A principios del siglo XX, el término chicano tenía “un significado peyorativo que hacía referencia al mexicano de clase inferior, entendiendo por el mismo un ciudadano estadunidense de ascendencia mexicana, fuese oriundo de los Estados Unidos o ciudadano ya naturalizado” (Tino Villanueva). A partir de la década de 1950, esa caracterización se refiere también al obrero mexicano no calificado y recién llegado a Estados Unidos. Para la década de 1960 apareció el movimiento chicano, que representó un fenómeno en la vida de los mexicano-norteamericanos. Su importancia radicó en reunir a esa expresión social de todas las edades, niveles socioeconómicos y diversidades ideológicas; entre sus integrantes se encontraban estudiantes, profesores universitarios, trabajadores de diversos sectores y ramas, ciudadanos ya asimilados a la vida norteamericana. En medio de esa diáspora de intereses, el eje que los articulaba era el nacionalismo. En ese movimiento destacaban las figuras de César Chávez, fundador del United Farm Workers Organizing Committee, organización que en 1965 inició la “huelga de las flores”.

Otro importante personaje de ese movimiento fue Reyes López Tijerina, quien en 1962 fundó en Nuevo México la Alianza Federal de los Pueblos Libres para hacer pública la vinculación de los Tratados de Guadalupe Hidalgo, de 1848, y exigir la devolución de las tierras robadas. Por su parte, Rodolfo Corky González, de Denver, Colorado, fue el organizador de la Cruzada para la Justicia y promotor de El Plan de Aztlán. Ese plan, suscrito por mil 500 chicanos, señalaba el camino para la unificación y organización de los mexicano-norteamericanos “el Plan Espiritual de Aztlán establece que el chicano (la raza de bronce) debe usar su nacionalismo como la clave o el común denominador para la movilización y organización masiva. Una vez que nos comprometamos con la idea y filosofía de el Plan de Aztlán, solo podemos concluir que la independencia social, económica, cultural y política es el único camino para la total liberación de la opresión, explotación y racismo”. Pretender que el movimiento chicano creciera y madurara a partir del concepto nacionalismo, no solo lo limitó sino que también lo enfrentó a un naciente proceso de globalización, donde la multiculturalidad era un principio básico.

En el origen de ese movimiento se encontró, muy rápidamente, su límite.

Aunque de corta vida, el movimiento chicano representó un fenómeno revolucionario en la vida de los mexicano-norteamericanos, quienes en su propósito de integrarse a la vida americana tuvieron que enfrentar persecuciones, violencia, racismo, explotación, prejuicio social, negación de su historia, cultura e identidad. A pesar de esa compleja y difícil realidad, el movimiento fue capaz de crear literatura y arte a través de escritores como Richard Vásquez, autor de la novela Chicano; Donald F Castro, estudioso étnico genérico de la novela chicana; Óscar Zeta Acosta, quien en la idealización del paraíso perdido plantea el reencuentro con México. La semana de la vida de Manuel Hernández, de Nick Vaca, plantea el conflicto esquizofrénico entre lo mexicano y lo norteamericano. Tep Falcón, poetisa chicana y producto de ese mestizaje; otros poetas como Ricardo Aguilar, Juan Bruce-Novoa y varios más, eran el primer paso hacia una conciencia nacional y “despertar a la historia significa adquirir conciencia de nuestra singularidad, momento de reposo reflexivo, antes de entregarnos al hacer… No importa, pues, que las respuestas que demos a nuestras preguntas sean luego corregidas por el tiempo” (Octavio Paz, El laberinto de la soledad).

¿Qué ocurrió con el movimiento chicano?, ¿se diluyó, se encuentra contenido, entró en estado de hibernación o, finalmente, fracasó? Hoy, en el nuevo entorno internacional se habla de los migrantes que buscan alcanzar el sueño americano y que deben enfrentar, como antes los chicanos, persecución, violencia, racismo, abuso y frecuentemente el maltrato y la brutalidad de la Policía y el desprecio y rechazo de amplias franjas de esa sociedad. A manera de ejemplo, recientemente el Seminario Universitario de Desplazamiento Interno, Migración, Exilio y Repatriación de la UNAM informó que entre mayo y junio de 2018, 2 mil 342 menores migrantes fueron separados de los adultos con los que viajaban, lo que constituye una violación a convenciones como la de los Derechos de los Niños y contra la Tortura; además de normas internas como un acuerdo judicial de 1997 que establece protecciones mínimas para los menores migrantes irregulares: por ejemplo, que no pueden ser detenidos por un tiempo mayor a las tres semanas. Ese drama humano, de niños migrantes sin compañía, es un asunto generalizado. En Europa, en 2015, un tercio de cerca de 100 mil menores migrantes provenientes de Eritrea, Gambia, Nigeria, Afganistán y Egipto no eran acompañados por ningún adulto (Universidad de Deusto, España).

Ayer los chicanos, hoy los migrantes, un tema ético, social, cultural, humano, que debe resolverse de manera multilateral. Todas las naciones debieran aportar propuestas y respuestas a ese complejo fenómeno.

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