”.

Otra mujer, Chloe, admite que estaba loca por su profesor de literatura medieval en la universidad. En una clase se puso a fantasear tan hasta las últimas consecuencias que empezó a jadear sin darse cuenta. Algunos compañeros sí, y se le quedaron mirando.

Ella hizo lo que cualquiera en su situación, toser y carraspear para disimular. Suena divertido, pero ella espera que no le pase nada parecido nunca. Por suerte, ha sido la única vez.

Calambres, chakras y religión

Audrey, de 21, estaba haciendo abdominales en grupo con otras 20 personas. Se ve que el pantalón apretaba de forma agradable, el caso es que tuvo un orgasmo increíblemente intenso. “Fingí que había tenido un calambre, pero fue bochornoso de todas formas”.

Piper, de 25 veranos, fue a un campamento religioso a los 12 años y conoció el goce carnal sin pensamientos impuros en una actividad en altura con cuerdas.

“No hay nada como experimentar el placer más intenso mientras tu pastor te dice ‘todo va bien’ porque cree que te da miedo caerte”, cuenta.

Solo se precipitó del guindo de la inocencia, y esa es de las mejores caídas, junto con la caidita de Roma.

Otros finales felices inesperados

Otros casos documentados de orgasmos que dejan en shock:
*Durante la lactancia. Dar de mamar activa las terminaciones nerviosas de los pechos, que a su vez tienen una buena conexión con los órganos sexuales.

No es de extrañar que una actividad tan importante para la supervivencia de los hijos reciba ese premio extra.

*Algunas lesiones en la médula espinal facilitan los llamados paraorgasmos, orgasmos reales que son producidos por contacto con zonas no genitales cercanas a las áreas lesionadas.

Como supondrás, no es buen negocio: en muchos casos ese tipo de lesiones hacen imposible, o bastante más difícil, el orgasmo genital, en ellos y en ellas.

En ellas, además baja la capacidad de lubricar y casi siempre se sienten menos deseables, aunque mantengan su libido. De todas formas, con paciencia y comunicación pueden tener una vida sexual satisfactoria.

*En 1981 apareció un antidepresivo, la clomipramina, que puede provocar orgasmos incontrolables en hombres y mujeres… al bostezar.

Por supuesto, no conviene ni deprimirse (fatal para la libido) ni tomar esa medicación y dormir pocas horas para mejorar tu vida sexual, porque esto solo le sucedía a un 5 por ciento de los pacientes.

Un efecto secundario más habitual es la impotencia.

Orgasmos mentales

Muchas sexólogas y “coach sexuales”, compañeras mías, imparten talleres para llegar al orgasmo sin contacto genital con buenos resultados.

Los médicos y psicólogos dan cada vez más importancia a la excitación mental, a las fantasías. Por ejemplo, son claves para recuperar una buena vida sexual precisamente en casos de lesiones medulares.

Alexis empezó a hacer yoga y una vez sin previo aviso tuvo un orgasmo extremadamente intenso al final de la clase.

“Literalmente solté un ‘ooohhh’ rodeada de gente. Por suerte, el ambiente de aquel centro era tan relajado que no hubo que disimular demasiado. La profesora se sonrió y aplaudió, los demás la siguieron.”

Vicki leyó un artículo sobre los ejercicios de Kegel para fortalecer el suelo pélvico. Pasó unos días practicando sin descanso, en casa, en el trabajo… y en el metro.

Una de las series de contracciones se convirtió en otro tipo de movimientos. Lo más probable es que nadie entendiera lo sucedido, pero lo que ella sintió fue tan claro (“de temblar la tierra”, asegura) que se dobló en su asiento y se tapó la cara con la capucha: “Estoy segura de que todo el mundo pensaba que estaba a punto de vomitar por todas partes, pero yo estaba en mi mundo”. Y ojalá pudiéramos ir a ese mundo en metro más a menudo.

¿Algún caso similar en la sala?

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