Ida Vanesa Medina y Diliana Díaz

La rueda gira. Chinck, suena la máquina registradora. Ahora tener plantas en casa es la tendencia, lo dice la chica blogger, chinck. Todo con chía por favor, chinck. La foto con el perezoso, chinck. Memes de animales, chinck. Miley Cyrus es vegana, chinck. Y la rueda sigue corriendo…

Cada vez más etiquetas agregan el calificativo “natural” y se multiplican las botellas de plástico con el símbolo de reciclable. Pero qué ocurre en un lugar como México en el que no sirve de nada separar la basura cuando el camión tira todas las bolsas en su caja sin discriminación… y sin embargo, según la Asociación Nacional de Industrias del Plástico (Anipac), la industria del reciclaje en este país está valuada en 3 mil millones de dólares anuales y mantiene un crecimiento de 10 por ciento al año.

Reciclar es una palabra maravillosa, pero entendida como negocio en gran escala necesita materia prima en las mismas proporciones, ¿no? Dudo que los empresarios que invirtieron estén interesados en que disminuya el consumo de plásticos que utilizan, después de todo, un negocio se trata de utilidades. Y allí reside el detalle, que no se limita a la lógica de las empresas de ese rubro: utilizar la bandera ecológica para generar beneficios en gran escala, para cotizar en la bolsa.

Piénselo, usted y yo tal vez nos sintamos satisfechos cuando llevamos alguna botella  a un depósito de una campaña de reciclaje, pero, ¿no es un acto de mayor rebeldía consumir menor cantidad de plástico o, mejor aún, completamente eliminarlo?

Cuando voy al mercado y digo que no me den bolsa, después de unos instantes de confusión, el marchante de turno me ha dicho: “Claro. La ecología, eso está de moda”, y eso me preocupa y me deja pensando: ¿Es trending-cool ser ecológico? Si reviso el Internet tal vez la respuesta sea sí, el mercado de lo orgánico, los emprendimientos ecológicos y los productos vegetarianos y veganos son unos nichos que siguen en crecimiento.

Los brazos del mercado se abren y se adaptan a las nuevas tendencias. Y no me malinterpreten, no hace falta investigar mucho para entender lo crucial que nos estamos jugando con el futuro, con la realidad de nuestros ecosistemas y la urgencia de hacer las cosas diferentes, pero asusta ver ideas de cambio pasadas por el tamiz de las lógicas del marketing y el consumismo.

Pareciera que el futuro en el que nos jugamos la calidad de vida de las próximas generaciones depende de si Miley decide volver a comer carne o usar pieles. Es interesante que se multipliquen los productores orgánicos, que se cuestionen los procesos de las compañías multinacionales, que el ciudadano exija saber qué está comprando y qué implica tener en la mano ese producto.

Y aun así predomina la inercia de la rueda y se banalizan las propuestas que en un principio eran buenas intenciones. Algunos piensan que eso es señal de que el mundo finalmente está despertando a la crisis ambiental y que es solo una etapa del proceso; otros sienten que es la confirmación de nuestra propia perdición, que aunque suene melodramática es una realidad científica que se sigue menospreciando.

¿Qué hacer entonces? ¿Seguir ignorando el cambio climático y los problemas ambientales como si se tratara de cuentos de una secta fanática? ¿Criticar a los que son menos ecológicos que nosotros y publicar nuestros logros? ¿Excusarse en los otros y en el sistema para no hacer nada?… yo le propongo que más bien lleve la reflexión al siguiente nivel, reconozca su poder de acción y recuerde que no se trata de ser radical sino de ser consciente. Investigue, empiece por cosas pequeñas, recuerde que esa playa, montaña, río, lago, selva y todo el ecosistema que vive en ellos también es su patrimonio.

Hace aproximadamente 3 mil 600 millones de años comenzó la fotosíntesis y con ella toda la vida aeróbica que evolucionó hasta nuestra existencia y, no obstante, negamos y reducimos esa abundancia a partir de la lógica de carencia que rige nuestra economía, según lo que plantea el filósofo Charles Eisenstein en su libro Economía sagrada.

Quien explica que “en las culturas tribales, el principio primordial era compartir y no competir”. Tal vez es momento de considerar la opción de acercarnos al problema ecológico desde una forma más cooperativa y menos utilitaria.

consumismo

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