En un Estado laico la pregunta que da título a este texto, de origen, provoca, e incomoda, paradójicamente los intereses y el discurso confesional y conservador de esos grupos presente a lo largo de este proceso electoral y el primero de julio miles de votantes afines a esas expresiones saldrán a votar. Los grupos más representativos de esa visión confesional son el Partido Encuentro Social y el Frente Nacional por la Familia, no son los únicos, entre otros más que se articulan a partir de ese discurso religioso están : los Caballeros de Colón, la Acción Católica, la Unión Nacional de Padres de Familia, el MURO, El Yunque. El discurso de esas agrupaciones, además de confesional, intolerante, persecutorio, condenatorio, excluyente y reaccionario, es profundamente conservador. Una expresión de ese discurso confesional y reduccionista es el “gran acto de reparación, desagravio y consagración”, celebrado el 10 de diciembre de 2017, donde el cardenal y arzobispo emérito de Guadalajara Juan Sandoval Íniguez atribuyó los múltiples males del presente al asesinato de inocentes “en el vientre de sus madres”, llegando al extremo de interpretar los sismos de 2017 como una ominosa advertencia divina (Pablo Mijangos y González, Letras Libres 233). Es posible que ese discurso confesional y conservador aporte entre 2.5 y 3 millones de votantes, ese es el valor tangible que esas asociaciones ofrecen a los políticos. Desde ese mirador, la laicidad puede esperar.
Frente a esa nueva orientación, que diversas voces académicas buscan calificar de “derechización” de la política, es oportuno preguntarse, ¿qué pasa con nuestra democracia? Para abordarlo de manera coloquial, Mark Lilla juega con una imagen: “Todas las parejas desdichadas son iguales. Cuando sus expectativas amorosas no se ven satisfechas, intentan que sus compañeros cambien o abandonen la relación. Lo que les resulta más difícil es reducir sus expectativas. Hoy, el romance del mundo con la democracia se encuentra en un estado similar”. Al sobrecargar de expectativas a la democracia preferimos alejarnos de ella, culparla de todos nuestros males, sin embargo, sería más responsable y sensato reducir las expectativas que de ella tenemos, pero no solamente se continúa sobrecargando más a esa forma de gobierno, sino que se ha hecho de ella una apasionada fuente de fe. Como lo plantea el Nobel de la Economía Amartya Sen, “la democracia se ha vuelto una creencia dominante en el mundo contemporáneo”. El concepto democracia se ha exagerado, al extremo de concederle a esta una capacidad para construir una sociedad mítica, el mundo feliz. Cuando las democracias reales, existentes, fracasan se ponen en marchan el enojo, la descalificación, la ira, la desesperanza, la desconfianza, la desilusión, la lista es larga pero la democracia debe enfrentar serias dificultades para avanzar.
Entre las muchas adversidades que deben enfrentar y superar las democracias están asuntos como la violencia, ingobernabilidad, pobreza, mediocre crecimiento económico, desempleo, corrupción, el crimen organizado, la impunidad, la violación de los derechos humanos y un amplio etcétera. Por eso es necesario puntualizar un conjunto de afirmaciones sine qua non: sin el imperio de la ley, que se expresa en un sólido Estado de Derecho, sin una constitución respetada, sin una burocracia profesional, capaz y eficaz que traten con equidad a los ciudadanos, sin organismos reguladores que mantengan la transparencia y rendición de cuentas, sin políticas sociales que impulsen el desarrollo social, sin políticas públicas que favorezcan la distribución del ingreso, comenzando por una mejora sensible en la política salarial, sin normas jurídicas que fortalezcan el compromiso cívico, el respeto a la ley y a la gobernabilidad, sin todo esto, la democracia moderna no es posible. La tarea que tenemos frente a nosotros nos enfrenta a desafíos mayúsculos, sin embargo, empezar, por devolverle ética a la política, credibilidad a los políticos, colocando en el centro de la discusión a las políticas públicas y también de manera importante, descargar de expectativas a la democracia nos ayudará a mantener la mesura y encontrar formas alternativas de gobierno, donde se cierren y/o limiten los espacios para los gobiernos autoritarios o populistas, el estancamiento social y el crecimiento económico mediocre.

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