“… ahí, antes de cruzar el largo puente colgante que libraba un vacío tan profundo y oscuro como la noche para desembocar a las puertas de Torre Tormenta, tan larga que besaba las nubes, Imor Luq’ar, el caballero amarillo del amanecer, desmontó su caballo negro, desenvainó su espada y comenzó a tallarla con una piedra de amolar para dejarla tan filosa como diente de dragón, puesto que no enfrentaría a uno cualquiera, sino que entraría en combate con Drigo, señor de los dragones, terror de los cielos, infierno alado, devorador de esperanza, saqueador de reinos y hurtador de princesas, aquel que descansaba en alguna parte de Torre Tormenta, donde nadie…”
– Espera espera espera- interrumpió Vento desde su celda-. Ayer, no, anteayer me dijiste que Drigo había robado todos los huevos de dragón que quedaban en cada rincón de Marcasur, ¿cierto?
– Sí, así fue- contestó Pon en su respectiva celda-. ¿Puedo continuar la lectura, o tienes alguna otra duda?
– ¡Claro que la tengo! ¿Por qué un dragón robaría huevos de dragón? Cuando mencionaste a Drigo imaginé que sería un mago o algo así.
– Porque Drigo- respondió Pon, colocando una hoja de pino que logró infiltrarse entre lo barrotes en la página en la que se había quedado, para evitar perderse- no sólo es el señor de los dragones, sino el más malo de todos.
– Ah. Estaba haciendo algo así como eliminar a la competencia.
– ¡Exacto! Además, como los hombres habían logrado domesticar a los dragones, encontraba un placer maligno en despojarlos de una útil fuerza de trabajo- explicó Pon con paciencia, como había hecho otras tantas veces ante las dudas de Vento.
– Ya, ya. Continúa, por favor.
– Lamentablemente mi condenado compañero de celda, la noche nos ha alcanzado, y aunque quisiera continuar leyendo para ti, carezco de ojos de dragón para ver en la oscuridad. Mañana seguiré… si aún sigues con vida.
– Y tú- refunfuñó Vento.
“… el fuego había consumido el escudo de Imor Luq’ar y Drigo revoloteaba alrededor del caballero del amanecer, en la punta de Torre Tormenta. Más que temer, Imor Luq’ar gritaba salvaje, incitando al dragón a atacarlo; había descubierto su punto débil, solo era necesario que estuviera cerca, demasiado cerca. Cuando el dragón embistió, Imor Luq’ar hizo lo mismo, sin el menor atisbo de miedo, sin el menor atisbo de duda. Drigo abrió las fauces para expulsar una llamarada, el caballero del amanecer gritó de nuevo, esperando, anhelando la llama, sabía que podía esquivarla y entonces clavaría su espada justo en…”
– Espera, espera, espera- de nuevo Vento interrumpió desde su celda-, ¿cómo dijiste que se llama el libro que lees?
– No pienso repetírtelo- dijo Pon-, te lo dije al principio.
– Sí sí sí, lo recuerdo. Pero hasta ahora caigo en cuenta… ¿cómo algo tan maligno como Drigo serviría para arar campos?
– Supongo que es una metáfora- respondió pensativo Pon, colocando de nuevo la hoja de pino como separador-, sobre cómo algo tan malvado puedo convertirse en algo bueno. Cómo tú buen Vento, que estás aquí esperando a que te cuelguen por matar a ¿tres, cuatro soldados?
– ¡Fue defensa propia!- aseguró Vento aferrando sus barrotes, indignado-. Y para serte sincero, no me arrepiento. Ya que estamos en eso, si algo como un dragón puede cambiar para bien, de seguro tú podrías convencer al carcelero que no volverás a robar nada más en tu vida.
– Por supuesto que lo convencí, tanto que no volveré a robar nada hasta dentro de la próxima hora.
El ruido de llaves precedió a los guardias y al carcelero. Ni Vento ni Pon dijeron nada, solo intercambiaron una última mirada. El carcelero abrió la celda de Pon y tres guardias entraron para encadenarlo y llevarlo a la horca. Ahora Vento era el único prisionero que quedaba en las celdas.
No sintió ninguna tristeza por Pon, pero sí porque no conocería el final del libro que le estaba leyendo, pero era mejor escuchar el libro que cualquier palabrería que tuviera que decir, de seguro Pon pensó lo mismo sobre él. Aunque leyó ridículamente lento: por lo que pudo ver, apenas y pasó diez páginas durante los siete días que estuvieron juntos. Debía ser un libro con letras diminutas.
Cuando el carcelero llegó al día siguiente para entregarle el pan duro y el agua sucia que hacía las veces de desayuno, comida y cena, Vento le pidió que le diera el libro que estaba en la otra celda. “Vamos, ¿crees que un libro doblará los barrotes para que escape?”, le dijo cuando vio su reticencia.
Cuando el carcelero lo arrojó entre los barrotes, Vento lo recogió del suelo con reverencia. Nunca supo con certeza de dónde lo había sacado Pon, “estaba aquí, justo debajo de la cama”, había dicho. Claro, de seguro lo robó de algún guardia mientras lo arrastraban.
Apenas y sabía leer, pero confiaba que por intervención divina pudiera terminarlo antes que lo colgaran. Abrió el libro donde estaba la hoja seca de pino, y una sonrisa maligna se dibujó en la cara de Vento. Pasó a la siguiente página, y a la siguiente, y a la siguiente… “cómo algo tan malvado puedo convertirse en algo bueno”, una metáfora, había dicho. Desgraciado, pensó Vento.
Todas las páginas estaban en blanco.

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