Águeda Venegas de la Torre
Área académica de derecho y jurisprudencia

Acercarnos al estudio del cuerpo femenino es partir de que este es un producto cultural; en donde las funciones corporales que se consideran naturales en realidad son construcciones porque constituyen parte de las estructuras económicas, políticas y sociales. En ese sentido el cuerpo femenino como una construcción cultural era parte, en el siglo XIX, del sistema patriarcal donde tenía un marcado rol de progenitora y ángel del hogar, para que cumpliera ese rol era sometido a una serie de mecanismos de poder, entre los que se encuentra la violencia en sus diferentes manifestaciones.

El uso de la violencia dentro del sistema patriarcal se justificaba por el derecho de corrección que tenía el esposo/padre sobre las mujeres a su cargo para educarlas, enderezarlas o reconducirlas a los parámetros aceptados. El derecho de corrección formaba parte de la autoridad masculina y sumisión femenina, y se requería cuando esta se mostraba transgresora de las estructuras culturales o sociales.

En expedientes judiciales sobre la violencia hacia las mujeres en el siglo XIX, se ubica que los hombres justificaban el uso de la violencia cuando, por un lado, “consideraban” que su autoridad era cuestionada y, por otro, cuando se ponía en entredicho el honor. En el primer caso, de acuerdo a las lógicas de la época las mujeres fueron disciplinadas para cumplir con su rol de obediencia y servicio hacia los hombres (padre-esposo), no debían cuestionar ni actuar en contra de su confinamiento porque estaban constantemente vigiladas por el Estado y la comunidad que había normalizado el lugar de aquéllas. No solo violentaban a las mujeres cuando cuestionaban la autoridad del esposo sino, además, cuando entraba en juego el honor. Para el hombre, el honor se entendía como la virtud y moralidad de la conducta personal y la preeminencia social, es decir, entrañaba la respetabilidad y el rango social, el comportamiento público decoroso o el éxito familiar. El honor masculino se hallaba estrechamente vinculado a la conducta de la mujer, por lo que se convirtió en depositaria de la honorabilidad de toda la familia. Por ello, la sumisión y recato que se consideraban como valores esencialmente femeninos implicaban que debían “obedecer” y ejercer su sexualidad con el hombre con quien había contraído matrimonio, se vinculaba a la vergüenza, el recatamiento sexual y la buena reputación; si faltaban a alguno de esos valores se procedía a hacer uso del derecho de corrección. Por la defensa del honor se ubican la mayoría de los casos de violencia marital que, generalmente, terminaban en la muerte.

Tradicionalmente se considera inmutable lo biológico y transformable lo cultural, sin embargo en relación al cuerpo femenino se ha visto históricamente que han persistido las prácticas sociales patriarcales y es más factible cambiar lo biológico-sexo. A un siglo de los casos de violencia sobre las mujeres que se estudian la realidad no ha cambiado. El estado continúa reproduciendo prácticas patriarcales y las mujeres se encuentran en una situación de subordinación.

Comentarios