Definiendo al hombre renacentista

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inocencia
Es un montaje de egreso de la licenciatura en arte dramático del IA

El día de ayer hice énfasis sobre la reconsideración del término “moral” para plantear algunas contradicciones sobre las grandes aspiraciones de nuestra cultura, con respecto al momento histórico en México.

En algún momento del texto mencioné al hombre renacentista, tal vez sea necesario explicar ese concepto para ampliar las relaciones conceptuales de la columna pasada.

Desde hace algunos años se menciona que estamos viviendo una especie de “renacimiento”. Recordemos que el Renacimiento fue un periodo histórico que comenzó en el siglo IV y terminó en el siglo XVII, es decir, del final de aquel mencionado oscurantismo periodo de transición entre la Edad Media y hasta llegar a la Edad Moderna.

Las características principales del Renacimiento es la gran disposición del individuo por alcanzar el conocimiento. Hay que mencionar que los productos de ese gran deseo fue lento y paulatino, pero sin duda grandes aportes emergieron, los cuales podemos disfrutar actualmente.

Entre las características más importantes que podemos mencionar de ese grandísimo movimiento cultural fueron sus valores, la humanidad renacentista estaba permeado básicamente por estos seis: el antropocentrismo, secularismo, individualismo, escepticismo, hedonismo, clasicismo y mecenazgo.

En síntesis, esos valores evocan el gran poderío y suprema inteligencia del hombre. El hombre renacentista procuraba el conocimiento a través de la experiencia de la ciencia, literatura, matemáticas, gramática, historia y política.

Gracias al mecenazgo, los nobles o burgueses daban protección económica para los artistas, escritores y científicos, puesto que en ellos depositaban una gran parte de la evolución cultural.

Como referente inmediato e icónico de ese periodo de tiempo es el famoso Hombre Vitruvio de Leonardo da Vinci. Se presume que ese pintor propone “la solución simbólica a un antiguo problema matemático que tuvo cierta importancia también en la alquimia, en lo que se conoce como “la cuadratura del círculo”. Pero, ¿cómo tomar el área de un círculo y crear un cuadrado con un área igual? Ese problema no se puede resolver matemáticamente, pero sí filosóficamente.

Da Vinci retomó las especulaciones del arquitecto romano Marco Vitruvio quien pensaba: “Sin simetría y proporción ningún templo puede tener un plan regular; eso es, debe tener una exacta proporción elaborada a partir de los miembros de una figura humana bien formada”.

Así vemos al hombre, justo en el centro, enmarcado por el cuadrado y el círculo, puesto que según Leonardo se puede dibujar un círculo alrededor del hombre si se considera el ombligo como el gran centro. Y los brazos extendidos forman un cuadrado.

Recordemos que para algunos el círculo representa el alma y el cuadrado la materia. De esa forma, podríamos interpretar que vemos al hombre perfecto en el centro, en el conocimiento, equilibrado entre el mundo material y el espíritu. Pero la imagen encierra más para lograr la proporción del ser humano, realiza una medición que comienza con la medida de los dedos, que forma la palma de las manos, y las palmas de las manos los pies, etcétera. Es decir, la proporción del hombre es su propia medida individual. Es único y se forma de manera integral.

Ese gran periodo encumbrado por la evolución del conocimiento también fue permeado por una acción hermética, es decir, el conocimiento solo puede cifrarse para aquel que desee obtenerlo, para aquel que desee alimentarse de él.

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