Lol Canul

En la era digital, donde podemos gozar del desarrollo de la tecnología y la información, tenemos la capacidad de convertir esas herramientas en aliadas de la cotidianidad que permiten salvar distancias, proporcionan noticias y datos, permiten digitalizar evidencias de nuestros momentos, facilitan tareas laborales y académicas y todo ello en tiempos muy breves que las hacen eficientes y eficaces.

Todo ese poder en la palma de la mano nos convierte en una sociedad con notables ventajas, una sociedad de la información y el conocimiento, como lo llama Delia Crovi; ese poder podemos ejercerlo en favor o en contra nuestra y también de las demás personas.

El uso que se da a ese poder queda lejos de ser neutro, pues siempre responderá a los intereses de quien divulgue; se ha convertido en un foco de atención digno de estudiarse. En psicología, la teoría del poder social de French y Raven describen el poder de información como aquel que se ejerce con el manejo, distorsión u omisión de un dato o suceso, en dirección de alguien y para conseguir un objetivo específico.

Lo anterior expone el dilema de si la sociedad de la información en la era digital es también una sociedad del conocimiento y el análisis de razón. La información circulante por los medios y redes no nos dicen qué pensar sino exponen un panorama y datos sobre los que debemos ejercer el pensamiento que debe ser crítico.

Hace algunas semanas, Red Pro Animal fue testigo de una denuncia sobre el maltrato por parte del área de estética de una clínica-spa de la ciudad hacia Duster, un perro, y de la ineficiente atención que recibió la dueña del mismo para resolver la situación por parte del área de administración del lugar. Si bien, ambas partes buscaron la negociación por medio del diálogo que los llevó a un acuerdo de resolución, no se puede decir que se diera en total honestidad, pues se presume que la parte afectada inició una campaña de odio ante la clínica-spa y todas las personas que en ella trabajan.

Si bien, es entendible el sentir de la afectada bajo tales circunstancias, no es justificable el actuar, pues lo que comenzó como una denuncia social se convirtió en un linchamiento mediático, desvirtuando su justa exigencia original. Un caso así puede explicarse como una reacción desesperada ante la necesidad de seguridad de atención y solución a su queja y que por supuesto deben atenderse los orígenes de la misma (que en efecto fueron resueltos), pero finalmente es una estrategia que se mueve en los límites del abuso, el morbo y la arbitrariedad.

Utilizar la redes así, convierte un espacio de divulgación de la información en un escenario de castigo social a través de formas de violencia simbólica, esparciendo un discurso de odio, desvirtuando el trabajo de otras áreas, esa es la parte que transgrede, pues atacar de esa manera involucra a personas que no tuvieron qué ver en el suceso.

Es necesario señalar que la libertad de expresión es un derecho y que, por tal, no debe en sí transgredir los demás derechos de otras personas. Quienes participan en las movilizaciones digitales de denuncia, protesta o exigencia, objetan su indignación ante hechos considerados injustos, en contraste, quienes movilizan a personas para desinformar, transgredir otras personas o movilizaciones caen simbólicamente en el mismo objetivo que un linchamiento en la vida no digital: hacer justicia por propia mano.

Lo que queda por defender no es el prestigio de la clínica-spa, ni dar la razón inapelable a una de las partes, ni la veracidad de los supuestos que describe la afectada, lo que debe estar por encima es la búsqueda de una justicia que corresponda al bien social, que reconozca responsabilidades en lugar de buscar culpables, que asuma consecuencias en vez de expiar cargos, que dé respuestas de resolución y repare de origen los errores cometidos.

Ninguna de esas cosas pude lograrse cuando lo que se antepone es una forma de venganza con efecto expansivo y no se busca primero hacer uso de los métodos legales para obtener justicia.

Twitter @lolcanul

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