–Buen día, señor, me dijeron que usted me puede informar sobre las tumbas.
–Depende, joven.
–¿De qué?
–De a quién esté buscando.
–Estoy buscando a mi madre, a mi padre y a mi hermano menor.
–Es mucha gente, oiga.
–Pues sí, pero es una tumba a perpetuidad y…
–Es mucha gente para andarlos buscando, ¿no?
–No le comprendo, señor.
–Debería saber dónde están.
–Señor, yo no vivo aquí, tengo vagos recuerdos, ahora quiero saber dónde están.
–Va a estar difícil.
Me enseñaron a no llorar, mi papá decía que eso era para maricones y que los maricones se van al infierno por eso y por chillones. Era como dos pecados en uno, por un lado, mariconear (término que también se volvía una acción) y, por otro, chillar. Curiosamente, uno siempre venía acompañado del otro, si uno chillaba, mariconeaba, pero si uno mariconeaba no necesariamente chillaba.
Nos acusó con la maestra, pinche maricón.
¿No vas a venir, maricón? ¿O vas a quedarte a limpiar la cocina con tu mamá?
¿No vas a decirle que te gusta, mariquita?
Chúpale, no seas maricón.
¿Te da miedo que se enoje tu vieja?, ¡pinche maricón!
Mariquita sin calzones se los quita y se los pone.
Los hombres no lloran, aunque entierren a su hijo de 15 años que murió en un accidente, eso me enseñó papá. No lloran, se aguantan si ven a su mujer triste en una esquina. Aunque la vida te ponga a prueba. No lloran porque son hombres.
Veintiocho años fui criado entre una mujer que bajaba la vista y lavaba los platos y un macho feroz amenazado con la sensibilidad. Veintiocho años, ni uno más, entonces salí con la promesa de una vida nueva en mi maleta. Una maestría en otro país, una vida diferente, la existencia es posible. Me fui lejos con la firme intención de no regresar a esta ciudad escabrosa, con casas edificadas en los cerros, como si se aferraran a poblar hasta los barrancos y las piedras. A este pinche clima húmedo donde dormir en la cama parecía más la experiencia de entrar en una alberca. Neblina cerrada a las seis de la tarde, dolores de huesos, el moho aferrado en las paredes, gritos de gol. Siempre gritos de gol, otro grito de gol. Veintiocho años y juré que eran los últimos. Mi viaje no tenía regreso probable. Iba a la civilización, a la crítica, a llamar una vez a la semana a mi madre, a enterarme que el hombre estaba bien, de lejos, siempre de lejos. Los hombres son escuetos en sus palabras, solo entablan conversaciones con los amigos. Me casé, sin familia de mi lado, nunca fueron a verme, un año traía la promesa que no se cumplía, que quizá, el año entrante podría consumarse. “Está difícil este año, pero, si Dios quiere, el próximo sí hacemos el esfuerzo”. Dios nunca quiso.
Mi madre murió un martes y el mes siguiente mi padre. No llegué, porque no recordaba el camino. Fue una llamada por teléfono, la vecina me dio las dos noticias. Quise volver cuando empezaron las lluvias. No viajas cuando hay norte, no llegas cuando hay huracanes. Hay que esperar a que regrese la calma.
Volví solo, mi esposa era una mujer añosa, eso dijo el médico para pedirnos que se quedara en casa. Treinta y siete años hace que el embarazo sea peligroso para un viaje de 12 horas. Voy y regreso. Solo.
–A ver, señor, primero fue la tumba de mi hermano. No tiene mucho que fue también la tumba de mis padres.
–¿No supo?
–¿Qué?
–Que llovió mucho.
–Sí supe.
–Que llovió mucho y se deslavó la mitad del cerro.
–¿Y eso qué?
–Que se salieron los muertos de la tumba –el viejo se persignó con las manos gruesas y callosas–. Va a estar difícil porque ya no hay muertos. No más queda la zona de enfrente y son las tumbas nuevas.
–¿Y las demás?
–Pues quedaron en la barranca. Si Dios quiere, en unos meses se terminan de cubrir con tierra.
–¿Y los cuerpos?
–Ya, Dios dispuso, y los ha ido tapando.
–Señor, pero es contra la ley.
–Pues unos pagaron por buscar sus muertitos, pero se rindieron, cuando uno es muertito le quedan solo los huesos, no es fácil reconocerlos. Verá, nos dijeron que hay unos exámenes caros, que por los huesos puede saberse quién era el muertito.
–Y entonces, ¿qué sigue?
–Pase a la capilla y páguele al cura, que diga unas palabras por sus muertitos, que en paz descansen. Joven, no llore, repóngase.

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.