Las actuales ciudades y metrópolis urbanas son, en cuanto la estructura material que las viste, su centro urbano, sus cuadras, calles, barrios, oficinas, parques y áreas recreativas, sus centros de negocios o de la industria, la reproducción de múltiples desigualdades que se llevan a cabo en los procesos económicos, políticos, sociales, culturales, científicos y ambientales del mundo actual. La ciudad contaminada, con transporte urbano deficiente, ruidosa, mal o parcialmente iluminada, con grandes aglomeraciones, de hombres y mujeres anónimos, racista, con un poder centralizado, con áreas de riesgo habitadas por humanos que contrastan con espacios construidos por y para la clase media alta, etcétera, reproduce una ciudad materialmente desigual, sin felicidad. Nadie cierra los ojos ante hechos como su evolución tecnológica en casi todos los ámbitos de la misma, y aún menos con las tecnologías de la producción y comunicación, pero no solo de pan vive la mujer y el hombre.

Si en los procesos económicos, financieros, comerciales, culturales y políticos se producen desigualdades, todo ello se materializa en la manera en cómo se edifica la ciudad, calles, viviendas, parques, áreas recreativas, etcétera. No es una ciudad que tenga como propósito la felicidad sino una lucha sorda por la sobrevivencia que se resuelve en una cotidianidad en la que los espacios urbanos para vivir se distribuyen en la lógica que marca las formas de reproducción que, para decirlo esquemáticamente, se producen en su estructura. La idea de asociar la vida en la ciudad con la felicidad sí fue un propósito hace décadas, pero todo se extravió en la potencia que la modernidad le impuso al ritmo de las ciudades, según lo reconocen estudiosos del fenómeno urbano como Choay.

El asunto es que la ciudad ha llegado a un punto en el que la crisis de la civilización occidental que ha puesto en serio peligro al planeta, pasa necesariamente por modificar el modelo urbano de ciudad que ha construido la modernidad. La idea de que la ciudad se convirtiera en un lugar en donde se realizara la felicidad humana fue destrozada por la modernidad. Esta corriente, que tiene su origen en la arquitectura y el urbanismo del siglo XIX y principios del siglo XX, construyó el concepto de “ciudad jardín”, a partir de las contribuciones de Howard. Para este autor, la oposición entre ciudad moderna que concentra ciencia y cultura, no tenía por qué contraponerse al arte, la poesía y la solidaridad de las aldeas rurales de la era preindustrial.

La felicidad es un concepto relativo. La felicidad plena en términos generales no existe, todos, pobres y ricos, de la piel que poseamos o del origen que vengamos y las creencias que tengamos o no, al final de cuentas estamos atravesados por la muerte. La felicidad, en una de sus variantes sociales, la entendemos como aquellos momentos subjetivos de los seres humanos en los que el segundo de vida que nos corresponde vivir no debe liberarse de relaciones humanas que hacen de la vida experimentada una vida de sufrimientos cuyo origen se encuentra en relaciones humanas de poder y dominio. Esos vínculos de infelicidad se traducen en tipos de vivienda, el tránsito por las calles, la comida, el trabajo, la manera de vestir, el disfrute o no del ocio, la escuela, la atención de la salud, las representaciones culturales, entre otros factores.

Claro que amplios segmentos de la sociedad no lo comprenden más que a través de sus experiencias vividas como sufrimiento. La ciudad moderna se construye a partir de simbolismos que le abonan el terreno a los grupos de poder. En cuanto a la estructura de la ciudad, existe una serie de factores que contribuyen a reorientar las diferentes maneras de entender la felicidad, como lo es el simbolismo citadino, la manera de nombrar y simbolizar su historia e identidades. Contribuye a ello el simbolismo de las nomenclaturas de las calles, la orientación de las mismas, los monumentos que las integran, la interpretación de los hechos ocurridos en sus espacios simbolizados por ritos del poder, entre otros factores. Aparte de los agentes culturales, políticos, sociales y económicos, que forman parte de una estructura que cumple con ciertos ritmos de renovación del poder que renuevan o mantienen el simbolismo ya referido.

La ciudad jardín como un concepto que diluye la ciudad moderna y la enlaza a la naturaleza cobra el día de hoy una importancia fundamental, porque aquel modelo de ciudad no entra en contradicción con la naturaleza como ocurre con la ciudad moderna. En el modelo de ciudad jardín no es necesario establecer políticas de sana distancia porque la ciudad jardín no invade la naturaleza, sino que la ciudad se diluye en ella. Por supuesto que en el modelo original de ciudad jardín no deja de ser un modelo asociado con el modelo progresista, pero su importancia radica en que ofrece un modelo de ciudad que niega el hecho que ahora ocurre con las modernas ciudades: son el centro de consumo de bienes que la colocan en contradicción con el mundo natural-ambiental.

Por lo que el tránsito conceptual de ciudad jardín a las biociudad y biometrópolis, es algo que no debe descartarse en la época actual de crisis del modelo de sociedad occidental al que pertenece la ciudad moderna. Partiendo del modelo de Ciudad Jardín, la biociudad y biometrópolis actuales podrán transitar hacia nuevos modelos en donde la sociedad pueda ser feliz. Su constitución se entienda como una orientación en la que el epicentro es la defensa de la vida en todas sus manifestaciones. No en su sentido biológico sino en su sentido más amplio de ambiente, entendido como el respeto a todo lo vivo, empezando por colocar en el centro de la ciudad el respeto a la vida y a la relación de los humanos con su ambiente y la vida que en ella habita. Como dice Juan José Chaparro, la ciudad moderna en el marco actual no ha encontrado solución, las teorías sobre lo urbano, la planeación y el ordenamiento del territorio van por un lado, mientras el fenómeno urbano va por otro.

La biociudad tendría como corazón de su existencia a la naturaleza y la vida. No habría centro y periferia ni irregularidad, porque no existiría interés por migrar a las grandes ciudades; el trazo de la ciudad sería más natural y menos material; se reduciría su tamaño; se eliminaría la necesidad de automóvil porque las ciudades serían más pequeñas; habría un disfrute del paisaje de la misma; se transitaría a pie y a través de medios de transporte no contaminante, porque no habría largas distancias que recorrer; se tomaría de la naturaleza guardando un equilibrio; no sería necesario tener animales en cautiverio. Ahora esto que puede parecer una utopía es un asunto de vida o muerte.

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