“Arrepentirse de un acto
es modificar el pasado”
Óscar Wilde

Cuando Borges le dedicó un espacio a Wilde en Otras inquisiciones fue a pesar de que el autor de La importancia de llamarse Ernesto, El fantasma de Canterville, El retrato de Dorian Grey… es identificado como un escritor que representa sin asomo de duda la insignificancia técnica a costa de revisar su importancia en el simbolismo, de contrastarlo con Chesterton, Swob y Mallarmé.

En suma, Wilde –sin la cumbre que le representó De profundis–, prácticamente no aporta al universo de la literatura otra cosa, excepto una obra plagada de simplismos bien elaborados que incluso un foráneo sin la intuición de quien lee clásicos en su lengua materna puede entender desde la primera lectura.

Hasta la traición de su amante, quien le conduce a un callejón sin salida donde pierde los bienes materiales que ganó durante su carrera, a su familia y confronta el desprecio público que resulta en un juicio con la pérdida de su libertad; cuando se marchita en la cárcel escribe una de las cartas de amor más famosas de la historia.
Wilde, el esteta que reía con desdén del mal gusto y al que redujo con comentarios y pincelazos ingeniosos, es arrinconado a la confesión de sus memorias y cómo desde ellas se dirige a la persona que pese a la difamación, a los alegatos en su contra, Wilde convierte en una oportunidad para revisar su propia existencia.

Como pocos en el universo de las letras, primero escribe una obra dedicada en su totalidad al gusto exquisito por mero placer del goce, para después asomar a partir del Retrato de Dorian Grey el reverso de la misma moneda, el decadentismo.

Es ahí donde Wilde tuvo abundantes oportunidades para desarrollar una prosa experimental, solo en sus ejercicios de crítica y en De profundis llega a percibirse que el escritor contaba con abundancia de elementos para una obra que podía aspirar a más, pero él mismo se negó a ello, en virtud de un compromiso con –bajo la supuesta sencillez de su estilo– la necesidad de llegar a todos los públicos, bajo la ambición de no pasar desapercibido ni sometido al equívoco de ideas confusas que requirieran revisión.

Su trabajo ni siquiera pasó por la dualidad del conflicto que representaron Rimbaud y Verlaine, por una parte fatal para ambos pero tan trascendente en obra que el episodio sigue marcando la producción literaria de la actualidad. De alguna forma similar a la crisis de Wilde con Bosie, Wilde, en cambio, fue presa de su pasión por el simplismo y a la postre de la ingenuidad tras el espíritu que guió su obra, sin más pasión por el conflicto que la respuesta ante su producción.

No obstante, ¿por qué le daría Borges un lugar a semejante creador? Porque su obsesión por la belleza, su imbatible apetito por la felicidad, el carácter armónico de su obra, por discutibles que resulte para un ojo que ambicione más, se encuentran perfectamente logradas, a pesar de todo.

Con respeto tanto por dicha muestra de su obra, como una referencia instalada en la producción artística, el grupo húngaro After Crying dedicó uno de sus títulos al homenaje, así como al recordatorio de la frase que, además de Wilde, refiere un instante de reflexión de ciertos autores que si no se corresponden por completo con lo que su significado implica, sí constituyen un examen de una etapa propia.

Sin embargo, el énfasis del De profundis de After Crying apunta hacia el misticismo de la magia celta, que tras una búsqueda de los significados trascendentales, así sea con las limitaciones de quien la lleve a la práctica, de una forma u otra conduce a un resultado que sería el momento especular de la profundidad alcanzada.

Mientras en la epístola de Wilde es la búsqueda de la reconciliación con la plenitud robada, en el caso del disco es un viaje que comienza con la necesidad de encontrar y hasta la compulsión de dar con una forma de guía que indique hacia dónde encaminar los pasos, pero al final, dicho camino, puesto que se trata de una búsqueda fuera de la norma, tiende a encontrarse con los templos que dejó la antigüedad para guiar el camino.

Aunque After Crying se encuentra catalogado en la escena del rock progresivo europeo, pese a que su obra comenzó en Hungría a principios de 1990 y llegó con una misma identidad hasta 2003, De profundis representa una de sus mejores producciones, junto con Megalázottak és megszomorítottak.

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