De dónde viene Carnaval

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De dónde viene Carnaval

En el imaginario colectivo suele subsistir la falsa idea de que durante la Edad Media todo era solemne gracias al estricto yugo que ejercían sobre el pueblo las instituciones religiosas. Sin embargo, eso no era del todo así. Pensemos en los Fabliaux –poemas franceses escritos entre los siglos XII y XIV que tenían una narrativa humorística y con tintes eróticos– y, por supuesto, en los carnavales: las “fiestas de la carne”.

La palabra carnaval viene del italiano carnevale que, a su vez, proviene de carnelevare. Esa última se compone de dos términos: carne, cuya acepción es la misma que conocemos en español, y levare, “quitar”; eso es, “quitar la carne”.

Existen denominaciones más antiguas, como carnal y carnestolendas –abreviatura latina de dominica ante carnes tollendas: “el domingo de quitar las carnes”–, originarias del castellano. Todas esas acepciones hacen referencia a una fecha del calendario litúrgico: “el domingo de quincuagésima”, es decir, un domingo antes del miércoles de ceniza, y se llama así porque de ese día a la Pascua faltan 50 amaneceres. Por tanto, el carnaval era concebido como un periodo de tres días –domingo, lunes, martes– durante el cual eran permitidos todos los excesos que precedían a la Cuaresma, una temporada de ayuno y sacrificio.

Para la lingüista y filósofo Mijail Bajtin, el origen del carnaval nos remite a festividades de la antigua Roma, como las Saturnales y las Bacanales, que se constituían respectivamente en honor a Saturno y a Baco, deidades relacionadas con la agricultura. Ambas consistían en intercambios de regalos, sacrificios y grandes fiestas donde se comía y se bebía a raudales que, por lo general, terminaban en orgías.

En la Edad Media, los carnavales se conformaban de actos cómicos donde la sátira imperaba. Además, las festividades iban acompañadas de procesiones que atestaban las plazas públicas de las ciudades; en ellas, los ciudadanos, sin importar su clase social, podían estar lado a lado, compartiendo la risa mientas sus cuerpos se rozaban entre sí.

También se celebraban la Fiesta de los Locos y la Fiesta de los Asnos –que conmemoraba la salida de María y José a Egipto tras el asedio de Herodes–, que consistía en celebrar una especia de “antimisa” con un burro como protagonista; mientras eso sucedía, quienes se congregaban dentro de la iglesia se divertían e incluso podían tener relaciones sexuales. Al terminar la misa se hacía una procesión encabezada por el burro y, a veces, quienes acompañaban la comitiva se arrojaban excrementos los unos a los otros.

Los carnavales medievales, además de ser festividades para el desenfreno y la insensatez, eran los días en que el pueblo podía divertirse, salir a las calles y hacerlas suyas pasando por alto lo “políticamente correcto”. Un tiempo para entregarse a la risa y dejar de lado –aunque fuese por tres días– la austeridad de los días de Cuaresma.

 

Palabrotas, palabrejas y otros blablablás es un compendio de frases, palabras extrañas y no tan extrañas de nuestro idioma y otras lenguas extranjeras que seguramente los niños suelen escuchar a diario de boca de sus padres, en la radio, la escuela, la televisión o hasta leído en un videojuego.

Guacamole en náhuatl significa manjar de aguacates; cachivaches, quiere decir que recoja sus cosas; tener una jaqueca es que duela solo una parte de la choya, es decir, la cabeza. Si esas palabrotas les suenan rimbombantes a los pequeños, tenga por seguro que con este libro su conocimiento se expandirá y será más sabiondo que su BFF.

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