Después de la vistita de la misteriosa dama nada fue igual en la farmacia. Nada, por otro lado, podía permanecer de la misma manera después de lo que ella había dicho desde la puerta y a modo de despedida. Por cierto, con tintes lo suficientemente dramáticos e inesperados para que dejara en el ambiente cerrado del recinto algo así como una fragancia turbia paralizadora.
Y sí, en efecto, las voluntades se hallaban paralizadas, aunque siguieran trabajando por la inercia de una rutina diaria, que en esos momentos era apreciada más como una tabla de salvación que como solía: el aburrimiento infinito de la prolongación de un tiempo inútil e inservible.
No había palabras entre los trabajadores, tampoco había gestos que no hubiesen sido aprendidos con anterioridad: en la naturalización de la labor. Las miradas, claro está, también brillaban en la ausencia del vacío que se había instaurado en aquel mundo cerrado, que nunca había sido, como entonces, tan hermético y alejado de lo que ocurría afuera.
Era inevitable, por otra parte, que el pensamiento se trasladase a muchos lugares. Y así era, con la salvedad de que nunca llegaba a ninguna parte y siempre se remitía al tema común de la frase dicha, aparentemente al azar, por la malhadada señora que en aquel estado, al borde del pasmo, los había dejado.
Se hallaban macilentos y cariacontecidos, o sea, con una cara de espanto que espantaba a los atrevidos clientes que se pasaban por allí en aquellas horas aciagas, ignorantes ellos de la desesperación que corroía a los habitantes de la farmacia.
Quién iba a decir que de aquel funesto estado de ánimo los iba a sacar el mismo que lo había causado, pero así fue. Don Rogelio visiblemente apenado por lo que les estaba sucediendo a sus compañeros, sin que él lo hubiese querido y sin que tampoco tuviera la más mínima responsabilidad en ello, se sentía culpable.
Ese sentimiento de culpabilidad lo llevó a confesarse, aprovechó para ello el descanso de media hora que tenían para comer, pues no quería molestar durante el trabajo. Así que nomás se inició el tiempo de la comida se sentó con sus compañeros y empezó a hablarles.
“Hoy es mi último día aquí, y quiero agradecerles por todo lo que he aprendido estando junto a ustedes. Yo no sabía lo que era trabajar, pese a mi edad, hasta que llegué, y eso es algo que siempre les deberé.
“Lamento las molestias que les haya causado mi presencia y también las pesadumbres y zozobra que los últimos días han tenido por mi causa. Sé que se han estado preguntando quién soy en realidad y por qué estoy aquí. Son preguntas que es hora que les contesté.
“Sí, soy el presidente, como dijeron mi jefe de seguridad y mi secretaria. Eso en sí no quiere decir nada, aunque lo explique todo. Debo agradecer a mi amigo de la infancia, Genaro de la Vega, dueño de estas farmacias, que me haya permitido trabajar de incógnito con ustedes, ocupando el lugar más bajo del escalafón como era mi deseo.
“No puedo explicarles muy bien porqué inicié este experimento, ni yo mismo recuerdo muy bien cuales eran mis intenciones iniciales. Sí sé, sin embargo, cuáles son los resultados finales. Lo que extraigo de esta experiencia tan interesante que he tenido estando aquí con ustedes.
“Me embarga un poco la emoción en esta hora del adiós, pero ante todo estoy dichoso por haberlos conocido y con ustedes al pueblo que debo gobernar desde aquella solitaria torre de marfil inalcanzable…”
No pudo seguir hablando, las lágrimas se le venían a los ojos y la voz se le quebraba. Dejó su bata blanca en el mostrador y salió por la puerta con sus 100 años de arrugas y sin decir adiós. El vacío que dejó lo llenó una ráfaga de viento que entró por la puerta abierta.
K terminó de leer y miró a M con una mirada repleta de dudas, que ella disipó con un gesto antes de salir corriendo hacia la cocina. K pensaba en la soledad del presidente recorriendo las calles ventosas de la ciudad, tan parecido en esos instantes al militar francés que murió alunado en el desierto.
Escribió: “Solo con su soledad don Rogelio, el presidente, anduvo en busca de un horizonte de salvación que jamás encontró. Se alejó más y más hasta hallar el palacio de mármol que le serviría de mausoleo. En su tumba se hallaba una fecha antigua desgastada y una inscripción borrosa en latín que no se podía leer.

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