Eres el bosque eterno de donde nunca habremos de salir, el Sol y los días que silenciosos nos devuelven su rostro. En la vastedad del paisaje caminas por la vida, lo has hecho con convicción y tradiciones puras y, en algunos momentos, duras. Mujer mágica y oracular, sueñas un mundo lleno de imágenes cósmicas sin fin, frente a ti la confusión del cosmos se vuelve clara y coherente. Tu voz es el lenguaje del alba, la que tu amas porque es brillante bajo las nubes; misteriosa y talismánica; tu voz es el fuego, los metales, el hombre, los árboles, el mar y la nave. Tus palabras no son consuelo, son luz. En tus largos silencios el tiempo se transforma, tu quietud penetra la roca, que recorre la eternidad y encuentra una ventana que es el destello de tu mirada. Te recuerdo como la primera vez, prudente, oculta en tu eco, eres flor y pensamiento pero te gusta el helado, mientras lo miras te pido que corras, que huyas, la muerte terrible, atroz se acerca. Escapa para que vuelvas a estar frente a mis ojos y juntos despertemos los crisantemos y luego acariciemos al Sol que es un lirio, que se convierte en remolino que hace girar la noche.
Tus ojos, miel de mis días largos, me miran como mariposas de tantos colores. Conmovida me despides con tu voz que apenas sale de tus labios. Quédate para que juegues con el aire, con el destello, por favor, no te marches, abraza el momento eterno, ve hacia el otro lado del tiempo. No te marches, corre sin cesar de un cuarto a otro, no creas en una puerta final.
No importa que tu rostro sea frágil como selva calcinada, pues en ella nace el río y la ola palpitante. No te vayas, no viajes en la noche clara de interminables velas, de trémulos corales. Es extraño el mundo de los muertos, no vayas con ellos, escucha la voz de mi corazón que duerme.
Con el aura el tiempo envejece, hoy debes vigilar la noche, las estrellas, a pesar de la niebla y la quietud nunca te has vuelto invisible, pero nada cambia la tristeza del río. Por favor llama, estoy cansado de la muerte y de tu adiós.
Nuestra casa sin ti, sin él, se convirtió en arena que obliga a detenerse en otra montaña, en desierto balbuceante. Creo en tus milagros, en tus caminos de pastores que están con sus ovejas.
Siempre busco tu rostro secreto ahí, donde se juntan la oscuridad y la luz. Qué debo hacer para abrazarte, ¿cruzar una colina, emprender un viaje al norte, seguir el curso de algún río, caminar en medio de la nada? Tengo tantas cosas que platicar, campos blanqueados, montañas y lagos, secretos que contarte y tú, parada frente a esa montaña, me miras desde una estrella, desde allá arriba para recordar todas las palabras que alguna vez me dijiste.
Eres el mediodía, el canto de las aves, el río que corre en silencio, eres la enorme noche que escribe con mi mano los signos de las estrellas.
Madre, nueve años después, te extraño siempre.
PD: Un beso.

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