“Todo lo que podemos hacer es cultivar modos múltiples de ver y diálogos múltiples en un mundo en el que nada se mantiene igual”, es una de las afirmaciones que Maxine Greene señaló en relación con la educación; la naturaleza dotó al ser humano de la capacidad de aprender, porque esto que llamamos mundo y realidad se mantiene en constante cambio, pero al mismo tiempo nos impulsa para conocer lo que hubo antes de nosotros. Ya hace unas décadas, un informe de la UNESCO nos recordaba que “la educación se ve obligada a proporcionar las cartas náuticas de un mundo complejo y en perpetua agitación y, al mismo tiempo, la brújula para poder navegar en él”, justo por ello las actividades educativas deben enfocar sus esfuerzos por lograr que los individuos conozcan el cúmulo de conocimientos disciplinares, pero también mantener una actitud sensible y crítica frente a los acontecimientos del mundo.

En el caso de la educación dancística, además del conocimiento disciplinar relacionado con las técnicas corporales, los saberes teórico, históricos, las estrategias compositivas y creativas, entre otras, resulta fundamental cultivar la sensibilidad, el cuestionamiento, la voluntad y la capacidad para accionar hacia un continuo crecimiento personal y por ende social.

Por ello, no podemos olvidar la importancia de la imaginación en el ámbito educativo, pues resulta fundamental en toda actividad humana, esa nos permite mirar nuevos horizontes y construir nuevas realidades. La historia de la humanidad está llena de una infinidad de ejemplos de cómo la actividad imaginativa construye nuestro entorno y la manera de mirar al mundo. La vinculación imaginación-educación permite reflexionar acerca de la finalidad de la actividad educativa como potenciadora de las capacidades personales y cuestionar la idea de que se llega a una culminación en donde ya no hay nada más por conocer, aprender o resignificar; permite ver la “formación humana” como un proceso constante e inacabado. Vincular la educación a la imaginación supone enfatizar sobre la capacidad de acción del individuo, afirmar la participación activa en la co-construcción de conocimientos, encontrarnos y sabernos diferentes en la multiplicidad de consciencias y voces que conforman la humanidad.

Pero, ¿cómo lograr estimular la imaginación, la creatividad o la voluntad desde el trabajo docente sin perdernos en el abismo de la arrogancia? Podría ser al problematizar el propio saber, aprendiendo a observar y respetando los procesos de entendimiento, saber que no sabemos todo (reconocerlo y seguir aprendiendo), construir comunidades de aprendizaje, imaginar otras posibilidades… En el terreno dancístico, esa capacidad imaginativa puede ser abordada a partir del trabajo de improvisación, entendida como una labor conscientemente planeada y organizada, aunque abierta a la respuesta sensitiva y reflexiva de los estudiantes, donde la toma de consciencia de los elementos implicados en la danza sea un pretexto para incidir en la consciencia individual y en la capacidad de acción, también en colectivo, de esta manera ir más allá de los procesos unidireccionales, coexistir, invitar a la transformación y desarrollar la capacidad de imaginación-acción hacia un bien común…

Si deseas conocer más, puedes consultar: Delors, Jacques (1997) “La educación encierra un tesoro”. Informe a la UNESCO de la comisión internacional sobre la educación para el siglo XXI, presidida por Jacques Delors. México: Dower.

Greene, M (2005) Liberar la imaginación. Ensayos sobre educación, arte y cambio social. Barcelona: Graó https://contactquarterly.com

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