Siempre brindo con ella, en mis sueños y en mis pesadillas, en mis infiernos celestes y en mis cielos de fuego. Nació y murió en julio, yo la hago eterna cuando la invento para que sea como nunca fue, cuando la imagino como nunca será, cuando le escribo para agradecerle que inspire mi vida.
Por eso, en cada noche de julio paseamos como perversas brujas buenas, hechizamos a la luna para que las almas grises nos tengan miedo y les surja la necesidad de confesar sus rencores en letanía de envidias intensas.
Por eso, durante las mañanas de julio, siempre que me levanto la aproximo a mis oídos disfrazada de aretes, quiero que me hable al oído, que me acaricie muy bajito su risa, mientras describe a las sin amor, las mismas que se duermen solas explorando su sensualidad mientras recitan poemas que no entienden, mientras palpan el vacío de su cama donde jamás lograrán reconocerse, donde esconden los espejos que las muestran tal cual y no se gustan, espejos que valientemente tú sí colocaste encima de ese lecho gozo porque a ti nunca te dio miedo delatarte, mostrarte tal cual, que te quieran o que te odien, pero como eres de verdad.
Por eso, en cada atardecer de julio, me aferro a tu columna rota para no permitir que nadie me haga pedacitos el alma, bordo mis alas porque sé que mis pies siempre se cansan de seguir huellas falsas y necesito alas para volar. O conjugo verbos absurdos como te cielo o yo girasol, nosotras aliadas, ellas quebradas, vosotras conservadoras enemigas de sí mismas que nos miran desde su soledad.
Por eso, algunas madrugadas, acepto tus consejos de dibujar en mi frente al hombre que amo pero también me envuelvo en rebozos de amorosos suspiros que escandalizan a las testarudas, las mismas que jamás comprenderán lo que es parrandear con una mujer como tú, sufrida pero aguerrida, quebrada pero siempre entera, comercializada pero siempre única, patéticamente inmortalizada pero gozosamente representada en carteles y películas, ropa interior y tenis, en críticas escritas con tinta de olvido inmediato.
Por eso, brindo contigo los días de tu cumpleaños porque tu vida dibujó la mía. Brindo contigo la noche de tu aniversario de muerte porque aunque juraste no regresar siempre te estoy esperando.
Y aquí sigues, en mis zapatos tenis que pisan fuerte, como la mujer gozosa que siempre lucho por ser. En mis paredes donde ya estás hacinada como buena chamana. En muñecas con las que sigo jugando porque soy una niña mala. En mis pulseras que evitan hacen llorar a mis otras muñecas. En ese reloj que marca las horas donde sigo bien acompañada por ese rostro varonil que marca mi frente como un miércoles de ceniza donde todo el día me la paso pecando. En la venadita herida que adquiere fuerza al aceptar su debilidad. En la columna rota para seguir entera ante cada acoso conservador de alma hueca.
Julio, el mes que Frida Kahlo eligió para nacer y morir. Frida, la misma con la que aúllo cada noche para quererme bien. Kahlo, la inspiración que no me permite traicionarme y esconderme por miedo a ser delatada. Frida, esa pintora que hasta el último día de mi vida me dará trazos de fuerza, de sonrisas y de inspiración.

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