Un cuento de Navidad, Charles Dickens Men of goodwill, Benjamin Britten

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Cuando Charles Dickens dio a conocer al mundo A Christmas Carol, se trató no solo de una ficción fuera de serie, sino una contradicción respecto a la postura personal del autor. Es decir, Dickens, entre otras cosas, había llegado al extremo de convertirse en un apasionado del espiritismo, de las sesiones de mediums y cuanto charlatán se hiciera cargo de tomarle el pelo a los incautos, que todo lo relacionado con el tema, no solo le sacaba de quicio, sino que había llegado hasta el extremo de evidenciar a los charlatanes a cargo de aprovecharse de la ingenuidad ajena.

La historia del mísero Scrooge, quien tras una vida de restricciones, después de genuina mezquindad, en medio de una riqueza cosechada a costa de las privaciones ajenas y todos aquellos que le sirvieron para acumularla, se convierte en una suerte de epifanía tras la visita de tres fantasmas quienes le hacen recorrer pasado, presente y futuro de su existencia, bajo amenaza de que si el último fantasma no es servido con bienestar, entonces el destino de Scrooge no solo sería incierto, sino fatídico.

Esa historia, luego de su publicación se volvería no solo una de las más famosas de Dickens, sino la que lo convertiría en una figura de alcance internacional, como si el resto de su obra no comprendiese Historia de dos ciudades, David Copperfield, Oliver Twist, entre otras. Mucho menos que un dolor de muelas durante la mitad de una tarde se convertiría en la causa de su muerte y ese incidente dejaría inconclusa una de las novelas más importantes del autor.

Dickens, a raíz de su pasión por los fantasmas, fue causa de cartas, visitas y hasta el interés de contemporáneos, como Arthur Conan Doyle y Harry Houdini, quienes a su vez oscilaban entre la credulidad y el más rabioso escepticismo, pero el caso de los notables fantasmas, rayó desde siempre en una de las causas para hacer motivo de admiración al escritor, quien pese a su abierto rechazo hacia el tema, hizo de él la causa para una de las ficciones que trascenderían permanentemente en la historia.

De esa forma, Benjamin Britten, amigo y colega de Arvo Pärt, tan parte de una relación fraterna entre ambos que luego de su deceso se convirtió en “Cantos en memoria de Benjamin Britten”, en Tabula Rasa, en otra época, dedicó parte de su obra a la celebración de la Navidad, tanto en Men of goodwill (Hombres de buena voluntad), como en Ceremony of Carols, más allá de Requiem de guerra y Otra vuelta de tuerca, entre sus creaciones destacadas.

Britten, el caso prototípico del caballero inglés quien llegó a una condición de creador célebre de renombre, redundó en uno de los trabajos que, desde su versión británica, aportaron a una versión regional británica de los villancicos y el relato de Dickens se transformó en la oportunidad ideal para crear una versión paradójicamente festiva de un relato funesto, con más aire de amenaza y de brutal desencanto de la existencia.

Sin que figure su nombre, desde Men of goodwill y Ceremony of Carols, casi todo el sentido musical que pudo desprenderse del original escritor, se convirtió en lo que hoy conocemos como una de las etiquetas de la época y hasta refrito llevado al desencanto mismo, del que baste decir, ya conforma una de las historias con menos capacidad para ser rebatida, excepto el deseo de un nuevo comienzo, incluso a costa de todas las contradicciones concebibles.

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