Cada noche, el doctor López Gatell lee esas cifras, señala esas estadísticas, trata de aplanar una curva que crece y crece. Hay momentos en que evito esa conferencia de las 19 horas por cobardía, por angustia, por miedo. Y eso que las cifras que enumera no tienen rostro. Sin embargo, no dejo de preguntarme: ¿Quién enfermó?, ¿por qué se contagió?, ¿qué hará su familia?, ¿cómo se prepara un médico para dar una noticia tan triste? Pero, nada puede ser más trágico que el momento cuando esos números empiezan a transformarse en rostros, cuando las lágrimas son de alguien cercano, cuando no sabes cómo dar el pésame.

Hace unos días, un profesor muy querido informó sobre la muerte de un colega suyo por Covid-19. Era un muchacho talentoso, su amigo, su alumno, alguien que extrañará toda su vida. Escribió en su muro de Facebook, justo el día de su cumpleaños: “El día que debía ser el más feliz se ha convertido en el más triste”.

Este lunes, mi querida Paz Molina me avisó que el papá de su hija estaba muy grave en el hospital por coronavirus. De inmediato evoqué a ese hombre joven, alto, fuerte, que fue a mi examen de doctorado, que apretaba con fuerza mi mano en cada saludo, que con fuerte chiflido me consiguió una vez un taxi, que amaba a su hija. Al otro día, la noticia que no quieres recibir: él ha muerto. Nada de sepelios, imposible el último adiós. Hoy una niña se quedó sin su papá, hoy mi amiga se siente más sola que nunca. ¿Cómo explicarle a su pequeña esa muerte? ¿Cómo continuar con ese dolor en el alma? Traté de seguir esta jornada ya tan rutinaria de estar en casa, pero al palpar un solo rostro de esas cifras que cada noche vemos y escuchamos, hizo difícil estas 24 horas continuas de encierro.

Entonces, me puse a hornear un pan relleno de merengue de Luna para recordar que la vida a veces tiene un dulce sabor desabrido.

Encendí las luces de cada habitación para iluminar mi alma apagada por ese adiós, por cada adiós que en estas fechas parecen eternos.

Pinté azucenas en el techo para volver a apostar que los sueños existen pese al eterno insomnio que me ha hecho olvidar cómo duerme una mujer feliz.

Bordé tapetes de luceros para volver a poner los pies en la tierra pese a cada ausencia anunciada.

Tejí un mantel con puntadas de Sol para iluminar la esperanza que ese virus cruel se empeña en nublar con su indiferencia.

Descocí cortinas kilométricas para aprovechar sus hilos y remendar con ellos cada corazón hecho pedacitos por el duelo, por la muerte sin fin.

Me puse a planchar olvidos y miradas con el vapor de mi aliento entristecido.

Barrí los poemas donde inventé todo lo que nunca sabré de la gente que está muriendo en esta pandemia.

Me puse a trapear con mi propia alma estos rencores que maldicen a los que no creen en esta enfermedad y salen como si nada, a los que creen en esta enfermedad para abusar de los demás, a los que creen en esta enfermedad para hacer campañas, para tener ganancias.

Me empeñé en secar rayo por rayo, de Sol a Sol, esta melancolía que invade mi rostro.

Qué triste cuando las cifras adquieren un rostro, tienen una historia.

Hay días tristes como hoy que buscas consuelo en las palabras, pero las palabras se ponen a llorar contigo. Hasta pronto Alejandro, hasta pronto Raúl.

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