Para Felipe Calderón, el gobierno debió haber continuado con las tareas que seguirían después de la detención del hijo del Chapo Guzmán en la ciudad de Culiacán, Sinaloa, Ovidio Guzmán López. Si el continuar con la detención del hijo del chapo implicaba lo que se conoce eufemísticamente como “daños colaterales” –en otras palabras, y dicho crudamente, significa realmente un baño de sangre–, debió haberse corrido el riesgo y sus consecuencias porque, en opinión de Calderón, palabras más o palabras menos, forma parte de la estrategia y de los riesgos. Y el baño de sangre, entonces, no se puede eliminar porque es parte consustancial de la estrategia militar.

Felipe Calderón ha de saber de estrategia miliar poco, pero sí sabe mucho de intereses políticos. Cuando fue presidente, se lanzó a una guerra en la que su propósito era legitimarse y congratularse con las élites locales y mundiales que respaldaron el fraude. Pero más allá de lo ocurrido en la elección presidencial, diseñó, si se le puede llamar de esa manera, una guerra que terminó acoplándose a las estrategias de poder de los vecinos del norte que, desde la caída del muro de Berlín y el ataque a las Torres Gemelas, necesitaban de una estrategia que les facilitara la aplicación de un modelo de economía, así como uno de tipo militar en el mundo.

Vayamos un poquito atrás: el contexto. Desde hacía unas décadas, Reagan y Thatcher, expresidente de Estados Unidos y la exprimera ministra inglesa, respectivamente, habían iniciado una guerra por recuperar el poder que, en aquel entonces, todavía compartían con los soviéticos. Recuperar el poder en el mundo quería decir lograr la caída del régimen comunista y terminar con las conquistas laborales que, en países como Estados Unidos y Europa, principalmente, se habían concedido a los trabajadores, para evitar que vieran con buenos ojos al comunismo, lo que había provocado una caída de la tasa media de ganancia. Asimismo, trasladar su poder militar en otras naciones.

En materia económica el modelo que crearon fue Chile, para que todos siguieran su ejemplo. Implicaba recuperar la tasa de ganancia barriendo las conquistas laborales. Implicaba llevar a cabo esa acción antipopular en todo el mundo, incluidas las naciones del campo occidental. Las élites mundiales sabían que una política de tal calibre implicaría la existencia de una resistencia con tintes globales en su contra, como ha venido ocurriendo finalmente, pero atenuada porque en cierta medida les ha funcionado su estrategia. ¿Qué es lo que ha atenuado esa protesta social? La mundialización de un tipo de violencia como crimen organizado –“terrorismo” orientado–, que ha debilitado el impacto de la resistencia popular.

La sociedad industrial y las élites mundiales requerían de la creación de un “tercero” en discordia que hiciera el trabajo de socavar y minar los lazos culturales, sociales y familiares de la población. Que previa o paralelamente hiciera el trabajo de “zapa”, con el fin de que las políticas mundiales en contra de los derechos de la población pudieran aplicarse sin ningún tipo de resistencia, que se aplicaran y entraran socialmente hablando como “cuchillo en mantequilla”, enfrentando a un movimiento social debilitado. Así, grupos tradicionalmente dedicados a la venta de drogas tomaron una fuerza inusitada.

Al amparo de la compra de armas en Estados Unidos (EU), recuérdese la venta de armas del gobierno norteamericano a grupos del crimen organizado en México, vendieron armas a Los zetas en el triste episodio conocido como “rápido y furioso”, bajo el pretexto increíblemente absurdo de que de esa manera seguirían las rutas de la venta de armas. El rápido y furioso terminó por quitarle la vida a policías gringos y en una película que trató de dorarnos la píldora y hacer creer que nos tragáramos la versión hollywoodesca de esa ofensa. Los grupos criminales, direccionados por las mismas instancias que dicen combatirlos como la Administración para el Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés) norteamericana –dice Alfredo Jalife–, se armaron con tecnología militar emparejando en algunos casos la del Ejército y la Policía, pues ni qué decir, fue infelizmente de risa.

Mientras los gobiernos de Estados Unidos colaboraban en proporcionar armas a los grupos criminales, Felipe Calderón declaraba una guerra contra el crimen sin contar con los fundamentos para garantizar una victoria, porque además esto es imposible desde el punto de vista militar, como lo demuestran múltiples experiencias. Lo que puede hacer la guerra es controlar y atenuar el impacto del crimen organizado como demuestran la experiencia norteamericana en Chicago, a principios del siglo XX. La experiencia de la mafia siciliana. Y lo ocurrido en Colombia. En este último, se bañó de sangre el país, pero el crimen sigue operando. ¿Por qué? Porque el propósito de la guerra era otro.

Así como Chile fue el modelo de la economía neoliberal, para Latinoamérica el modelo de guerra antinarco colombiano es el que se replicó en México durante los gobiernos de Calderón y Peña. De lo que se trataba era de bañar en sangre al país, aterrorizar a la población, desarticularla socialmente, lanzando un mensaje al mundo de que el enemigo era demasiado fuerte y se requería una potencia militar protectora superior a las fuerzas locales. Estados Unidos se convertiría en el gendarme bajo la lógica de que, aunque ya no existía bloque comunista, sí había una fuerza del “mal” que había que combatir.

En realidad, serviría para amparar los intereses económicos que avanzaban bajo la lógica de la economía de mercado –ver en youtube al “Chapucero” sobre la venta de la industria refinadora de petróleo mexicana–. Estados Unidos se alzó como el gran ganador en Colombia, pero al final de cuentas se quedó ahí, utilizando ese territorio como base de guerra contra otros países o naciones latinoamericanas. Ante los continuos fracasos en México de la guerra durante los gobiernos de Peña y Calderón, la lógica de la violencia dice que, ¿acudamos a EU? ¿Por eso se critica tanto a la Guardia Nacional?
Culiacán estaba en la mira de grupos de poder mundiales que pretenden llevar el modelo colombiano a México, con grandes baños de sangre y sin frutos reales. La lógica era obligar al gobierno actual para que operara en la lógica “colombiana” tal y como lo hicieron los gobiernos de Peña y Calderón, que era la lógica de poderosas élites mundiales que saben que el verdadero negocio está en crear un escenario de violencia y temor entre la población, que les permita continuar con la recuperación y penetración en el mundo, ahora obstaculizados por el nuevo gobierno.

Las palabras de Calderón de que se continúe la guerra a pesar de los baños de sangre que puede ocasionar huele a continuar con el modelo colombiano…

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