Culícido

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Juan Antonio Taguenca Belmonte

Miraba K, en una tarde de encanto, florecer el día antes de que la noche lo hiciera caer en el agujero profundo de las oscuridades inciertas. Lo miraba con la vista cansada pero alegre. Un renacer cárdeno de primavera, con los olores de la tierra recién abierta, gritaba su esperanza de resurrección después del invierno cruel.
Las hojas del jardín, de un color verde claro, asomaban su juventud entre las ramas recién nacidas de los árboles viejos de sabia en pubertad. Los arbustos golosos de su intimidad se protegían con púas recias que herían las manos anhelantes de sus frutos rojos. Los insectos iniciaban su ciclo de rebeldía, ansiosos de los cuellos de mujeres y hombres, temerosos del veneno cruel que salía de largos tubos cilíndricos.
K observaba todo aquello con ojos divertidos, sintiéndose un fauno satisfecho que mira a su alrededor como lo haría un propietario, es decir, con la visión de dueño y señor de todo lo que le rodeaba, incluida la minúscula larva de insecto que, ajena a pensamientos tan fuera de lugar, desarrollaba su cuerpo y su espíritu malicioso entre la corteza rugosa de un tronco retorcido.
¿Por qué entonces tenía esa sensación extraña de los días más aciagos de su existir? Sin la retórica de su ser se sentía desvanecer. Literalmente acontecía en él el nihilismo aniquilador. “Pensamiento, pensamiento”, se decía, “una buena dosis de pensamiento”, repetía una y otra vez hasta el cansancio.
El molesto mosquito, con su impertinencia de trompeta a medio afinar, lo sacó del abismo pernicioso en el que se estaba sumergiendo. Se lo agradeció con una trompada en la nariz que lo hizo tambalear, al tiempo que el animalejo, ¡tan tranquilo!, le mordía el cuello con la voracidad propia de un recién nacido.
¡Qué gusto, qué placer, para el terrible insecto! ¡Qué rabia, desazón y picor desmesurado para el humano pensativo! La realidad se imponía y eso era una alegría venida de fuera que deshacía los límites de su interior con una fuerte palmada en la cara.
M, como siempre, vino en su ayuda al oír el terrible grito de maldición que profirió su marido desde la desventura. Llevaba en su mano el tubo que exhalaba vapor mortal para toda clase de bichos minúsculos y ansiosos, alienados por la piel jugosa e inmensa.
El vapor surgió abundante en el aire claro de la tarde, el olor desagradable llegó pronto al olfato del hombre. Su mujer, precavida, se había retirado del balcón. El mosquito, lejos ya de todo peligro, contó alegre su aventura. Se detuvo en los detalles más extraños de aquellos seres de piel infinita.
Sin el molesto e intenso zumbido del culícido volvió a renacer en K su temida angustia existencialista: con preguntas mil veces repetidas, con respuestas tentativas formuladas desde todos los ángulos posibles, pero siempre descartadas por motivos tan absurdos como: su articulación, formulación, posición, enunciación y semántica.
Era cierto que los entomólogos podían decir con precisión las fases de desarrollo de los molestos holometábolos: huevo, larva, crisálida y adulto, pero también lo era que no sabían nada acerca de su sistema de pensamiento. “Quizá los insectos fueran nihilistas confesos y asumían su rol social como un devenir sujeto al destino y no al azar”.
El hombre se metió en la casa, el aire acondicionado lo acogió con un soplo helado intermitente que le erizó la piel. Allí no habría jamás molestos culícidos que le hicieran perder el hilo de su pensamiento.
M, sentada en el sillón de la sala, lo miró por un segundo que al mismo tiempo fue corto e indefinidamente interminable. Había tanta expresión en sus ojos que su marido se asustó y encogió. El mosquito observaba detrás del cristal la piel jugosa e inmensa de K.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.