Hace algunos ayeres, como becario en el Instituto José Martí, en La Habana, Cuba, compartíamos el aula periodistas latinoamericanos en un seminario relacionado con las agencias de información de los países no alineados.
Había reporteros que ejercían el periodismo marginal y el guerrillero, un actividad parecida a la que se ejercía en el movimiento estudiantil de 1968 y parte de 1971, cuando la información se imprimía en rudimentarios mimeógrafos. Por supuesto, había quienes con un poco más de recursos imprimían diarios en prensa plana.
Y bueno, los colegas de Juventud Rebelde y del Granma imprimían en rotativas que para el momento era tecnología actualizada.
Los colegas de quienes aprendí cómo se hace periodismo en la trinchera y en la clandestinidad, eran militantes del Frente Sandinista de Liberación Nacional, de los Tupamaros, de la guerrilla chilena perseguida por Pinochet; compañeros argentinos, uruguayos, ecuatorianos, salvadoreños, dominicanos, brasileños, todos jóvenes curtidos en la práctica guerrillera y con la función de informar.
Todos tenían una militancia partidista; ideológicamente eran de izquierda y hasta del ala ultra. No supe de alguno radical ni mucho menos mesiánico. Todos profesionistas, con carreras universitarias y el más profundo deseo de cambiar el status en sus países.
Por ello, cuando en una de las clases me tocó hablar de la prensa mexicana expuse las convicciones que conservo y me han permitido transitar por esta profesión del periodismo sin apellidos ideológicos y de siglas partidistas, pese a que hay quienes me califican priista o del otro extremo panista e incluso cuestionan mis amistades con personajes de la izquierda.
En aquella ocasión, un colega mexicano que asistía a ese seminario de un mes en el Instituto José Martí, en la zona de El Vedado, se dijo de izquierda e hizo pedazos al diarismo azteca. Quiso quedar bien y descalificó a los periodistas mexicanos, pretendió asumirse prístino y vacunado contra la corrupción y nos dejó mal parados en su intervención.
Así que, cuando participé y cuando me preguntaron en qué partido militaba, respondí que en ninguno porque siempre había el riesgo del mimetismo profesional o se terminaba por ser vocero de una corriente ideológica o de un partido. La crítica de mis colegas latinoamericanos, en buena parte de quienes era entendible la militancia, fue severa. Pero sostuve y fundamenté la causa por la que no militaba en partido político alguno.
Pero, vaya, solo quienes ejercemos el periodismo y vivimos de este oficio sabemos de qué hablamos y discrepamos, discrepo en primera persona, de los que se asumen de izquierda y cobran con la derecha, de aquellos que laboran en medios contestatarios y han llegado al ofensivo papel de aplaudidores del presidente, como ocurrió con uno que de la lisonja a Vicente Fox hicieron modus vivendi y terminaron con los motes de Luxor y Mohawk, porque aquello de ser tapetes.
Por supuesto, respeto militancia, ideología y libre albedrío de mis colegas todos. Si son priistas o panistas, perredistas o maoístas, apoyadores de Andrés Manuel López Obrador o simpatizantes de Enrique Ochoa y de Alejandra Barrales, tienen mi respeto, mas no compartiré nunca prácticas trasnochadas y fundamentalistas de quienes buscan linchar al colega que decidió trabajar por un partido que no es de su preferencia.
¿Es necesario que cada uno de quienes ejercemos el oficio del periodismo en México nos sumemos a un movimiento, militemos en un partido político, el que sea, y definamos líneas de trabajo? Reitero: se corre el riesgo de informar con el credo político y hacer tarea proselitista en cada línea, como se ha visto.
No discrepo y menos cuestiono a los colegas que han optado por trabajar, trabajar, en una causa que contrató sus servicios profesionales. Trabajar para el PRI no hace priista al reportero que en esa tarea se gana el sustento; laborar con el PRD o Morena no implica militancia para el periodista que trabaja en su área de comunicación.
El ejercicio del periodismo, sin duda, no lleva a simpatizar con algunas causas, pero el sentido común siempre no arraiga en las tareas profesionales. Y cada quién sabe cómo se gana el pan para la familia.
Por eso, cuando mi compadre y amigo Abelardo Martín Miranda me confió la invitación que le hicieron y que aceptó para hacerse cargo de la comunicación de la diputada federal con licencia Delfina Gómez Álvarez, candidata de Morena al gobierno del Estado de México, simpaticé con esta nueva aventura que se le plantaba enfrente.
El periodismo es una aventura cotidiana, es la vibra de la nota, es la emoción de la crónica, es no perder nunca la capacidad de asombro. Los periodistas llegamos a perder la edad cronológica y medimos nuestros tiempos por los espacios y los retos. Así es esto.
Abelardo ha trabajado en áreas de comunicación social del gobierno federal desde hace algunos años, pero igual fue gerente de Teléfonos de México que asesor del entonces gobernador de Oaxaca, Gabino Cué Monteagudo, quien se había convertido al panismo-perredismo; fue director de información de la presidencia de la República en los días del nada priista Ernesto Zedillo Ponce de León y fue comunicador de la panista Josefina Vázquez Mota.
En todas éstas responsabilidades ha tenido buenas calificaciones y, hasta donde estoy enterado, no es priista ni panista y tampoco perredista. En consecuencia, su trabajo en Morena no lo hace Moreno, mas lo compromete, como profesional del periodismo, a hacer la tarea que sabe hacer: comunicar, aplicar su vasta experiencia en el trabajo para el que lo contrataron. Las hienas aullarán, no cabe duda. Pero son las carroñeras y, para bien de estos tiempos del ejercicio periodístico, son las menos. Ser y parecer, no tiene vuelta. Profesional. Digo.

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