Inevitablemente el debate sobre cultura solo aparece en la agenda política cuando viene el circo electoral, entonces sí, políticos y candidatos a puestos de gobierno se “preocupan” por el tema. Y van apareciendo las plataformas que aseguran que “ahora sí” habrá presupuesto, “ahora sí” habrá apoyo y hacen sus campañas políticas con el único y mezquino fin de obtener el voto de la comunidad artística y los trabajadores de la cultura. Es obsceno. Carente de todo principio moral y ético, mientras se rasgan las vestiduras por la cultura, sus partidos van destruyendo el patrimonio artístico y cultural de los pueblos en el espacio público para imponer sus imágenes y leyendas.
Gobiernos, que no solo no han implementado políticas culturales acordes a la realidad nacional, sino que además han encontrado mecanismos como el de “pueblos mágicos” para despojar a los pueblos de su memoria, su cultura, sus tradiciones e historia. Una marca cuyo papel fundamental, entre otros, es el de reconfigurar tradiciones y expresiones artísticas para que puedan servir al capitalismo: la cultura de los pueblos como mercancía rentable.
Así, entre muchos otros mecanismos de manipulación, los aspirantes a formar parte de las élites del poder, simulan que escuchan a la comunidad cultural en “consultas”, “reuniones” y tremendos eventos “por la cultura” donde ponen a hablar a “representantes” de los artistas, representantes que nadie nombró ni eligió, y quienes ejercen bien su papel como bufones de la corte para hacerle el caldo gordo al partido o al candidato que consideran les traerá retribuciones cuando tomen el poder.
Todo el teatro resulta ser una farsa, contadas son las ocasiones en las que la comunidad cultural es escuchada y su voz utilizada para construir políticas culturales. El problema radica en el mecanismo en sí mismo, en todo el aparato institucional, en la falta de visión, profesionalismo, ética y moral de quienes terminan dirigiendo la infraestructura cultural, que llegan ahí como pago de “favores” o “premios” y terminan convirtiendo al sector en un botín político. La estructura es vertical y por lo tanto discrecional, la comunidad artística y cultural propone, la institución toma lo que le conviene y decide, a través de mecanismos oscuros y sin transparencia, los proyectos y presupuestos que como institución considera “viables”. ¡No más! La estructura debe de ser de abajo hacia arriba, es la comunidad cultural y los pueblos los que deben de decidir, no mercachifles que por ser mandamases en las secretarías de Cultura deciden a su criterio individual acorde a sus intereses personales o de partido o de gobierno.
En esa coyuntura electoral, los artista estamos viviendo el deja vu de cada período electoral. Viene Santa Claus y hacemos la lista de regalos, si te portaste bien, tal vez puedas desarrollar algún proyecto, algún apoyo o alguna palmadita en la espalda. Sin embargo, la comunidad cultural, cansada de las imposiciones en las políticas culturales, se está auto organizando y construyendo propuestas al margen de candidatos y partidos políticos.
Hace unos días, se llevó a cabo la Asamblea por las Culturas en la Ciudad de México. Una reunión que ya era necesaria entre la comunidad artística y cultural, que al margen de sus egos, ideologías, experiencias y trayectorias logró realizar un auténtico ejercicio democrático de análisis, discusión y propuestas. Superando sus diferencias, promotores culturales y artistas de todas las disciplinas, durante dos días debatimos sobre los distintos aspectos que afectan a la cultura: el presupuesto, la seguridad social, legislación; territorio, espacio público y recintos culturales; reconocimiento a los pueblos originarios y cultura indígena, género y diversidad sexual, cultura y neoliberalismo, entre otras. Lo más importante, es que salieron propuestas, demandas concretas y consensuadas, una de ellas es la de no permitirle a ningún candidato o partido electo imponer una política cultural que no haya sido dialogada y acordada por la comunidad cultural. Esa propuesta, como muchas otras derivadas del debate en la asamblea, que se declaró por unanimidad con el carácter de permanente, serán dadas a conocer en su debido momento y compartidas con todo mundo.
Por lo pronto, el simple hecho de que la comunidad cultural esté tomando las riendas de su propio destino representa un parte aguas que tendrán que revalorar las seudo áreas culturales de los partidos y coaliciones políticas, así como sus candidatos y programas de gobierno. La cultura como imposición y como botín político se tiene que terminar aquí, la rapiña se les va acabar.

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