De acuerdo con el calendario que determinó el consejo general del Instituto Nacional Electoral (INE), falta un debate de candidatos a la presidencia de la República.
Será el martes 12 del entrante junio en Mérida, Yucatán, en el que se conoce como museo del Mundo Maya donde se volverán a reunir los presidenciables.
Después del ejercicio, los aspirantes entrarán a la fase final de sus campañas en lo que se infiere será su último intento por conquistar la simpatía de los ciudadanos, el ya muy identificado primero de julio, día de elecciones.
De los dos primeros, en la Ciudad de México, y en Baja California, poco bueno se distinguió en el capítulo de propuestas.
Se infería, y así ocurrió, que “el enemigo a vencer” era Andrés Manuel López Obrador, de Morena, ante la urgencia de dos para reducir distancias de quienes le seguían en segundo y tercer sitio en las encuestas: Ricardo Anaya y José Antonio Meade.
Margarita Zavala, independiente, solo concurrió al primero, sin tener actitudes relevantes; antes del segundo renunció a sus aspiraciones.
Uno más, Jaime Rodríguez, el Bronco, repitió con sus pronunciamientos un rol de singular acompañante, en aparente nada que ganar ni nada que perder, “y ahí les dejo lo que pienso; ustedes dirán”.
Fallido el neoleonés, aunque con natural desparpajo, tal vez impropio en el contexto del evento.
Y en esa escenografía desfilan los sucedidos de los dos primeros debates, como exactitas copias al carbón de Anaya y Meade, ayudados por Rodríguez, que se lanzan con todo lo que encuentran a mano para desacreditar al tabasqueño. Efectivamente, AMLO no es político de confrontaciones reguladas, en tiempos y temas, que su fuerte son los discursos, llanos y populares con multitudes, con las que se identifica en lenguaje y actitudes.
Se le aprecia incómodo, reconcentrado, cuando de exponer proyectos se trata y si no se considera convincente echa mano de un humor extraño para salir del paso y desacreditar, al tiempo, a sus oponentes.
Anaya es el que luce con fácil capacidad oratoria, salvo una sonrisa de estereotipo y mordacidad punzante.
Reciente publicación en revista de circulación nacional, sobre cuentas que no cuadraban entre ingresos de su esposa y él, cubrió en neblinosa impavidez la jovialidad de sus 39 años.
Meade, en su relanzamiento, es el experimentado ecónomo, como pez en el agua, por su pasado de importante servidor público pero sin calar en el ánimo de audiencias.
Alguien citó por ahí: imagen de honestidad, de sapiencia, que, sin embargo, todavía lo ubican en el tercero en recopilaciones de encuestadoras.
El tercer debate se antoja, a la corta distancia, como película de iguales cortes, pero última oportunidad para casi perfilar resultados en los comicios.
Es decir, que continuar entre ataques y atropelladas defensas o, al fin como se espera, de una confrontación de principios y propuestas de quienes pretenden llegar a la presidencia de la República con señalamientos concretos y dejar atrás estériles embates personales que poco les han ayudado.
Pero se ve complicado, casi imposible, que así ocurra.

Representantes siguen con similares actitudes

En emisiones matutinas de Televisa suelen acudir presidentes de partidos o coordinadores de campaña, así como juveniles asesores de los cuatro aspirantes.
Y se convierten, al igual que en los debates, en parte misma de guerras verbales, destacando cuestionamientos que se supone no se han concertado previamente, contra López Obrador.
Es un volver a lo mismo que ya no sorprende.
Unos, desde el principio, se lanzan contra el tabasqueño y otros, sus portavoces, defienden cálidos y, a veces, hasta encendidos los postulados del dirigente de Morena. Y quedan en el olvido propuestas, proyectos que a la audiencia le pueden resultar de más interés como las reformas educativa, energética, de índole fiscal, en salud, atención al campo, indeclinable mejoramiento de seguridad y no menos actual, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, o la angustia de mies y miles de mexicanos que viviendo en Estados Unidos, amanecen con el Jesús en la boca ante el temor de una extradición repentina.
Deseable sería una modificación de conceptos, aunque por la implacable calendario electoral resulte cada vez más difíciles de dirimir.

“Pero, nos van a perdonar, esta es reunión privada”

La semana pasada, el miércoles 23, la Cámara Nacional de la Industria de Restaurantes y Alimentos Condimentados (Canirac) invitó a medios de comunicación a que atestiguaran una reunión con candidatos priistas.
El lugar concertado fue un conocido espacio en San Javier, en donde regularmente asisten políticos casi de elite.
Se infería que los aspirantes del tricolor mantendrían un diálogo con afiliados a la Canirac.
Más, de pronto, se demandó que los periodistas debían salir ante el desconcierto advertible del presidente del organismo de empresarios, Alan Vera Olivares.
Finalmente, los convocados tuvieron que abandonar el recinto, según lo documentó en El Independiente, la reportera Elizabeth Trejo en un trabajo en que mezcló con habilidad lo meramente informativo con una adición de lo que en los medios se identifica como color.
Tal vez, por alguna premura, el desagradable momento se hubiera evitado con una pública disertación ante los informadores de los aspirantes y de quienes integran la Canirac y, posteriormente, en la privacidad que demandaban los primeros, se hubieran enfrascado en asuntos que, por alguna razón no precisada, no podrían o deberían ser de conocimiento público.

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