Víctor Hugo fue no solo un poeta y escritor universal, también un osado crítico del imperio de Napoleón, al que calificó de el Pequeño. El escritor era también objeto de la crítica, su crítico más conocido, intelectualmente brillante y con quien incluso mantuvo durante largo tiempo, una relación amistosa, fue Charles-Augustin de Sainte-Beuve, no era este, un personaje obsequioso, por el contrario, resultaba ácido, puntilloso, al extremo de afirmar que solo había algo peor que leer Nuestra señora de París: releerla. Esa crítica era siempre bien recibida por el señor Hugo. Los motivos que llevaron a la ruptura a esos dos personajes se originó por otra razón: la obstinada, pasional y larga relación amorosa entre Charle-Augustin y la señora Adéle Hugo, esposa del poeta, el rompimiento entre el literato y su crítico, los llevó a retarse a duelo, lo que impidió Adéle. Más allá de ese pasaje doloroso, esa relación tendría profundas implicaciones literarias, porque la crítica es un mecanismo intelectual que permite la reflexión, la conversación, el universo pensante, percibir una nueva realidad, hacer una anatomía de la sociedad, una visión del mundo que cuestiona al (los) otro(s).

La crítica es fundamental para el individuo, como también lo es para la democracia. Existe un largo camino entre crítica y opinión pública, pero si consideramos que a partir de la primera se puede derivar al otro término, se establece que el nexo entre opinión pública y democracia es primordial: la primera es el fundamento sustancial y operativo de la segunda. La opinión pública presupone tres condiciones: libertad de pensamiento, libertad de expresión y policentrismo. “La libertad de pensamiento postula que el individuo puede beber libremente de todas las fuentes del pensamiento… la libertad de expresión encuentra su expresión en la libertad de organizarse para propagar lo que tenemos que decir, también hace falta que no haya miedo. Allí, donde existen intimidaciones, la libertad de expresión se ve anquilosada… la estructura de los medios de comunicación que caracteriza a las democracias es una estructura policéntrica” (Giovanni Sartori). Siguiendo a Sartori, se puede afirmar que la democracia no requiere consenso sino conflicto, que la democracia se maximiza y se enriquece con el conflicto, y es aquí donde encuentra sentido lo dicho por Barker “la base y la esencia de toda democracia esta en gobernar discutiendo”, sin embargo, lamentablemente los políticos, o la generalidad de ellos no están interesados en las ideas per se, sino en si ha llegado el momento de aplicarlas, un comportamiento utilitarista.

En ese contexto, es oportuno preguntarse ¿qué paso con las transiciones democráticas de América Latina? Lo que ocurrió en el continente se asemeja al rostro de Jano, la vida y la muerte, la doble vía en sus resultados. Por una parte, las transiciones fueron verdaderos cambios de regímenes políticos, pues fueron capaces de reemplazar las dictaduras militares o autoritarismos de partidos hegemónicos, como el mexicano, por sistemas pluralistas, elecciones regulares y competidas, transparencia informativa y rendición de cuentas, es decir, se cumplió, en lo general, con el Estado de Derecho. Sin embargo, en la parte de los resultados económicos, lo que prevaleció fue la inequidad, la pobreza, la desigualdad, corrupción, opacidad y por tanto, una insuficiente transparencia y rendición de cuentas. En este apartado, –el económico– Michael Reid asegura, “hubo errores en el consenso de Washington, pero muchas cosas eran de sentido común para cualquier economía avanzada. Muchas eran políticas para crear economías capitalistas desarrolladas, con políticas distributivas y de igualdad de oportunidades”. Si bien es cierto, el discurso neoliberal no admite la importancia de la igualdad de oportunidades, mientras que para los liberales es una condición esencial que les articula. El otro problema que enfrentaron las transiciones es que fueron incapaces de resolver el déficit social. La transición de América Latina para consolidarse necesita una fórmula que la acerque a la socialdemocracia moderna, que combine la democracia, el Estado de Derecho, la transparencia y rendición de cuentas, la justicia social, la redistribución del ingreso, un liberalismo democrático y una democracia liberal. En esa ruta, la crítica y la opinión pública deberían (lo cual es dudoso e incierto) tener mucho que decir, pero lamentablemente, la sociedad, su crítica, ha permanecido ausente, al margen de la discusión, con auténtica pobreza en materia de reflexión e iniciativas. Sería deseable que la sociedad mantuviera una relación frente al poder semejante a la que existió entre Haydn y Mozart: habiendo sido su maestro, el primero –que lo sobrevivió– morirá como el más dotado de sus alumnos.

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