De lo rural a lo urbano, un libro clásico, en el que su autor, el francés Henri Lefebvre, plantea por qué se interesó en la figura del mundo rural, las comunidades familiares, el universo campesino. El propio autor contesta: porque en ellas descubre “virtudes morales: la estabilidad, la obediencia, la resignación, estos valores son al mismo tiempo y especialmente valores políticos”.

Para Lefebvre la comunidad rural es una forma de agrupación social que “organiza, según modalidades históricamente determinadas, un conjunto de familias fijadas al suelo. Estos grupos primarios poseen por una parte bienes colectivos, por otra, bienes “privados”. Están relacionados por disciplinas colectivas y designan responsables para dirigir la realización de estas tareas de interés general” (Ibídem).

Lo central en este análisis es que concluye en pleno 1971 cuando se publica esta obra, que la vida campesina carece de autonomía. No puede evolucionar de acuerdo con leyes propias, se relaciona de muchas maneras con la economía general, la vida nacional, la vida urbana, la tecnología moderna. “Sin embargo, el estudio de esta rica y compleja realidad en el pasado y en el presente se encuentra sin cesar ante la existencia o la prolongación de una formación original: ¿Qué son hoy casi todos nuestros pueblos? ¡Comunidades en plena disolución! (Ibídem).

Es evidente que, al menos, desde 1971 estaban presentes tendencias y/o evidencias que expresaban como la economía campesina estaba en proceso de desaparecer. Este comportamiento se manifiesta claramente en México, para 2018, 100 millones de personas vivían en ciudades, lo que manifiesta que el proceso de urbanización es un fenómeno irrefrenable e irreversible.

Hoy en el campo mexicano sobreviven asentamientos aislados y empobrecidos que están en la frontera de la autosubsistencia y la pobreza (incluso, muchas veces, absoluta). Frente a ella existe un pequeño grupo exitoso que produce para el mercado interno y la exportación, lo que permite alcanzar una balanza comercial agropecuaria superavitaria.

En 2018, las exportaciones agropecuarias crecieron 7.31 por ciento generando ingresos por más de 20 mil millones de dólares. Lo anterior permitió que el país se convirtiera en el décimo exportador agroalimentario del mundo. En ese proceso se presenta un fenómeno aparentemente contradictorio (contradicción que resuelve el mercado), pues si bien el país importa maíz amarillo, soya, arroz, frijol, exporta maíz blanco (el de las tortillas), aguacate, cítricos y otros productos, de manera que se logra una balanza agropecuaria superavitaria cercana a los 5 mil millones de dólares.

Esta polarización no es nueva ni debe sorprender. Se tienen dos sujetos agrícolas, como ya se ha señalado, un sector constituido por familias que sobreviven en la pobreza, la desigualdad, sobreexplotación de los recursos naturales, estas familias ya no viven de la agricultura, sino de las remesas, los servicios, las pequeñas manufacturas y de los apoyos que les otorga el gobierno. El otro sujeto produce para un exigente mercado interno y para la exportación. Este exitoso grupo de productores lo constituye poco menos del 20 por ciento del total de ese universo.

En esta discusión es fundamental tener claro que es indispensable contar con un campo eficiente, productivo, que innove, realice investigación para que pueda garantizar la seguridad alimentaria. En México, de acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, la quinta parte de los mexicanos vive inseguridad alimentaria moderada y severa, la razón es evidente: la pobreza. El 35 por ciento del gasto promedio de los hogares se consume en alimentos. Para los más pobres significa el 50 por ciento del gasto, para los sectores de mayor capacidad adquisitiva (los más ricos) supone el 25 por ciento, aunque consume cuatro veces más.

La alimentación tiene categoría de derecho humano, en teoría, todos los mexicanos deberían tener garantizada esta condición, sin embargo, no ocurre así.

Alcanzar la suficiencia alimentaria significa redefinir la figura del campo, el campesino, el ejido. No es una tarea fácil. El estudio de Lefebvre era un llamado quizá de los últimos para recuperar una figura y una agenda estratégica para combatir la pobreza y para garantizar un derecho humano fundamental: la alimentación. ¿O debemos resignarnos a contemplar la agonía y muerte del mundo rural?

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