“De algo me he de morir” es una expresión repetidamente escuchada en las últimas semanas, emitida por personas, conocidas y desconocidas. En mis pocas visitas a la tienda de abarrotes o tiendas de conveniencia, ha sido inevitable observar a las personas que se paran frente a los estantes de alimentos industrializados –las envolturas lucen el nuevo etiquetado, algunos productos suman varios sellos de advertencia– los indecisos escuchan a sus acompañantes advertirles que su elección no es la mejor. Observo que titubean un poco para luego levantar los hombros y expresar: “De algo me he de morir”.

Estoy completamente de acuerdo en el ejercicio de la libertad que todos los seres humanos tenemos sobre nuestro cuerpo y nuestra vida, pero estoy en desacuerdo sobre la omisión en el cuidado a nuestra salud, especialmente cuando tenemos posibilidades reales de elegir, porque nuestras decisiones repercuten en el bienestar de quienes nos rodean; decidir consumir recurrentemente productos con altos contenidos de azúcar y grasas es construir un atajo para enfermar de diabetes. En el año 2019, según las razones por las cuales murieron las personas en el país, la diabetes mellitus representó la segunda causa con un total de 104 mil 354 muertes (Inegi, 2020). La muerte por esa razón ocurre luego de un largo proceso del deterioro del cuerpo y de la salud del o la enferma, pueden ser meses o quizá años, resulta dramático que los enfermos o enfermas sean cada vez personas más jóvenes, su juventud asegura un camino más largo para la pérdida de la vida, por tanto, de financiamiento del tratamiento y labores de atención.

Ante el precario sistema de salud pública, los costos de la enfermedad y cuidados especializados recaen en la familia y al interior de las mismas, sobre mujeres que se hacen cargo del diabético o diabética. Sobre el costo de la enfermedad para los hogares, la parte más evidente son: medicamentos, servicio médico, insumos especiales –cremas, zapatos, ropa, sillas de ruedas, andaderas, etcétera– y adecuaciones en la vivienda. Pero quedan invisibles dos situaciones: primero, el enfermo o la enferma que deja de aportar al gasto familiar o queda imposibilitado para realizar las labores asignadas; segundo, conlleva la ocupación del tiempo y energía de los integrantes de la familia para la realización del cuidado.

En resumen, la existencia de un enfermo de diabetes en la familia, reduce el ingreso para otros bienes o servicios, e incrementa los costos en tiempo y esfuerzo centrados en la persona diabética; en su conjunto, los integrantes del hogar también enferman socialmente porque corren el riesgo de mayor empobrecimiento. Entonces la expresión “De algo me he de morir” son palabras que sentencian un destino, porque morir de diabetes, es trazar el camino para que otras personas de la familia sean afectadas por decisiones omisas en el cuidado de nuestra salud. Tal sentencia también lo traslado a la actitud relajada o incrédula de las personas que tienen posibilidades de mantenerse confinadas en casa para cuidar su salud, pero no lo hacen, quizá porque prevalece la certeza que siempre hay alguien quien los y las cuide. Esa actitud confirma la solidez de los lazos familiares, al tiempo que evidencian el desinterés de los lazos sociales; en el pasado reciente, por lo menos había cierto involucramiento por los problemas locales, ahora eso se está contrayendo para exclusivamente la familia, solo que las familias promedio también han reducido su tamaño y sus vínculos, especialmente en los ámbitos urbanos donde impera la lógica del enclaustramiento en nuestras viviendas y nuestras rutinas, así que el enorme recurso familiar que significaban las familias numerosas y extensas también se está erosionando: hijos e hijas que no pueden o no quieren hacerse del cuidado de sus progenitores, hermanos o hermanas, que la distancia y el trabajo dificultan la ayuda espontánea, primos o primas que apenas se conocen.

Entonces, la familia como cuidadora de enfermos de larga duración está en peligro de extinción, así pues “De algo hemos de morir”.

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