Cuerpo y sexualidad en la mujer adulta mayor

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Pachuca.- Referirse a la salud sexual y reproductiva de las mujeres adultas mayores implica “colocar sobre la mesa” el tema del cuerpo, de la sexualidad y de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en procesos de envejecimiento. Del mismo modo que la menstruación agudiza las preocupaciones sociales, actitudes morales de las personas adultas y de las instituciones, la menopausia provoca un malestar social pero en el sentido contrario de la menarca, toda vez que es simbolizado como el momento de “la pérdida”.

¿Cómo construir la visión de que las mujeres que terminan sus posibilidades fisiológicas reproductivas (sin considerar las tecnologías reproductivas conceptivas) siguen teniendo sus posibilidades sexuales y de vida y por lo tanto necesitan gozar de buena salud sexual y de buena salud reproductiva? Colocar esos temas sobre la mesa significa reflexionar sobre cómo las sociedades construyen el significado de la salud y de la enfermedad en su relación con la salud sexual y reproductiva. A juicio de Corrêa, los conceptos legitimados en las grandes conferencias internacionales del sistema de Naciones Unidas, en particular de Cairo, tales como el empoderamiento, la igualdad entre géneros, la salud sexual y reproductiva y los derechos sexuales y reproductivos deben ser leídos como expresión política de una agenda de transformación cultural, social y política.

Por lo tanto, la visión de la salud y de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres adultas mayores tiene sentido no solo por lo que se pueda lograr en términos concretos de salud, sino también en tanto apunta que el bienestar que se puede lograr para ese grupo de la población está asociado a la construcción de una visión social que incluya los principios de “autonomía personal, integridad corporal, igualdad, diversidad25” a los cuales se podría agregar, en el caso de las mujeres adultas mayores, la dignidad y solidaridad.

Es preciso relativizar la visión de que se envejece de la misma manera con que se ha vivido. Esta visión, parcialmente correcta, no permite incluir a la totalidad de las experiencias humanas y además elimina las posibilidades de transformación que los adultos mayores pueden experimentar a lo largo de sus vidas. El hecho de que una mujer haya vivido, por ejemplo, en su vida conyugal una relación que no haya sido satisfactoria desde el punto de vista afectivo y sexual, no quiere decir que vaya a seguir siendo de esa manera durante toda su vida. Inclusive las características de las uniones sexuales pueden ser transformadas.

Ciertos datos demográficos apuntan que con los procesos de envejecimiento, las oportunidades sexuales de las mujeres pueden incluso dirigirse hacia otras mujeres o hacia hombres más jóvenes en los procesos de construcción de relaciones, lo cual se torna más complejo en el escenario de matrimonios multirraciales, como es el caso en Brasil. De todas maneras, la mujer adulta mayor enfrenta normas culturales que hacen que los hombres se unan a mujeres que son más jóvenes, y las mujeres a los hombres de más edad.

En Brasil, las mujeres adultas mayores negras que compiten por conseguir pareja con las mujeres blancas y mestizas, se encuentran generalmente solas. Sin embargo, este hecho no elimina la posibilidad de que en su proceso de vida las mujeres puedan fortalecer procesos de transformación en busca de opciones de mayor diversidad y satisfacción. En el caso de las mujeres adultas mayores, no están presentes como desigualdades sociales las desigualdades de género o clase social, pero se entrecruzan las llamadas generacionales y de raza/etnia. La inclusión social exige una mirada constante a estas diferencias e interrelaciones.

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