La imagen de los partidos políticos y la más afín para comprender las tradiciones políticas, es la que nos ofrece Weber. Los partidos políticos para ese autor son la continuidad de los antiguos séquitos de las cortes monárquicas. El “séquito”, según la definición más conocida, se refiere a un grupo de personas que hace compañía a otra (de una jerarquía mayor a los que conforman el séquito), a un evento importante.

Trasladada a un contexto político actual, significaría que los sistemas de los partidos políticos son el símil al séquito de los antiguos símbolos del poder regio. No obstante, y para evitar generalizaciones, no siempre y necesariamente se trata de un monarca, ya que igualmente funciona el término para otros niveles de estructuras sociales de carácter jerárquico. Pero la visión clásica es la primera a la que se refiere Weber.

El grupo de afines a quien ocupa un lugar preponderante (el que es acompañado), no debe verse como un grupo, necesariamente, de incondicionales. Se trata de un grupo cercano a las mieles del poder y, por tanto, con intereses y, bajo determinadas circunstancias, como parte de las intrigas palaciegas, así como como fuente de recambio y restitución del poder, tal como se entienda en cada tiempo y lugar. En ese sentido, el séquito no es un grupo homogéneo, sino de interés.

Por lo que si bien es cierto que el séquito es un amante del poder y sus intereses, pueden ser contradictorios al interior mismo del grupo o pueden cuestionar la gestión de quien ocupa un lugar preponderante, también de quienes sostienen (los príncipes) al personaje más elevado dentro de la jerarquía (el monarca), pueden dotar a este último de un poder tal que elimine y sustituya al séquito que lo acompaña. Shakespeare es el maestro de la narrativa política en esos temas.

Los sistemas de partidos políticos modernos no se asemejan letra por letra a la visión que nos propone Weber. Sin embargo, es bastante clara la visión del séquito y el símil que hace Weber con respecto a los partidos políticos como eslabones de las estructuras de poder y “amantes” de las reglas y normas que regulan la vida política. En última instancia, constituyen fórmulas políticas claramente ajustadas al poder moderno.

Se entiende por modernidad del poder a las estructuras políticas surgidas y traídas a Latinoamérica por occidente tras la conquista y su consolidación. Se sustenta en poderes electivos conformados por cámaras de diputados, senadores asociados a la figura presidencial. Los sistemas de partidos políticos son parte de los regímenes políticos modernos que sustituyeron a las antiguas monarquías o, con el tiempo, a estructuras de poder precolombinos, en el caso de Latinoamérica.

La institucionalización de los regímenes sustentados en sistemas de partidos políticos es antigua, pero reciente en Latinoamérica. El juego distributivo del poder (o mejor dicho de la administración del poder, antiguamente en manos del poder regio), se plegó en algunos países como México a reglas no escritas: darle tiempo a la transición neoliberal, sin importar los costos políticos, como veremos más adelante.

En la mayoría de las naciones latinoamericanas eso se logró a partir de la institucionalización de regímenes militares. Una forma de “regular” la disputa del mundo bipolar (comunistas y capitalistas) y los modelos de gestión del modelo globalizador. Chile fue de alguna manera el modelo a seguir y, desde el punto de vista económico para las grandes compañías fue un éxito, aunque desde el punto de vista humano se trató de una tragedia.

En Latinoamérica, después de la oscuridad de la transición militarizada (un tipo de fascismo ajustado a Latinoamérica), se dio el visto bueno a las reformas políticas que en México fue instituida bajo la mano de Jesús Reyes Heroles. La reforma política tuvo como propósito administrar la gestión de un régimen claramente neoliberal. Abría las puertas a la transición política en el ámbito local, pero a nivel federal la limitaba al PRI y el PAN.

La reforma política sujeta a los intereses económicos tuvo su costo. Ocurrió una recomposición del séquito político partidista. El PRD disfrutó parcialmente del poder, aunque lo pagó caro y su muerte ha sido largamente anunciada desde la firma del Pacto por México y el decreto de su desaparición ya está a punto. El PAN fue víctima de sus compromisos: colocar al poder político al servicio del económico. El PRI regresó para llevarse del reino lo que quedaba: fue destronado.

El modelo neoliberal ha sido puesto en entredicho por sus principales promotores, Estados Unidos e Inglaterra. El encierro en sus propias fronteras ha sido la nueva narrativa de esas dos naciones. El PRI, el antiguo monarca, no lo comprendió y apostó hasta los últimos momentos por el Partido Demócrata y Hillary Clinton. Junto al PAN no midieron los estragos ocasionados al reino y al pueblo llano.

El reino tiende a recomponerse tanto a nivel de quien ocupa el lugar más alto de la jerarquía como de los séquitos, los príncipes y el pueblo llano. El séquito se ha recompuesto, Morena es el interlocutor privilegiado de la más alta investidura política de nuestro reino. Se ha decretado la muerte de las políticas neoliberales, sintonizándose la situación local con la que prevalece en otros reinos, uno de ellos con quien compartimos estrechamente fronteras.

Las palabras (para nosotros la IVT y quienes están a favor o en contra), dice Nietzsche, son la superficie del mar. Detrás de las palabras está en las profundidades el mar embravecido…

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