El 2020 será un año que muy pocos olvidaremos. Por un lado, y dentro de lo más obvio, será recordado como un periodo donde una enfermedad puso en jaque al planeta entero. En el otro extremo, es una etapa donde se ha erigido y consolidado la cultura de la cancelación como una forma de denuncia, sanción y condena en nuestros tiempos del Internet.

La cultura de la cancelación no es un fenómeno nuevo; sin embargo, su proliferación gracias a las redes sociales se ha extendido desde 2018. Consiste, de acuerdo con académicos como Lisa Nakamura, de la Universidad de Michigan, en una serie de acuerdos para cortar diversas vías para la acumulación de capital económico, social o simbólico a personas o entidades mediáticas consideradas inaceptables por su comportamiento.

Su difusión ha aumentado gracias a diversos factores como la inmediatez propia del Internet, un mayor aliento hacia la cultura de la denuncia y a la serie de protestas sociales que han ocurrido alrededor del orbe derivadas de sucesos como el asesinato del ciudadano estadunidense George Floyd. Para algunos especialistas y activistas ha resultado favorable, ya que se establece una denuncia y castigo social que, además, resulta una crítica a la ineficacia de las instituciones para implementar mejores mecanismos de sanción para aquellas personas físicas o morales que incurren en delitos o actos considerados inadmisibles.

No obstante, la cultura de la cancelación no ha estado exenta de críticas. Una de ellas resalta que con ella se obtienen efectos contrarios, es decir, se populariza lo que en principio se pretendía suspender. Otras más, y en términos más o menos académicos, consiste en que, en estos tiempos posmodernos donde los criterios de verdadero o falso parecen estar rebasados para emitir juicios, se opta por la subjetividad como principio para juzgar las cosas; por tanto, lo bueno y lo malo se establecen como las categorías para analizar los casos en torno a la cancelación, lo que disminuye la riqueza de la discusión.

En lo que llevamos de este 2020, la cultura de la cancelación nos ha ayudado a señalar y enfrentar situaciones que debemos parar en seco, como el racismo, la homofobia, la transfobia, la violencia de género, entre otras. Pero también nos ha mostrado ese espectro acrítico de las personas, ese que pide cancelar a una celebridad porque su novia es racista solo por vestir un kimono; ese que provoca el despido de un trabajador por hacer el gesto “OK” ya que este ahora parece ser de uso exclusivo de los supremacistas blancos; ese que pide destruir obras de arte sin entender el contexto en que fueron hechas.

La cultura de la cancelación me parece un mecanismo propio de nuestro contexto; atiende a la lucha por la justicia social en un entorno donde varias instituciones velan por sus propios intereses y no por los de las personas. Sin embargo, requiere una mayor reflexión sobre sus ejes de acción, sobre sus propias motivaciones y las consecuencias de su ejecución. Esto permitirá un ejercicio más sólido, crítico y mejor encauzado.

@Lucasvselmundo
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