Desde muy temprano en su vida, Hoffmann demostró ser polímata, una de las quimeras más envidiadas y deseadas por las fantasías culturales, pero a la vez un quebradero de cabeza para quien lo vive.

Polímatas como Da Vinci, cuentan con tantas habilidades que requieren el doble de disciplina para cristalizar el torrente de ideas en su cabeza, cosa en la que Hoffmann fue un fracaso sin comparación.

Amante devoto de la música al punto de cambiar Wilhelm, su tercer nombre, por Amadeus en homenaje a Mozart, Hoffmann es hoy más recordado por su literatura que su música; pero tanto la preferencia como el favor histórico no provienen de la nada.

Si hay que identificar autores cuya singularidad rompe todo parámetro en la historia de la literatura, Allan Poe, Nikolai Gogol, Hoffmann y Horacio Quiroga conforman el grupo de escritores del siglo XIX cuyos cuentos prácticamente nada le deben a nadie y deciden la obra de todos los creadores posteriores a ellos.

La obra literaria de Hoffmann es un dechado de prodigios algunos tan memorables que cuando se revisan con calma en retrospección, es inconcebible el grado de modernidad contenido en sus narraciones. El gato Mürr, sobre la mascota de un escritor, que cuando el autor no está, es el gato quien se sienta en el escritorio y corrige la obra hasta el punto de reescribirla mejor que su dueño, los preliminares del libro son una declaración fantástica entre el editor y el gato sobre el texto.

Olympia es un cuento fabuloso sobre la creación de una autómata, desconectado del concepto “robot”, que a final de cuentas es una deformación de “работа”, la palabra rumana para “trabajo”, pero como no se había planteado la mecanización del trabajo ni la sustitución del humano por artificios, Olympia sería el antecedente directo de Blade runner, porque los dos hablan del deseo y los seres artificiales.

El hombre de la arena, también conocido ingenuamente como Sandman, es una criatura siniestra que lo mismo se confunde con Morfeo el dios de los sueños, un depredador alimentándose sin piedad de los inocentes, a quienes roba lo que se le antoje, pues toma todo del tesoro inagotable e inaccesible que son los sueños.

Por más ingenuo y dulce que llegue a parecer, El cascanueces y el rey de los ratones constituye otra de las metáforas en las que Hoffmann no solo depositó su ingenio sino que sirvió de inspiración directa para Tchaikovsky, que lo inmortalizó con El cascanueces.

Vampiros, autómatas, dobles negativos o doppelgänger, hipnotismo, sedimentos fantasmales, reflejos vivos, entre otros, evocan parte de la obra de Hoffmann y solo Offenbach tuvo no permiso, sino la audacia de internarse en el bosque biográfico del autor.

Les contes d’Hoffmann, creación que repasa indistinta la obra del escritor, tiene el acierto de colocar el protagonismo en el autor de los cuentos, con una ópera de tres actos donde cada uno de ellos aborda las obsesiones del creador, de forma tal que pese a tratarse de mujeres con distinto nombre y características diferentes, en todos se trata de la misma persona bajo una encarnación específica.

La Olympia de Los autómatas más los cuentos distribuidos entre Cuadros fantásticos a la manera de Callot, Cuadros nocturnos, Los hermanos de Serapio y El hombre de la arena son la fuente de donde Offenbach toma pincelazos aquí y allá para componer el conjunto de su ópera.

Además de la magnífica autómata, en el segundo acto la pintura que ordena a la prometida cantar, pese a que ya existía la advertencia sobre una muerte súbita en caso de continuar cantando, así como el reflejo atrapado en un espejo del tercer acto, son los elementos fantasmagóricos del Hoffmann que representa la cúspide del romanticismo.

Aunque se considera que el romanticismo es una corriente sobre la glorificación del amor, en realidad todo es sobre la oscuridad humana, sobrenatural y fantástica, atravesando la existencia cotidiana con tal fuerza que su paso deja una huella indeleble e imposible de negar.

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