En este nuevo futuro de hojuelas de miel, en el que supuestamente va a entrar el país, la cultura enfrentará uno de sus grandes retos aunque no escape al modelo neoliberal, en una coyuntura donde la macana y el fuego darán paso a la macana con caramelo (como parece vislumbrarse hasta ahora y ojalá me equivoque y la macana desaparezca de la ecuación). La sociedad del espectáculo, una característica de la cultura en el capitalismo, ya se anunció con bombo y platillo al menos en la Ciudad de México con tremendos festivales temáticos y mensuales, la continuidad del circo para las masas. La gran interrogante es la de siempre ¿continuará lo cuantitativo sobre lo cualitativo? Habrá que ser pacientes.

Por lo pronto la ruta sigue, el próximo gobierno y el presidente, a pesar de su manifiesto paternalismo, no será el mesías todo poderoso que pretende ser, ya que también está en nuestras manos revertir y no bajar la guardia frente al proyecto neoliberal para que eso vuelva a funcionar.

En materia de política cultural, ya en reiteradas ocasiones se ha dicho que se consultará a la comunidad artística, un discurso que nace a partir de las primeras presiones nacidas de los artistas y que sesgó el rumbo original previamente establecido, del otro que pretendía imponernos una política cultural diseñada en los escritorios y criterios de la burocracia partidista en complicidad con algunos miembros de la comunidad artística y cultural. Sin embargo, en ese tenor, surgen otras interrogantes: ¿quién es la comunidad artística y cultural dentro de los criterios del nuevo gobierno?, ¿quiénes serán los consultados?, ¿qué mecanismos de consulta, de escucha y de diálogo se van implementar para tener una “consulta” que sea incluyente?
Ya de entrada, parte de los consultados son artistas y promotores culturales “de reconocido prestigio” pero que mayoritariamente no representan a nadie, algunas vacas sagradas que históricamente negocian para su beneficio personal con discursos de seudo izquierda pero que se alinean con la derecha, chapulines acomodaticios según el color del partido, ideología o intereses particulares como aquella reunión en 2006 entre Felipe Calderón y el finado pintor José Luis Cuevas en el que el último, a pesar del fraude electoral, ratificó a Calderón como su presidente electo.

Si bien, han existido reuniones y diálogos entre la comunidad artística, todavía no se han hecho escuchar, reuniones democráticas y diálogos abiertos como la Asamblea de las Culturas de la Ciudad de México que trabaja en un extenso pliego de demandas y que se constituyó con más de 250 artistas y promotores culturales, entre “reconocidos” y hasta artistas marginales, vetados y a los que se les han violado sus derechos culturales y constitucionales establecidos en el Artículo cuarto Constitucional.

El país necesita inevitablemente recuperar en todos sentidos su cultura con políticas incluyentes, consultadas equitativamente sin discrecionalidad, horizontales y de manera democrática con todos los actores, comenzando con los pueblos originarios y con los artistas y trabajadores de la cultura. La producción artística debe recuperar los espacios arrebatados y tener plena libertad de construir nuevos; hacer valer a cabalidad y sin restricción alguna el artículo cuarto sobre los derechos culturales; la educación artística es una prioridad, y junto con ella impulsar la investigación artística, como propusimos los muralistas en la LX Legislatura reformando la fracción cinco del artículo tercero de la Constitución. Pero entre otros muchos factores a tomar en cuenta, se encuentran también la defensa prioritaria de los patrimonios tangibles e intangibles desde donde se está organizando el saqueo a la nación y también parte del despojo a los pueblos originarios –una de las grandes evidencias de esa destrucción y saqueo la podemos encontrar en la franquicia de la Secretaría de Turismo, que conocemos como pueblos mágicos–, para quienes debe de haber respeto irrestricto a sus manifestaciones artísticas, artistas y artesanos y donde se debe de detener la construcción racista que todo lo indígena es una garambaina folclórica. Debe de erradicarse el racismo, la discriminación de género y el clasismo en las políticas culturales, no puede existir más ese concepto del capitalismo de “alta cultura”.

Pero también, debe de pararse a la cultura como botín político y herramienta del neocolonialismo, prácticas demostradas por todos los malos gobiernos y todos los partidos políticos. La cultura debe de estar en manos de los artistas y trabajadores de la cultura y no en las garras de la burocracia.

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