La noticia de que un hombre siniestro de cara horrible, pese a estar tapada en su mayor parte por una bufanda y un sombrero de ala ancha, había preguntado por don Rogelio y, sobre todo, había preguntado con toda claridad por el “presidente”, corrió como la pólvora entre el reducido personal de la farmacia.
Las preguntas, unidas a una inquietud parasitaria del miedo, no se hicieron esperar. Pero no había nadie quien las pudiera contestar, y el único que hubiese podido hacerlo era una caja fuerte cerrada a cal y canto.
Como no había una respuesta al asunto empezaron a hacer especulaciones, a cual más disparatada, dando a la palabra “presidente” toda clase de interpretaciones sui generis que probablemente no tenían nada que ver con la verdad.
Pero, ¿cuál era la historia que escondía don Rogelio detrás de cien años de arrugas que le convertían el rostro en un pergamino indescifrable? Nadie, en ese caso, ni en el específico del extraño visitante se atrevía asegurar nada y, por lo tanto, todos se iban a indicios vagos que repetían una y otra vez, casi con anhelo.
Parecía todo aquello fruto de un ensalmo y que la farmacia, tan específicamente real, se hubiese convertido en un lugar mágico donde lo más imprevisible pudiera darse en cualquier momento.
De nada sirvieron las preguntas, primero disimuladas y luego directas y encarnizadas, que le hicieron al vejestorio. Al que cada vez, pese a admirar sus dotes de narrador demostradas el día de la tormenta, odiaban más, con el odio propio que se tiene al desconocido que provoca pavor.
Fueron varios días los que aquella tensión, manifestada en gestos y voces, permaneció en los corazones de aquella pequeña comunidad que la mayor parte del tiempo actuaba como una familia mal avenida y peor dispuesta.
No obstante, el tiempo inexorable pasó rápidamente y nuevos acontecimientos llamaron la atención de personas tan curiosas de lo que le sucede a los demás, incluso más de lo que les pasa a ellos.
Es el caso que una mañana a primera hora se presentó una mujer joven, bonita al parecer, que cubría su rostro con un fino velo negro que le tapaba la cara, pero que dejaba ver entre sombras unas facciones regulares y unos ojos, color café, grandes y redondos.
La mujer hablaba lentamente y con acento extranjero. No pedía ningún medicamento, no perdía tampoco ningún detalle de lo que ocurría. Su elegancia natural llamaba poderosamente la atención.
Después de muchas vaguedades se decidió a preguntar lo que quería saber. Buscaba a alguien que le habían dicho que allí podía encontrar. Al parecer tenía un mensaje importante para darle, algo relacionado con su esposa.
Todos los habitantes de aquel mundo de vapores medicamentosos sabían a quién buscaba y pese al odio que le tenían pudo más la solidaridad del grupo, el silencio que sellaba una alianza tribal frente al extranjero.
No le dieron a la mujer ninguna información y negaron la mayor, la menor y todas aquellas evidencias que aquella iba soltando a cuenta gotas, dándoles a entender muy a las claras que le estaban mintiendo y que aquello tendría las consecuencias a las que hubiere lugar y que, por supuesto, no serían nada buenas para semejantes “tarugos”.
Desde luego, la dama no pronunció tales palabras gruesas, que solo pasaron por su mente, ni hizo amenaza alguna, aunque sus manos y probablemente su rostro oculto no dejaban lugar a dudas de que ese era su pensamiento e intención.
Se fue compuesta y sin novio, pero con el velo negro, que le cubría la cara, sin haberse movido ni un milímetro de su barroco peinado. Al alejarse caminaba con paso de modelo de pasarela, como si una estatua del Prado se hubiese puesto un vestido negro para salir a pasear.
Se giró imperceptiblemente y con voz queda y de otro tiempo, aunque audible e inteligible, dijo algo que heló la sangre a los empleados de la farmacia, aunque fueran unas palabras que ya habían oído con anterioridad más o menos iguales. Dijo: “Díganle al señor presidente que se deje de tonterías y vuelva al palacio presidencial, que es donde tiene que estar”.
La boca abierta que les dejó, en el rostro helado del miedo, era kilométrica. Ahora ya tenían un poco más clara la situación, aunque todavía ignoraban las circunstancias y los porqués de todo aquello.
Poco tiempo después llegó don Rogelio con los cafés. Nadie le comentó nada de lo sucedido, pero él, acostumbrado a juzgar a mujeres y hombres por sus acciones y emociones, enseguida se dio cuenta de que había pasado algo trascendental.
Continuará…

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