Estefanía Valladares Alcántara*

Mi nombre es Anaid del Río Pérez, tengo 23 años. Mi vida ha dado un cambio muy drástico; no sé cómo una persona puede adaptarse tan rápido a una nueva vida tan diferente a la que ha vivido…

Nací en una colonia normal de Ixmiquilpan, un municipio del estado de Hidalgo; no tengo muchos recuerdos de ese lugar, ya que antes de que yo cumpliera tres años mis padres me mandaron con mi tío Julio del Río a Texas, Estados Unidos, para poder darme una mejor vida. Aún recuerdo ese día, mi madre lloraba mientras tomaba mi mano, tratando de explicarme lo que pasaría; “todo estará bien”, me decía, palabras que no paraba de repetir aquel día, mientras mi padre me miraba con sus ojos entristecidos y llorosos, pero nunca dijo nada. Puedo describirlo como una de las tristezas más grandes de mi vida, pues quién puede acostumbrarse a estar sin sus padres… solo una persona que no tenga corazón.

Recuerdo que tenía un conejo, Toby, que apenas era una cría, y un perro llamado Salchicha, con los cuales me divertía día y noche; pensaba que ellos hablaban, ya que mis días estaban llenos de risas y, como si fuera algo mágico, Toby me decía: “No te vayas, ¿qué pasará con nosotros?”, mientras sus orejas se caían. Salchicha solo me veía con sus ojitos marrón que me decían lo mismo.

Salí ese día pensando qué pasaría con mi familia, con Toby, con Salchicha…
Mis días camino a Texas fueron pesados, pasé hambre, frío y mucha sed, y también el calor era infernal, no se comparaba con el de mi pueblo. Tardamos dos días y medio en llegar, yo no conocía a nadie ni entendía nada, todo lo lograría al paso de los años.

Después de 20 años mi vida era otra, ya que el irme a vivir a Texas fue una de las mejores cosas. Aún no entiendo cómo una persona puede llegar a cambiar tus planes, tus metas, tu vida de una forma inconsciente…. hablo de Donald Trump, el nuevo presidente de Estados Unidos. Creía que todo lo que él decía era un juego, pues bien dicen: “Perro que ladra no muerde”, pero este perro resultó ser pitbull.

¿Qué es un dreamer? Bueno, pues somos todos aquellos jóvenes que llegamos desde pequeños a Estados Unidos, en su momento defendidos por el expresidente Barack Obama con su famoso programa DACA, mas sin embargo yo salía a las calles.

Aún recuerdo cómo comenzó todo, yo estaba en el “MOL”, un centro comercial grande, iba con unos “amigos”, todos ellos americanos, era fácil distinguir nuestras nacionalidades; caminábamos mientras bebíamos una malteada fría y refrescante, cuando de la nada llegaron unos policías, me apuntaron con un arma exigiéndome mis documentos, con los cuales no contaba, de repente sentí un empujón contra el piso, fue fácil tirarme debido a mi escasa estatura, mis manos las llevaron a mi espalda lastimando mis muñecas con unas esposas, sentía una gran impotencia, un coraje de no poder hacer nada, mi miedo me consumió, solo mis lágrimas brotaban mientras sentía la humillación de esos estúpidos. ¡Yo no soy una delincuente!, aunque me trataron así, me decía a mí misma que no lo era, mientras iba en la parte trasera de la patrulla; me llevaron a la agencia de autoridad migratoria (ICE, por sus siglas en inglés).

Estuve dos días encerrada en un cuarto con apenas dos camillas, un medio baño y hacía demasiado frío; había más personas como yo con las que platicaba sobre cómo las habían detenido. Tenía derecho a hacer una llamada, pero a quién se la haría… mi mente estaba en blanco, ahí fue cuando recordé las palabras que me dijo mi madre: “Todo estará bien”.

¿Se acordarán de mí?, me preguntaba, ya que llevaba más de cinco años sin saber de ellos.
Iniciaba mi viaje, estaba nerviosa, triste y mis sentimientos estaban revueltos, no sabía cómo reaccionar. Migración me había puesto en un camión que me llevaría a Baja California y de ahí tomaría otro autobús con destino a la central de autobuses de Pachuca, Hidalgo.

En el camino hacia allá pude observar hermosos paisajes, ningún edificio se comparaba con los rascacielos de Estados Unidos, pero la vista era increíble. Después de un día de viaje, aproximadamente a las dos de la tarde llegué a Pachuca; un joven pudo indicarme cómo tomar el autobús e incluso me ayudó a comprar el boleto y me puso en el camión hacia Ixmiquilpan.

Al llegar a casa no pude reconocer a mis padres, al verlos no pude contener mis lágrimas, ya que llevaba 20 años sin verlos, les di un fuerte abrazo y un beso; la casa era enorme, llena de árboles frutales, de igual manera había pequeños animales, entre ellos Toby y Salchicha, que se paseaban por todo el patio verde y lleno de vida, solo pude ver que ellos fijaban su mirada en mí y notaba cómo me veían de pies a cabeza confirmando que fuera yo. Mis padres llevaban una vida muy diferente a la que yo tenía, una cultura muy distinta y un idioma distinto al mío, todo era un desastre.

Paseando por el jardín de la casa, Toby y Salchicha se acercaron a mí:
–¿Anaid, eres tú?
–¿Qué? ¿Si hablan?
–Claro, podemos hablar cualquier idioma, ¿no recuerdas cuando eras pequeña?
–Creí que era parte de mi imaginación o que tal vez estaba chiflada.
–Bueno, pues acabas de descubrir que no es así. ¿Cómo has estado? ¿Por qué regresas hasta ahora?
–He sido deportada por el nuevo presidente, puff, un viaje pesado, pero me encuentro bien, no era mi plan regresar, pues tenía una vida bastante cómoda, pero bueno aquí estoy de nuevo.
–¡Bienvenida! De nuevo.

Caminamos por todo el jardín y ellos me platicaban de todos los cambios que habían sucedido en mi ausencia cuando de pronto unas chicas más grandes que yo llegaron, no entendía lo que decían, solo me veían feo y se reían, mientras una de ellas gritaba “gringuita” y algunas palabras altisonantes, no entendía el significado de ellas, suponía que era algo ofensivo. Estaba muy asustada porque se reían y me empujaban, no pasó un minuto cuando sentí un golpe en mi rostro, enseguida caí al piso, aún estaba adolorida de los golpes que me propinaron cuando me arrestaron, solo me levanté y corrí hacia casa, mientras detrás de mí venían Toby y Salchicha. Yo solo quería que fuera una pesadilla y pudiera regresar a mi vida de antes, pero era algo que no podía cambiar.

Pasaron los días, ya era tarde e iba caminando hacia la plaza del pueblo, cuando de repente escuché unos pasos, miré de dónde provenían, eran de nuevo esas chicas, mi corazón se aceleró a mil, comencé a caminar rápido cuando una de ellas me alcanzó, me detuvo y dijo “ven, vamos”.

Yo la seguí con miedo, pues me quedé paralizada, no sabía cómo reaccionar. Caminamos aproximadamente una hora y media y llegamos a un pequeño bosque, bastante bello, por cierto, ellas se miraban entre sí y solo movían la cabeza, recuerdo que desperté con un gran dolor de cabeza. Me habían dejado tirada, escuché unos ruidos entre los arbustos, eran Toby y Salchicha.

–¿Qué te ha pasado?
–Fueron ellas

Caminamos por dos horas largas, Toby y Salchicha sabían perfectamente el camino, cuando llegamos al pueblo tenían a Darla y sus amigas amarradas, pues la gente decía que eran brujas, ya que descubrieron su casa llena de fotos y pócimas que habían matado a muchas personas; les prendieron fuego y las quemaron en leña verde, estaba asustada pues jamás había visto ese tipo de cosas, pero eran creencias del pueblo, aunque muchos no estuvieran de acuerdo…

Pasaron los años, primero me dejó Salchicha, pues apenas podía arrastrar sus enormes orejas, y después Toby, que ya no brincaba si no era para comer.
Hoy estoy cumpliendo 45 años, me casé con Alexis Mocaño Jiménez, tenemos dos hijos. Extraño a Toby y Salchicha, pero puedo asegurar que están en un mejor lugar, brincado en un hermoso jardín.

*Curso la carrera de procesos de gestión administrativa en el Colegio de Estudios Científicos y Tecnológicos del Estado de Hidalgo (Cecyteh) plantel Mineral del Chico. Este cuento es en memoria del contador Euquitio Flores Hernández, quien fue mi asesor

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