Kobda Rocha*

Un conocido psicólogo amigo mío me aplicó una prueba en modo de juego, ya que era una tontería que los profesores solían enseñar durante el primer semestre de la carrera en la facultad de psicología para entretenerlos y entretener a todo individuo que ingenuamente se acercara a ellos preguntando ¿y tú me ves y me estudias? Como con un dejo de burla e ignorancia, suponiendo que el trabajo de psicólogo es el mismo de Sherlock Holmes o el de usurera pitonisa adivina.

–Para matar el tiempo, me dijo con soborno, al fin que tú odias a los psicólogos y yo odio a cualquier amigo de psicólogo.

“¡Pensar que soy su amigo ya es suficiente para odiarme a mí mismo!” medité, pero no contesté. Nuestra noción del tiempo era, en definitiva, muy distante la una de la otra; él quería matarlo como por aburrimiento o desidia, mientras yo, en contraste, quería ahorrarlo como por insatisfacción o necedad.

–Tienes que decirme lo siguiente, interrumpió mi silencio, interpretándolo como otorgamiento: tus tres animales favoritos, en orden de preferencia.

Yo ya había escuchado eso antes, y no precisamente de un psicólogo ni siquiera de uno con tan buen sentido del humor y del desprecio por antonomasia hacia la propia profesión como lo eran ya la mayoría de los colegas de mi amigo. Lo había escuchado, creo, de algún compañero de vida, quien lo había leído en un trivial artículo de Pilar Portero en Conócete, de cuya revista había leído retazos mientras esperaba su turno en la estética unisex D’ Mary. Dicho artículo, me aseguró mi compañero, comenzaba con “Psicólogo por empatía y camarero, pediatra, taxista o lo que se tercie, de profesión,” y terminaba con un test sobre animales y personalidad.

Jamás lo creí de Pilar Portero, y jamás conocí una revista con tal nombre –imaginaba, tal vez, una sección de salud o autoestima, pero nunca una revista–, pero no me iba a dedicar a comprobarlo, sobre todo después de que me dijo “está bueno el artículo, se llama ‘Psicólogos alternativos’”. Fuera cierto o no, existente el articulillo o no, ya eran demasiadas señas de ser una porquería como para perder mi tiempo yendo a aquella estética a buscar la mentada revista cuando todavía mi cabello no necesitaba tijerazo alguno para lucir decente ante la gente de la oficina y mis jefes inmediatos.

Por mera curiosidad, participé en su entusiasmo. Después de pensarlo por más de cinco años –puesto que nunca me había dedicado a pensar qué animales eran mis favoritos–, le anuncié alegremente que ya los había enlistado. Fue difícil, le expliqué, tuve que discriminar sin ton ni son, tuve que descartar a tantos, tuve que estudiar enciclopedias enteras que hasta podría escribir un bestiario completo. Entonces, mencioné los que, al día de hoy –pues para cambiar de opinión necesitaría, al menos, otros cinco años para reconsiderarlo, lo cual no estoy dispuesto a hacer–, son mis tres animales favoritos, en orden de preferencia: el águila real, la tarántula de rodillas blancas y la cobra India.

Lamentablemente, para añadir a mi bitácora de decepciones deflagrantes, anunció que el primero representa “lo que quisieras ser”, el segundo refleja “cómo te ven los demás” y el tercero vislumbra “quién eres en realidad”. Claro, todo lo que pudieran decirte sobre ello se describe por fácil analogía con las características biológicas y de comportamiento de los animales. Y, lo que es peor, él asumió, sin darme oportunidad alguna de porfiar mi respuesta, que yo había escogido el águila, la araña y la víbora.

No estaba, ahora, en disposición de repetir la aventura por el camino de lo insípido e inservible. Así es que, a las insistencias de mi amigo, solamente exclamé, enumerando con las falanges de mi mano izquierda (porque con la derecha me estaba rascando los tanates), “Científico, artista, y Godínez”.

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