En tiempos de pandemias las medidas sanitarias han reconfigurado la vida cotidiana en su totalidad; el miedo a contagiarse modificó los hábitos de consumo, enseñanza, laborales, religiosos, culturales, políticos y hasta las formas de morir. La sana distancia entre los individuos se ha aceptado como algo natural, como una medida que evita el riesgo de contagiarse del Covid-19 y que la Organización Mundial de la Salud ha insistido como una de las principales acciones en contra de ese virus.

Sin lugar a dudas, la pandemia tiene implicaciones políticas que merecen una reflexión más amplia, porque es cierto que estas medidas buscan “aplanar” la curva de contagios, pero también y, de manera paralela, serán utilizadas para reforzarán las medidas de control social de los poderes económicos y políticos contemporáneos. El afamado Michael Foucault no imaginaba que un virus, y no el capital, sería el que permitiría lograr la aspiración máxima del capitalismo de crear cuerpos disciplinados y alienados a sus directrices; que ordena a los individuos cuándo salir a realizar sus actividades o, peor peor aún, cómo relacionarse con otras personas tanto en lo público como en lo privado.

Por siglos, el saludo, la mirada y la cercanía entre los cuerpos representó un gesto de comunicación e integración social y las personas estaban en posibilidad de decidir el grado de cercanía que se quería mantener con el otro. Eso desapareció. Ahora, las medidas sanitarias son las que dictan las directrices en todos los campos en nuestra “nueva normalidad”.

Señalar eso no implica sugerir dejar de aplicar las medidas sanitarias, porque se deben de acatar estrictamente las instrucciones de las autoridades médicas, más bien la reflexión gira sobre los efectos colaterales que estas medidas tienen a favor del dominio del capital, de las grandes transnacionales y sus aliados encarnados en los gobiernos autoritarios. Es decir, la pandemia vino como anillo al dedo, diría el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, porque permitió globalizar el miedo y el uso de violencias institucionalizadas como la militarización del campo social o de la vida cotidiana al estar en las calles los militares.

Tampoco asumimos como ciertas las teorías conspiracionistas que señalan la instalación del virus como parte de las acciones para el control hegemónico mundial, lo que si es cierto es que muchas naciones van a capitalizar la pandemia a su favor, camuflada en ayuda humanitaria con la venta de la vacuna contra el Covid-19, de igual forma están las empresas oportunistas que venden insumos médicos, directos e indirectos, ganando en tiempos de crisis.

La inquietud en esta entrega editorial es la naturalización y permanencia en México de las medidas poscovid con el discurso del cuidado de las personas, que llegará al campo de la política para no solo utilizar el miedo sino de la militarización de la vida cotidiana del país. No hay ninguna casualidad de la puesta en marcha del acuerdo de la participación de las fuerzas armadas de México en tareas de seguridad pública implementado recientemente, que le permitirá a esta corporación durante cinco años estar involucrada en esas tareas, creando en ciernes la militarización de la vida cotidiana acompañada de posibles violaciones a los derechos humanos, porque esa corporación fue creada para proteger la integridad del estado frente amenazas externas.

Los procesos de construcción de hegemonía se erigen en dos vías, mediante el uso del miedo que posibilita la intromisión en la vida privada de las personas, pero también se implementa mediante el uso de la violencia para aquellos que no acepten la “nueva normalidad” de la que hoy se habla frecuentemente.

El pensamiento crítico debe distinguir las medidas implementadas para salvaguarda de las personas de aquellas que fortalecen el dominio social de las élites económicas y políticas rapaces que han gobernado México. La desgracia no la originó únicamente la pandemia, porque ya había condiciones estructurales que fueron gestadas por la irresponsabilidad de los gobiernos anteriores. Por desgracia el Covid-19 no está siendo democrático en su ofensiva, porque está matando mayormente a los hacinados, a los diabéticos, a los obesos y a los hipertensos, y esos males, si son responsabilidad de los gobiernos y de las empresas. Por ello, la sociedad organizada deberá de comprometer al poder político y económico en la 4T para implementar acciones efectivas para el combate de ese mal en su visión amplia, lo que implica no solo cuidar a los contagiados, de lo contrario seguirán muriendo los pobres y los enfermos; a estas acciones de crítica y resistencia nosotros le llamamos la contrahegemonía en tiempos de pospandemia.

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